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EL MESÍAS PROMETIDO Y EL ISLAM

   
 

«He encontrado una mina de oro. Me he ente­rado de la existencia de una mina de diamantes y con tan gran suerte que me he topado con un bri­llante de valor incalculable en la misma. Es tal su precio, que di repartiese esta joya entre todos mis hermanos de la Tierra, cada uno de ellos sería más afortunado que el máximo poseedor de oro y plata. ¿De qué diamante de trata?: Del Dios Verdadero».

En el mundo materialista de hoy, esperar de alguien un mensaje perfumado de espiritualidad, de amor, de compasión, un mensaje que nos recuerde a Moisés y a Jesucristo, los profetas de Israel, apa­rentemente parece imposible. Sin embargo, desde hace un siglo, de ha hecho realidad.
Estas palabras son de Hazrat Mirza Ghulam Ahmad de Qadián (la paz de Dios sea con él), que proclamó ser aquél Prometido de los últimos tiem­pos, sobre quien existen profecías de su adveni­miento en los libros sagrados de diferentes religio­nes. Declaró ser el Mesías para los cristianos y «Mehdi» para los musulmanes. Presentando a la humanidad las auténticas enseñanzas del Islam, de­mostró qué es una religión viva, y que el Dios del Islam es un Dios Vivo, el Cual se manifestó a él, de la misma manera en que se mostró a Moisés en el Monte de Sinaí, se esclareció a Jesús en el Monte de Shair e iluminó al Santo Profeta Mohammad (la paz y bendiciones de Dios sean con él) en los Montes de Farán.

Dice Hazrat Mirza Sahib:

«Dios Todopoderoso y Santísimo se me ha ma­nifestado y me ha hablado».

Con su experiencia y evidencia propias reco­noció a aquel Dios, y vio en El tal belleza sin igual mi semejanza que, de esta forma espontánea, así nos invita a adquirir esta riqueza:

«Nuestro Paraíso es muestro Dios y nuestros deseos están en El, porque le hemos visto y en El hemos encontrado toda clase de hermosuras. Este tesoro merece ser poseído aunque debamos dar muestras vidas. ¡Adquirid este diamante aun a costa de vosotros!. ¡Oh los que estáis privados!. Corred hacia esta fuente. Os regará. Es la fuente de la vida, que os salvará. ¿Qué hacer?. ¡Cómo con­vencerles de esta buena nueva!. ¿Con qué tambor pregonar en las calles para que la gente me oiga?. ¿Qué medicina darles para que sanen sus oídos y me escuchen?».

Este es el verdadero retrato del Islam, que fo­tografió el Imam de muestro tiempo (la paz y bendi­ción de Dios sea con él) en el que se ve el Rostro de Dios Vivo. Aquél Dios que habla con sus siervos, escucha sus plegarias y les ama.

Así nos presentó a este Querido Dios, el Santo Profeta, cuyo nombre es Mohammad (la paz y ben­diciones de Dios sea con él) que apareció en Meca (Arabia) hace mil cuatrocientos años según las plegarias de Abraham, las profecías de Moisés, y las buenas nuevas de Salomón y Jesucristo (la paz de Dios sea con ellos) y vino como una bendi­ción para toda la humanidad.
De niño quedó huérfano. Ya desde un principio sintió amor hacia Al-lah y hacia sus criaturas. A la edad de veinte años se hizo miembro de una aso­ciación en la que cada miembro juraba por Dios ayudar a cualquier lastimado en época de necesidad, perteneciente a cualquier nación o tribu, hasta que adquiriese todos sus derechos. Observó una adoles­cencia muy pura. Su veracidad y honestidad tuvie­ron tal renombre entonces, que le denominaban .<Sadiq» -veraz- y «Amín» -honesto-. Cuando tenía 25 años se casó con una señora de cuarenta años, perteneciente a una noble, digna y adinerada familia. Hazrat Jadiyya le puso a su disposición todos sus bienes y sus esclavos. El Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) les liberó a todos.

Viendo las maldades de su país se entristecía y buscaba refugio en una cueva situada a tres millas de Meca, donde dedicaba, en soledad, plegarias a Dios. Cuando tenía 40 años, en esta misma cueva, Al-lah se le manifestó. Se le ordenó invitar a todos los seres humanos hacia Dios, erradicar la maldad de la tierra, y desterrar la idea del coparticismo con Dios. Se le elevó a la categoría del profetazgo, cumpliéndose así la profecía de Deuteronomio. V 18: «Levantaré como a ti un profeta entre tus herma­nos». Al entregar este mensaje Divino a su nación, ésta se le opuso. Los amigos se volvieron enemigos y de alguna u otra forma él y sus seguidores sufrie­ron graves molestias. En una ocasión, mientras ora­ba, le ataron un pañuelo al cuello y lo apretaron hasta sentir que sus ojos estallaban. Otro día, mientras caminaba por un mercado de Meca, un grupo de descorazonados se agruparon ante él, y durante todo el trayecto fue recibiendo golpes en el cuello, mientras se le decía: «¡Oh gente!. Éste es quien reclama ser un profeta». Andando, era ape­dreado y se le arrojaba tierra encima. Le lanzaban espinas por donde caminaba. A sus compañeros se les maltrataba, se les golpeaba y sufrían todo tipo de crueldades. Después de trece años soportando estas agresiones y crueldades en Meca, les fue per­mitido emigrar de allí a Medina. Pero tampoco en ese lugar les fue posible vivir en paz. En su propia defensa, les fue autorizado pelear. Los idólatras de la Meca atacaron a Medina y tuvieron lugar enton­ces las batallas de Badr, Ohod y Jandaq, hasta que en el año octavo de la Hégira, el Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) consiguió entrar en Meca con 10.000 compañeros; cumplién­dose entonces la profecía del Antiguo Testamento de la Biblia: «aparecerá en las cumbres de Farán con 10.000 santos». La última peregrinación tuvo lugar en el año noveno, en el que pronunció el his­tórico sermón de la despedida, donde estableció la justicia e igualdad de los derechos humanos, que es la carta magna de la paz mundial. En el año 10 falleció a los 63 años de edad. A su muerte, el idó­latra pueblo de Meca creía ya en la Unidad de Dios, prueba de su gran éxito.

Dentro de esta pequeña introducción sobre el Islam, el tercer punto fundamental es el código de leyes: el Sagrado Corán, es decir, la pura palabra de Dios que fue revelada al Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) letra a letra. Es el código último y eterno que el Soberano del Univer­so reveló para la salvación, bienestar y felicidad del hombre. Dios mismo hizo la promesa de protegerle y por ello se conserva tal como fue revelado hace mil cuatrocientos años. Está libre de cualquier tipo de cambio, de tergiversación y se mantiene intacto. Es un libro vivo, y su influencia espiritual prevale­cerá siempre. Sus seguidores son aceptados y agra­ciados con la palabra de Dios. Dios escucha sus plegarias y les responde con Su Cariño y Su Gracia. Un signo de grandeza y veracidad del Sagrado Co­rán es que hoy prevalece y prevalecerá tal como fue revelado en la comunidad del Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él) hasta el día del Fin del Mundo.

La mayor grandeza y virtud del Sagrado Corán es que es el único libro que declara resolver cual­quier tipo de problemática del mundo actual. El hombre de hoy se encuentra intranquilo y desaso­segado. Los nuevos inventos, el adelanto científico, no han deparado tranquilidad y sosiego, sino inquie­tud y preocupación. Hay conflictos de razas y colo­res, de libertades y esclavitudes, prejuicios regio­nales, luchas entre ricos y pobres y entre empresa­rios y obreros. Es decir, no hay más que problemas y más problemas. En estas arenas movedizas de problemas, el pie del hombre se hunde cada vez más. Si alguna esperanza había, también se acabó. El acecho de una Tercera Gran Guerra se cierne sobre las cabezas, una de cuyas bombas, caso de explotar, volaría la humanidad de la Tierra.

En estas condiciones de miedo y desesperanza, aún queda un hilo de optimismo: El mensaje del Islam; la paz y el mensaje del Corán; El Amor.

¡Oh seres desesperados de este mundo!. La so­lución de todos vuestros problemas, únicamente la tiene el Corán.

El que os llama hacia este Dios Vivo, hacia este Profeta Vivo y Libro es Hazrat Mirza Ghu­lam Ahmad nacido en una aldea de la India, (Qadian) en 1835. El fin de su advenimiento era corregir los errores de las falsas religiones y enseñar a la raza humana el verdadero camino de la salvación. Así, mediante argumentos racionales y lógicos, demostró que el Mesías de Nazaret se salvó de la muerte maldita de la cruz y después de aquel suceso, marchó hacia Oriente en busca de las tribus per­didas de Israel; y que tras una larga vida de predi­cación en Afganistán, India y Cachemira, falleció y fue enterrado en la ciudad de Srinagar en el barrio de Khan Yar (Cachemira), donde actualmente se encuentra también. su tumba.

Hazrat Mirza Ghulam Ahmad (la paz de Dios sea con él) para invitar a la humanidad hacia Dios, para demostrar al mundo la grandeza del Santo Profeta (la paz y bendiciones de Dios sean con él), para manifestar la verdad del Santo Corán y la su­perioridad del Islam sobre las enseñanzas de las demás religiones, fundó una comunidad en 1889. Estableció el deber entré sus seguidores, de que hiciesen todo su esfuerzo posible para establecer la Unidad de Dios, teniendo verdadera compasión y amor hacia la humanidad y dedicando al servicio de todos los seres humanos sin diferencia de reli­giones, partidos, color o raza.