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LA FILOSOFÍA DE LAS ENSEÑANZAS DEL ISLAM

   

mesias

 

Hazrat Mirza Ghulam Ahmad, El Mesías Prometido y Mehdi

(La paz de  Dios sea con él).

 

Nació en 1835 en Qadian (India) y falleció en 1908.

Recibió su primera revelación encomendándosele la reforma del mundo en 1882.

Bajo revelación Divina proclamó ser el Mesías Prometido y Mehdi -Guía espiritual- de la presente época,

En 1889 estableció la Comunidad Ahmadía del Islam bajo orden Divina.

Escribió más de ochenta libros.


LA FILOSOFÍA DE LAS ENSEÑANZAS DEL ISLAM; trata de una lectura pronunciada en diciembre de 1896 en la Gran Conferencia de las Religiones, celebrada en Lahore, en la que el autor expuso la belleza insupe­rable de los principios islámicos fundamentados en el Santo Corán. Desde entonces ha servido como introducción al Islam para quienes buscan los conocimientos religiosos y la verdad, en distintas partes del mundo. Ha sido publicado en distintos idiomas. Consta de cinco temas generales establecidos por los moderadores de la Conferencia, y resume la totalidad de las enseñanzas y el espíritu del Islam.

 

ÍNDICE

 

Una gran noticia para los que buscan la verdad

Es esencial que toda afirmación, y los argumentos aducidos en su apoyo se basen en el libro revelado.

Primera consideración: Las cualidades físicas, morales y espirituales del hombre

Tres tipos de condición humana

Primera fuente: El espíritu que incita al mal

Segunda fuente: El alma acusadora

Tercera fuente: El alma en paz

El alma es creada

El segundo nacimiento del alma

El progreso gradual del hombre

La Distinción entre los Estados Naturales y Morales, y la refutación de la

Doctrina de la Preservación de la Vida

Tres Métodos de Reforma y El Advenimiento del Santo Profeta en el momento de mayor necesidad

El Verdadero Propósito de las Enseñanzas del Santo Corán es la reforma de las tres condiciones: las condiciones naturales, mediante su regulación, se convierten en cualidades morales.

La verdadera moral

La Distinción entre Jalq (creación) y Julq (morales)

La primera reforma: los Estados Naturales del Hombre

Por qué se prohíbe la carne de cerdo

La condición moral del hombre

Las cualidades morales relacionadas con la abstención del mal

Cinco remedios contra la lujuria

Las cualidades morales relacionadas con hacer el bien

El Verdadero Valor

La Veracidad

La Paciencia

La Simpatía hacia la Humanidad

La Búsqueda de un Ser Supremo

La Razón de la Aparición del Santo Profeta en Arabia.

Lo que el mundo debe al Sagrado Corán

Pruebas de la existencia de Dios

Los Atributos de Dios

Las Condiciones Espirituales

Una Oración Excelente

El significado de las bebidas preparadas de alcanfor y jengibre

El efecto del jengibre

El Método de Establecer una Relación Espiritual Perfecta con Dios

Segunda consideración: ¿Cuál es el Estado del Hombre después de la Muerte?

Tres percepciones Coránicas con respecto a la Otra Vida

Primera percepción

Tres tipos de conocimiento

Tres condiciones

Segunda Percepción

Tercera Percepción

Tercera consideración: El objetivo de la Vida Humana, y los medios para su consecución

Medios para la consecución del objetivo del hombre

Cuarta consideración: El efecto de las ordenanzas prácticas de la Ley en esta vida y la otra

La filosofía del juramento en el Santo Corán

Quinta consideración: Las fuentes del conocimiento divino

La naturaleza de la conciencia humana

El Significado de la Revelación

Una característica del Islam

El conferenciante recibe el honor de la conversación Divina

La fuente del conocimiento perfecto es la Revelación Divina

Dos fases de la vida del Santo Profeta

El motivo de las guerras del Santo Profeta


 

UNA GRAN NOTICIA PARA LOS QUE BUSCAN LA VERDAD(*)

 

En esta Asamblea sobre las Grandes Religiones, que ha de celebrarse en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Lahore el 26, 27 y 28 de diciembre de 1896, se leerá una ponencia escrita por este humilde servidor, acerca de los milagros y las gracias del Santo Corán. Esta ponencia no es fruto del esfuerzo humano, sino que es una de las muchas señales de Dios, y ha sido escrita con Su ayuda especial. En ella se exponen las bellezas y las verdades del Santo Corán, y se establece con suma claridad que el Santo Corán es, verdaderamente, la Palabra de Dios, un libro revelado por el Señor de toda la creación. Quienquiera que escuche esta ponencia desde el principio hasta el final, y escuche mi tratamiento de los cinco temas propuestos para la Asam­blea, desarrollará una nueva fe, percibirá que una nueva luz ilumina su alma, y adquirirá un concepto comprensivo de la Santa Palabra de Dios. Esta ponencia mía está libre de toda debilidad humana, de vanagloria y de afirma­ciones extravagantes.

 

La profunda compasión que por la especie humana siento, me ha llevado a publicar este manifiesto, para que los hombres perciban la belleza del Santo Corán, y comprendan la equivocación de nuestros adversarios, que aman las tinieblas y odian la luz. Dios, el Omnisciente, me ha revelado que mi ponen­cia será declarada superior a todas las demás que se presenten. Está llena de la luz de la verdad, la sabiduría y la comprensión, y los demás participantes se sentirán avergonzados, siempre que asistan a la Asamblea y la escuchen en su totalidad. No podrán citar cualidades semejantes en su propia sagrada escritura, ya sean Cristianos, Arios o Dharm sanatanes, o de cualquier otra religión, porque Dios Exaltado ha querido que la Gloria de Su Santo Libro se manifieste en este día. Tuve una visión en la que una mano, saliendo de lo invisible, se posó sobre mi palacio, y al tocarlo una luz deslumbrante se extendió desde él en todas direcciones. La luz también iluminó mis manos. En este momento, un hombre que estaba a mi lado proclamó en voz alta: Al-lah o Akbar, Jaribat Jaibar (Dios es grande, Jaibar ha caído). Así ha de interpretarse la visión: El palacio alude a mi corazón, sobre el que des­ciende la luz celestial de las verdades del Santo Corán, y Jaibar alude a las religiones perversas, afligidas del paganismo y la falsedad, en las que el hombre ha sido elevado hasta ocupar el lugar de Dios, o en las que los atributos divinos han caído de su posición perfecta. Así me ha sido revelado que la difusión y publicación de esta ponencia sacará a la luz la falsedad de las religiones perversas, mientras la verdad del Corán se extenderá paulati­namente por toda la tierra, hasta llegar a su apogeo. De esta visión mi mente se desplazó hacia la recepción de la revelación siguiente:

 

"Dios está contigo, y Dios estará donde tú estés". Esta metáfora denota la seguridad del apoyo divino.

 

No es preciso escribir más. Pido a todos que asistan a la Asamblea en Lahore, aunque les sea difícil, y que escuchen estas verdades. Al hacerlo, su razón y su fe derivarán beneficios más allá de toda esperanza. La paz sea con aquellos que guarden estas normas.

 

Ghulam Ahmad

 

Qadian, 21 de Diciembre de 1896

 

 

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(*) En su anuncio, el Swami Shugan Chandra Sahib ha invitado a los principales teólogos Musulmanes, Cristianos y Arios, en el nombre de Dios, a que expongan los méritos de sus respectivas religiones en una Asamblea propuesta por él. Queremos comunicarle al Swami Sahib que para honrar el nombre de Dios, como él desea, estamos dispuestos a cumplir con su pro­puesta y, si Dios quiere, se leerá nuestra ponencia ante dicha Asamblea. El Islam requiere que un verdadero Musulmán demuestre obediencia cuando se le pide hacer algo en nombre de Dios. Ahora veremos el respeto que tienen sus hermanos los Arios y los teólogos Cristianos hacia el honor de Per­meshwar o de Jesús, y si están dispuestos a participar en la Asamblea que se celebrará en el nombre del Glorioso Dios.

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Es esencial que toda afirmación, y los argumentos aducidos en su apoyo se basen en el libro revelado.

 

En esta Asamblea propicia, que tiene como propósito que aquellos que han sido invitados a participar expongan los méritos de sus respectivas reli­giones, con referencia a las cinco consideraciones formuladas, hoy expon­dré los méritos del Islam. Antes de entrar en materia, creo apropiado comu­nicarles que me he impuesto la obligación de basar todas mis afirmaciones en el texto del Santo Corán, que es la Palabra de Dios Exaltado. Considero esencial que quienquiera que siga un libro, creyéndolo un libro revelado, base su exposición en aquel libro, y no extienda el alcance de la defensa de su fe como si escribiera un libro nuevo. Dado que mi propósito hoy es el de establecer los méritos del Santo Corán, y de demostrar su excelencia, me incumbe no afirmar nada que no esté contenido en el Corán, y realizar toda mi exposición ateniéndome a sus versículos, de acuerdo con su significado y con el sentido que puede deducirse de ellos, para que los oyentes no encuentren dificultad a la hora de comparar las enseñanzas de las distintas religiones. Ya qué todos los que creen en un libro revelado también se aten­drán a las afirmaciones contenidas en los respectivos libros revelados, no me referiré a las "tradiciones", porque todas las verdaderas "tradiciones" son simplemente explicaciones del Santo Corán, que es un libro perfecto, y comprende todos los demás libros. En resumen, éste es el día de la manifes­tación de la gloria del Santo Corán, y ruego humildemente a Dios Exaltado que me ayude en mi empresa. Amen.

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PRIMERA CONSIDERACIÓN

 

Las cualidades físicas, morales y espirituales del hombre

 

En las primeras páginas de este estudio se exponen ciertas cuestiones preliminares que a primera vista puede parecer que no atañen al tema. Sin embargo, es necesario tener un concepto claro de tales cuestiones, para comprender plenamente el tratamiento de la consideración arriba expuesta. 

 

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Tres tipos de condición humana

 

La primera consideración se refiere a las cualidades naturales, morales y espirituales del hombre. El Santo Corán señala tres orígenes diferentes para estas tres cualidades. Es decir, señala tres fuentes de las cuales dimanan estas tres cualidades respectivas.

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Primera fuente: El espíritu que incita al mal

 

El primer manantial, que es la fuente de todos los estados naturales, lo denomina el Santo Corán Nafse Ammarah, que significa el espíritu que incita al mal, diciendo:

 

"El espíritu del hombre está siempre dispuesto a incitar al mal" (12:54).

 

Esto significa que es característico del espíritu humano incitar al hombre al mal, y oponerse a sus cualidades morales y a su logro de la perfección, llevándole por caminos inmorales e inicuos. De ahí que la propensión al mal y a la inmoderación sea un estado humano que predomina en el espíritu de una persona antes de que entre en el estado moral. Aquél es el estado natural del hombre siempre que no se guíe por la razón y el entendimiento, sino que siga su inclinación natural a comer, beber, dormir, despertarse, enfadarse y dejarse provocar como los animales. Cuando una persona está guiada por la razón y el entendimiento, y consigue dominar su estado natural, controlán­dolo de la forma adecuada, este estado deja de ser su estado natural, y se le denomina su estado moral, como ya explicaremos más adelante.

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Segunda fuente: El alma acusadora

 

La fuente del estado moral del hombre la denomina el Santo Corán Nafse Lawwama, diciendo:

 

"Juro por el alma acusadora" (75:3)

 

es decir, juro por el alma que reprende a sí misma cada vicio e inmoderación. Este alma acusadora es la segunda fuente del estado humano, de la cual dimana el estado moral. Al llegar a este estadio, el hombre deja de parecerse a los animales. Jurar por el alma acusa­dora tiene el propósito de honrarla, como si al avanzar del estado del alma propensa al mal, y llegar al estado del alma acusadora, el alma hubiera llegado a ser digna en honor de la estimación divina. Se llama así porque reprende al hombre su vicio, porque no se resigna a la sumisión del hombre a sus deseos naturales y a la vida desenfrenada de los animales. Desea que los hombres vivan en un estado virtuoso y que practiquen la buena moral, que el exceso no se manifieste en ningún aspecto de la vida humana y que las emociones y deseos naturales estén sometidos a los dictados de la razón. Ya que reprende cada acción viciosa, se llama alma acusadora. Pero aunque se reprenda sus propios vicios, no llega a practicar plenamente la virtud, y a veces se ve dominada por las emociones naturales, tropezando y cayendo. Es semejante a un niño débil que no desea tropezar ni caer, pero que lo hace a consecuencia de su debilidad, de la que entonces se arrepiente. En resu­men, éste es el estado moral del alma humana cuando busca aunar dentro de sí las altas cualidades morales, rechazando la desobediencia, y sin embargo no llega a alcanzar un pleno triunfo.

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Tercera fuente: El alma en paz

 

La tercera fuente, mejor descrita como el comienzo del estadio espiritual del hombre, la denomina el Santo Corán Nafse Mutmainnah, es decir, el alma en paz, diciendo:

 

¡Oh alma en paz!, que has hallado sosiego en Dios, vuelve a tu Señor pues estás contenta con Él, y Él contigo. Ahora ven y únete a Mis siervo elegidos, y entra en Mi jardín" (89:28-31).

 

Es en este estadio cuando el alma de una persona, liberada de toda debilidad, se colma de fuerza espiritual y establece una relación con Dios Exaltado, sin Cuyo apoyo no puede existir. Como el agua que fluye por la ladera y, por su volumen y por la ausencia de obstáculos, se precipita con gran fuerza, así fluye el alma en paz hacia Dios. A esto se refieren las palabras del mandamiento divino destinado al alma que ha hallado sosiego en Dios, para que vuelva a su Señor. El alma experimenta una profunda transformación en es misma vida, y se le otorga el Paraíso mientras está todavía en este mundo Como revela este versículo, en su mandamiento para que tal alma vuelva a su Señor, el Sustentador, el alma será alimentada por su Señor, y su amor a Dios se convertirá en su sustento, y beberá en la fuente de la vida, liberán­dose así de la muerte. Esto se revela en otra parte del Santo Corán, donde se dice:

 

"Aquél que purifica su alma de pasiones terrenales se salvará y no será destruido, pero aquél que se rinde ante sus pasiones terrenales debe deses­perar de la vida" (91:10-11).

 

En resumen, estos tres estados pueden llamarse los estados natural, moral y espiritual del hombre. Puesto que los instintos naturales del hombre, al ser despertados, se vuelven peligrosos, y muchas veces destruyen las cualida­des morales y espirituales, están descritos en el Santo Libro de Dios como el espíritu que incita al mal. Cabe preguntarse, ¿Cuál es la actitud del Santo Corán ante el estado natural del hombre? ¿Cómo intenta controlarlo? ¿Qué consejos nos ofrece a este respecto? Pues bien, según el Santo Corán, el estado natural del hombre está estrechamente relacionado con sus estados moral y espiritual, tanto que incluso su manera de comer y de beber afecta a su estado moral y espiritual. Si el estado natural de una persona está some­tido al control de los mandamientos de la ley divina, se convierte en su estado moral, afectando profundamente a su espiritualidad, del mismo modo que, según dicen, todo lo que caiga en una mina de sal se convierte en sal. Por esta razón, el Santo Corán hace hincapié en la relación existente entre la limpieza física y las posturas corporales, con el culto, la pureza interna y la humildad espiritual. El profundo efecto que ejercen las condiciones físicas sobre el alma se confirma tras un detenido examen. Por ejemplo, cuando nuestros ojos se llenan de lágrimas, aunque las lágrimas no sean sinceras, nuestro corazón se entristece de inmediato. Del mismo modo, cuando reímos, aunque la risa sea artificial, el corazón se alegra. También se ha observado que la postración física en la oración conduce a la humildad del alma. Por el contrario, cuando nos erguimos y alzamos la cabeza con orgu­llo, esta actitud conduce a la arrogancia y vanagloria. Estos ejemplos esta­blecen claramente que las condiciones físicas sin duda afectan a las condi­ciones espirituales.

 

La experiencia también nos demuestra que distintos alimentos afectan de distinta manera al intelecto y a la mente. Por ejemplo, una observación deta­llada revela que las personas que se abstienen de comer carne experimentan la pérdida paulatina de la noble facultad del valor, que es un don divino. Esta consideración está apoyada por la evidencia de la ley divina de la naturaleza: los animales herbívoros no poseen el mismo grado de valor que los carnívo­ros. Igual puede decirse de los pájaros. Así pues, no cabe duda de que la moral se ve afectada por la alimentación. Por el contrario, aquellos que se limitan a un régimen consistente principalmente en carne y que comen pocas verduras, perderán paulatinamente su humildad y su dulzura. Aquellos que optan por un término medio desarrollan ambos tipos de cualidad moral. Por esta razón, el Dios Exaltado dice en el Santo Corán:

 

"Comed y bebed pero con moderación" (7:32); es decir, comed carne y otros alimentos, pero no comáis nada en exceso, para que vuestro estado moral no se vea adversamente afectado, y para que vuestra salud no se perjudique.

 

Hemos hablado del efecto del comportamiento físico sobre el alma, y del mismo modo podemos destacar el efecto que ejerce el alma sobre el cuerpo. Por ejemplo, cuando una persona se siente triste, sus ojos se llenan de lágrimas, pero cuando está alegre, sonríe. Todos nuestros actos naturales -comer, beber, dormir, despertarnos, andar, descansar, bañarnos, etc.­ - afectan a nuestra condición espiritual. Nuestra estructura física está íntima­mente relacionada con nuestra total condición humana. Una lesión en determinada zona del cerebro provoca la pérdida inmediata de la memoria, mientras en otra zona puede causar la inconsciencia. El aire contaminado afecta al cuerpo, y a través del cuerpo a la mente, hasta que se daña todo el sistema interno, al que están unidos los impulsos morales, y la desgraciada víctima fallece apoderada por la locura. De ahí que las lesiones físicas reve­len la misteriosa relación entre el alma y el cuerpo, una relación que está por encima de la comprensión humana.

 

Una reflexión profunda muestra que el cuerpo es la madre del alma. El alma no viene de fuera al vientre de una mujer embarazada. Es una luz oculta en el semen, que comienza a resplandecer con el desarrollo del embrión. La Palabra de Dios Exaltado nos enseña que el alma se engendra del cuerpo que se desarrolla en el claustro materno, como queda establecido en el Santo Corán:

 

"Entonces Nosotros lo transformamos en una nueva creación. Bendito sea Al-lah, el Creador Supremo" (23:15). Esto significa que Dios transforma al, cuerpo desarrollado en el claustro materno, y la nueva creación se denomina alma. Pleno de bendiciones es Dios, Creador sin igual.

 

La afirmación de que una nueva creación se manifiesta a partir del cuerpo es un misterio que revela la realidad del alma, y señala la estrecha relación entre el alma y el cuerpo. También nos enseña que la misma filosofía se revela en los actos, movimientos y palabras inspirados por el amor de Dios, es decir, que el alma está oculta en estos actos sinceros, igual que está oculta en el semen. Al desarrollarse paulatinamente el cuerpo responsable de dichos actos, aparece el alma en él oculta, y al completarse el desarrollo del cuerpo, el alma, ya no oculta, resplandece con todo su esplendor, reve­lando su aspecto espiritual. Es entonces cuando tales acciones adquieren vida. Esto significa que al desarrollo total del conjunto de acciones, sigue e fulgor de la luz interna, como el resplandor de un relámpago. Tal estado está descrito por Dios Exaltado en el Santo Corán, cuando dice:

 

“Cuando haya formado su molde, cuando haya fijado las manifestaciones de gloria, e infundido en él Mi espíritu, entonces postraos todos ante él" (15:30).

 

Este versículo señala que al formarse el molde responsable de las acciones, el alma resplandece dentro de él. Dios la describe como Suya, ya que el molde se desarrolló por completo sólo tras vencer los deseos terrena­les. Así resplandece la luz divina, antes oculta, y al ver esta manifestación divina, todos los hombres, atraídos naturalmente, deben postrarse ante ella. Todos aquellos que perciban esta luz se postran ante ella, excepto Iblis, que ama las tinieblas.

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El alma es creada

 

Retomando el tema inicial, es verdad que el alma es una luz fina que se desarrolla dentro del cuerpo y se alimenta en el vientre. Al principio, está oculta, y nadie la percibe, pero más tarde se manifiesta. Desde el principio, la esencia del alma está presente en el semen. La relación misteriosa entre el alma y el semen responde al designio y a la voluntad de Dios. El alma es una esencia brillante del semen. No se puede decir que es parte del semen en el sentido en que la materia es parte de la materia, ni que viene de fuera o cae en la tierra y se mezcla con la materia del semen. El alma está latente en el semen, igual que el fuego está latente en el pedernal. La Palabra de Dios no enseña que el alma descienda de los cielos como entidad aparte, ni que caiga sobre la tierra desde la atmósfera, mezclándose al azar con el semen, y entrando con él en el vientre. Tal noción carece totalmente de base. La ley natural lo rechaza. Advertimos a diario que miles de insectos infectan los alimentos impuros y pútridos, y se generan en las heridas sin lavar. La ropa sucia cría miles de piojos, y se generan varias especies de gusanos en el estómago humano. No se puede decir que todos estos vienen de fuera, ni que descienden de los cielos. La verdad es que el alma se desarrolla dentro del cuerpo, lo que también demuestra que no es auto-existente, sino creada.

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El segundo nacimiento del alma

 

El deseo de Dios Exaltado, al crear con Su perfecto poder el alma del cuerpo, parece ser un segundo nacimiento del alma a través del cuerpo. Los movimientos del alma siguen a los movimientos del cuerpo. Si éste se mueve en cierta dirección, el alma lo sigue. Una función del Libro de Dios es, por lo tanto, ocuparse del estado natural del hombre; es por esto por lo que el Santo Corán se preocupa tanto de la reforma del estado natural del hombre, dándole directrices acerca de todos los asuntos que al hombre atañen -su risa, su llanto, su forma de comer, de beber, de vestir, de dormir, de hablar, de callar, de contraer matrimonio, de permanecer soltero, de andar y de pararse, su aseo, su modo de cumplir las ordenanzas del baño y purificación, su sumisión a una disciplina en estado de salud o en estado de enfermedad, etc.-, reafirma que la condición física del hombre afecta profundamente a su condición espiritual. Hoy no dispongo del tiempo necesario para entrar en una exposición detallada de todas estas directrices.

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El progreso gradual del hombre

 

El estudio detenido de la Santa Palabra de Dios revela que establece cier­tos preceptos cuyo propósito es la reforma de la condición natural del hom­bre y su elevación paulatina hasta llegar al más alto estado espiritual. En primer lugar, Dios desea enseñar al hombre las reglas de comportamiento social, y los actos sociales de sentarse, levantarse, comer, beber, hablar, etc. para así liberarle de su barbarie y distinguirle de los animales, elevándole a un primer estado moral que podría describirse como la cultura social. Des­pués, desea perfeccionar estas costumbres hasta convertirlas en altas cuali­dades morales. Estos dos métodos forman parte del mismo proceso; la reforma de la condición natural del hombre. La diferencia entre ellos es solamente una diferencia de grado. El Omnisciente ha dispuesto de tal manera el sistema moral que el hombre sólo puede avanzar de un estado inferior a otro superior.

 

El tercer estadio de la progresión humana es aquél en el que una persona ha de dedicarse exclusivamente al amor del Creador, y a alcanzar Su favor. Todo su ser ha de ofrecerse a Dios. Como recuerdo constante de este esta­dio a los musulmanes, su religión ha sido denominada Islam, que significa dedicarse plenamente a Dios, no guardando nada para sí mismo. Como ha manifestado Dios el Glorioso:

 

"En verdad se salva quien se dedica exclusivamente a Dios, sacrificando la vida en Su nombre, y quien prueba su sinceridad no sólo con buenas inten­ciones sino mediante la conducta justa. Quien así se comporta recibirá su recompensa de Dios. Nada tendrá que temer, ni estará afligido" (2:113).

 

"Diles: Mis oraciones y mis sacrificios, mi vida y mi muerte, son todos por Dios, Cuya providencia todo comprende, y Que no tiene igual. Así se me ordena, y yo soy el primero de los que siguen esta idea del Islam, de los que sacrifican la vida en el nombre de Al-lah" (6:163-164).

 

"Este es mi camino recto; así pues, venid y seguidme, y no sigáis otro camino, que os apartará de Dios" (6:154).

 

"Diles: Si amáis a Dios, venid y seguid Mi camino. Dios os amará y os perdonará vuestros pecados. El es el Perdonador, el Misericordioso" (3:32).

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La Distinción entre los Estados Naturales y Morales, y la refutación de la Doctrina de la Preservación de la Vida

 

Ahora voy a tratar de los tres estados del hombre. Pero antes de empezar, he de repetir la advertencia de que, según la Santa Palabra de Dios Exaltado, el estado natural del hombre, cuya fuente es el espíritu que incita al mal, no es algo separado de su estado moral. La Santa Palabra de Dios ha calificado de condiciones naturales los deseos e impulsos naturales. Estas condicio­nes, reguladas y controladas, y utilizadas en los sitios debidos y en las oca­siones adecuadas, se convierten en cualidades morales. De igual modo, las condiciones morales no se hallan totalmente separadas de las condiciones espirituales. Al alcanzar la dedicación total a Dios y la purificación completa del alma, al aislarse del mundo y entregarse a Dios, al alcanzar el amor perfecto y la dedicación plena, la serenidad, la satisfacción y la sumisión total a la voluntad divina, entonces las condiciones morales se convierten en condiciones espirituales.

 

Hasta que las condiciones naturales no se conviertan en cualidades mora­les, el hombre no es digno de elogios, porque las mismas condiciones se hallan en otros seres animados e incluso en la materia sólida. Igualmente, la mera adquisición de cualidades morales no supone una vida espiritual. Una persona que niega la existencia de Dios puede, sin embargo, exhibir altas cualidades morales. La humildad y la mansedumbre de corazón, la búsqueda de la paz, evitando la venganza, son todas cualidades naturales, que incluso una persona indigna, que ignora la fuente de la salvación y no disfruta de ella, puede poseer. Muchos animales son de carácter inofensivo, y se pueden amaestrar para que actúen pacíficamente sin resistirse al castigo, y sin embargo nadie los podría llamar humanos, ni mucho menos hombres dig­nos. Del mismo modo, una persona de creencias equivocadas, e incluso con tendencia al vicio, puede poseer dichas cualidades. Es posible que una per­sona llegue a ser tan compasiva que no se permita matar los gérmenes de sus propias heridas, o que esté tan consciente de la necesidad de preservar la vida, que no desee matar los piojos de sus cabellos o los insectos que se crían en su estómago, en sus arterias o en su cerebro. Admito que la ternura del corazón pueda inducir a una persona a renunciar al uso de la miel, ya que presupone la dispersión y la matanza de las pobres abejas. Admito también que una persona pueda negarse a utilizar el almizcle porque es la sangre de un pobre ciervo, obtenida tras matarlo y separarlo de sus crías. Tampoco niego que haya personas que rehúsen las perlas y la seda, pues ambas se obtienen mediante el sacrificio de la vida de gusanos. Acepto incluso que un enfermo rehúse el uso de sanguijuelas, prefiriendo soportar el dolor antes de causar la muerte de las sanguijuelas. Más aún, estoy dispuesto a admitir, incluso, que un hombre misericordioso llegue al extremo de no beber agua para así preservar la vida de las bacterias contenidas en ella. Acepto todo esto, pero me niego a aceptar que estas cualidades naturales sean conside­radas como cualidades morales, ni que sirvan para eliminar la impureza interna que obstruye el camino hacia Dios. No puedo creer que el alcanzar un grado de inofensividad superable incluso por los animales y los pájaros pueda ser un medio de adquirir un alto grado de humanidad. Es más; consi­dero que tal actitud equivale a una oposición a las leyes naturales, y que por lo tanto es incompatible con la alta cualidad moral inherente en la sumisión al placer divino. Tal actitud supone un rechazo de las bondades que la natu­raleza nos ha concedido. La espiritualidad tan sólo se alcanza mediante la práctica de todas las cualidades morales en el lugar debido y en la ocasión oportuna, siguiendo siempre el camino hacia Dios, y entregándose plena­mente a Él. El que se entrega totalmente a Dios no puede existir sin Él. Aquél que realmente busca al Señor es como un pez sacrificado por Dios, cuyo amor es el agua en que vive.

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Tres Métodos de Reforma y El Advenimiento del Santo Profeta en el momento de mayor necesidad

 

Hemos establecido que existen tres fuentes de las cuales dimanan los tres estados humanos, que son el alma que incita al mal, el alma acusadora y el alma en paz. También existen tres métodos de reforma. El primero consiste en inculcar en los salvajes ignorantes las normas elementales de convivencia social, referentes a la forma de beber, de comer, de casarse etc. No deben andar desnudos, ni alimentarse de carroña, como hacen los perros, ni incu­rrir en otros actos bárbaros. Esto constituye un primer paso en la reforma de la condición natural, y es el que se habría de adoptar al desear, por ejemplo enseñar a una salvaje de Port Blair las normas elementales del comporta­miento humano.

 

El segundo método de reforma, al haberse aprendido un comportamiento humano elemental, consiste en inculcar las cualidades morales superiores, y el uso debido de sus facultades en los lugares oportunos y en las ocasiones debidas.

 

La tercera reforma consiste en permitir a aquellos que han adquirido altas cualidades morales probar el amor y la unión con Dios. Estas son las tres reformas mencionadas por el Santo Corán.

 

Nuestro amo y Señor, el Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, surgió en tiempos en que el mundo se hallaba sumido en la corrupción. Como nos dice Dios Exaltado:

 

"La corrupción se ha extendido por la tierra y por el mar" (30:42). Esto significa que el pueblo del Libro, al igual que aquellos que jamás habían conocido la revelación, se había corrompido. El Santo Corán tenía como propósito dar vida a lo muerto, diciendo: "Sabed que Al-lah devolverá la vida a la tierra muerta" (57:18).

 

Por aquel entonces, la barbarie predominaba entre los pueblos de Arabia. En ausencia de ninguna ley social, todo tipo de pecados eran cometidos con orgullo. Los hombres se casaban con un número ilimitado de mujeres, y practicaban libremente todo lo ilegal. Consideraban legal casarse con sus madres, y por esta razón Dios Exaltado estableció:

 

"Ahora se os prohíben vuestras madres" (4:24). Aquellos hombres se ali­mentaban de carroña, e incluso algunos eran caníbales. No había pecado que no cometieran. La mayoría de ellos no creían en la otra vida, y muchos negaban la existencia de Dios. Mataban a sus recién-nacidas con sus propias manos. Mataban a los huérfanos para apoderarse de sus bienes. A pesar de su apariencia externa humana, carecían de cordura, de modestia, de ver­güenza y de dignidad. Bebían alcohol como si fuera agua. Quien fornicaba indiscriminadamente era reconocido como jefe de su tribu. La ignorancia predominaba tan dilatadamente entre ellos que los pueblos vecinos los lla­maban "los analfabetos". En esta época, y para la reforma de tales pueblos, apareció en Meca nuestro amo y señor el Santo Profeta, la paz y las bendi­ciones de Al-lah sean con él. Esta era la época que más necesitaba los tres tipos de reforma que se acaban de describir. Por esta razón, el Santo Corán se considera más completo y más perfecto que cualquier otro libro de ense­ñanza, pues los demás libros no tenían la oportunidad de llevar a la práctica las tres reformas que constituyen el verdadero propósito del Santo Corán. El propósito del Santo Corán fue el de convertir a los salvajes en hombres, y luego concederles las cualidades morales necesarias, para finalmente elevar­les al nivel de personas divinas. Así, el Santo Corán comprende dentro de sí estos tres proyectos.

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El Verdadero Propósito de las Enseñanzas del Santo Corán es la reforma de las tres condiciones: las condiciones naturales, mediante su regulación, se convierten en cualidades morales.

 

Antes de entrar en una exposición detallada de la triple reforma que acabo de mencionar, es preciso señalar que ninguna de las enseñanzas del Santo Corán se impone por obligación. El único propósito del Santo Corán es la triple reforma, y las enseñanzas no son sino medios para alcanzarla. Un médico, para que un paciente recobre su salud, a veces advierte la necesidad de realizar una intervención quirúrgica o aplicar una pomada. Del mismo modo, las enseñanzas del Santo Corán, por compasión hacia la especie humana, recurren también a medios parecidos. Todos sus preceptos, sus reprimendas y sus doctrinas llevan en sí el propósito de elevar al hombre de su estado natural salvaje a un estado moral, y de allí al océano infinito de la espiritualidad.

 

Ya se ha observado que la condición natural del hombre no se puede separar de su condición moral. Cuando es moderada y se utiliza de acuerdo con los dictados de la razón, en la ocasión adecuada la condición natural adquiere un carácter moral. Antes de someterse al control de la razón y del buen sentido, esta condición no tiene carácter de cualidad moral, sino de impulso natural, por mucho que se parezca a la condición moral. Por ejem­plo, no puede considerarse prueba de cortesía ni de buenos modales el afecto o la docilidad que un perro o un cordero muestra hacia su amo, ni puede tenerse por rudeza o mal comportamiento la fiereza de un lobo o un tigre. Se llega al estado moral tras meditar y comprender la importancia del papel que juegan el tiempo y la ocasión. Una persona que no emplea la razón y el sentido común es como un niño cuya capacidad mental todavía no está sometida a los dictados de la razón, o como un loco que ha perdido el juicio. Un niño y un loco pueden comportarse de una manera aparentemente moral, pero nadie calificaría tal conducta de moral, ya que no procede del uso de la razón, sino que es un impulso natural ante ciertas circunstancias. Por ejem­plo, el ser humano apenas nace busca el pecho materno, mientras que el pollo recién salido del cascarón comienza a alimentarse picoteando. Del mismo modo, la cría de sanguijuela se comporta como sanguijuela, la ser­piente recién nacida se comporta como serpiente, y el cachorro de tigre, como tigre. Apenas nace, el ser humano empieza a mostrar reacciones humanas, y estas reacciones se acentúan cada vez más conforme pasan los años. Por ejemplo, llora con más fuerza, su sonrisa se transforma en risa, y se concentra más su mirada. Con un año o dieciocho meses de edad, desarrolla otra característica natural: comienza a expresar el placer y el desagrado en sus actos, intentando golpear a alguien, dándole algo. Todos estos actos son impulsos naturales. Del mismo modo, un salvaje que posee poco sentido humano expresa sus impulsos naturales a través de sus palabras, actos y movimientos, y obedece a sus emociones naturales. Sus actos no son resul­tado de la reflexión. Todo lo que hace en obediencia a un impulso natural, o como reacción a estímulos externos, se manifiesta de forma exterior. Es posible que los impulsos naturales provocados por estímulos externos no sean todos malos, y que algunos se parezcan a acciones juiciosas, pero en general no son consecuencia de la reflexión y el razonamiento, y aunque estén hasta cierto punto motivados por la razón, no podemos confiar en ellos a causa del dominio de los impulsos naturales.

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La verdadera moral

 

En una palabra, no podemos calificar de comportamiento verdaderamente moral la conducta de una persona que se halla sometida a los impulsos naturales, como los animales, los niños o los dementes. El primer indicio de la moral verdadera, ya sea buena o mala, se presenta cuando la razón comienza a madurar, cuando una persona llega a distinguir entre el bien y el mal, entre varios grados de bondad y maldad, y cuando comienza a lamentar la omisión de una buena acción, y a arrepentirse después de cometer un pecado. Este es el segundo estadio de la vida humana, descrito por el Santo Corán como el alma acusadora. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que una simple reprimenda no basta para que un salvaje alcance el estado del alma acusadora. Es necesario que tome conciencia de la existencia de Dios, hasta tal punto, que ya no considere como acto sin motivo su propia creación por Él, para que la comprensión de lo Divino estimule sus verdaderas cuali­dades morales. Con este propósito Dios Exaltado nos revela la necesidad de comprender lo Divino, y toda moral da lugar a un resultado que puede origi­nar confort o dolor espiritual en esta vida y que se manifestará claramente en el más allá. En resumen, al alcanzar el estadio del alma acusadora, el hombre adquiere tal grado de razón y conciencia que se reprende a sí mismo cual­quier acto injusto, y desea realizar buenas acciones. En este estadio el hom­bre empieza a mostrar altas cualidades morales.

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La Distinción entre Jalq (creación) y Julq (morales)

 

Jalq denota el nacimiento físico, y Julq el nacimiento interno. Como el nacimiento interno se perfecciona a través del desarrollo moral y no simple­mente a través de la obediencia a los impulsos naturales. Julq implica cuali­dades morales y no impulsos naturales. Cabe destacar que la creencia popu­lar de que las cualidades morales consisten solamente en la mansedumbre, la cortesía y la humildad, está totalmente equivocada. La verdad es que a cada acción física le corresponde una cualidad interna moral; por ejemplo, caen lágrimas de los ojos cuando se llora, y a esta acción física corresponde una cualidad interna llamada ternura, y esta cualidad, una vez sometida al control de la razón, y debidamente utilizada, asume el carácter de cualidad moral. Del mismo modo, cuando el hombre emplea sus manos para defen­derse contra un ataque enemigo, a esta acción física corresponde una cuali­dad llamada valor. Al ejercerse esta cualidad en el lugar adecuado y la oca­sión debida, se llama cualidad moral. Igualmente, el hombre desea salvar al oprimido del opresor, o proteger al desamparado o al hambriento, o servir la humanidad de alguna manera. A todos estos actos corresponde la cualidad interna de compasión. Cuando un hombre castiga a un malhechor, existe una cualidad interna llamada venganza. Hay ocasiones en las que un hombre atacado no desea atacar a su vez, y se abstiene de actuar. En tales casos la abstención corresponde a la cualidad de la indulgencia y la paciencia. Cuando el hombre emplea sus pies y sus manos, su cerebro o su fortuna, para fomentar el bienestar de otros seres humanos, dichos actos reflejan la cualidad de benevolencia. Por lo tanto, cuando una persona muestra todas estas cualidades en el lugar y momento debidos, se califican de cualidades morales. Dios Glorioso se ha dirigido al Santo Profeta, la paz y las bendicio­nes de Al-lah sean con él, con las siguientes palabras:

 

"En verdad tú posees altas cualidades morales" (68:5).

 

Esto significa que en la persona del Santo Profeta se unían todas las altas cualidades morales: caridad, valor, justicia, clemencia, bondad, sinceridad, longanimidad, etc. En resumen, todas las cualidades naturales del hombre -cortesía, modestia, integridad, benevolencia, celo, perseverancia, castidad, piedad, equidad, compasión, valor, generosidad, paciencia, tolerancia, bondad, sinceridad, lealtad, etc.- manifestadas en el momento debido, y sometido a los dictados de la razón y la reflexión, serían consideradas como cualidades morales. En realidad son estados naturales e impulsos humanos, que llegan a ser cuali­dades morales al ser ejercidos voluntaria y debidamente. El progreso es una característica natural del hombre, y por lo tanto la verdadera religión, la buena compañía y los preceptos virtuosos transforman sus impulsos natura­les en cualidades morales. El hombre no comparte esta característica con ningún animal.

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La primera reforma: los Estados Naturales del Hombre

 

Ahora consideraremos la primera de las tres reformas inculcadas por el Santo Corán, que concierne al estado natural del hombre. Esta reforma trata de lo que se suelen llamar los buenos modales, es decir, las normas sociales que moderan las condiciones naturales de los salvajes, como comer, beber, casarse, etc., elevándolas a un nivel justo de aceptación social y apartando a los salvajes de su existencia animal. Acerca de este punto, el Santo Corán establece:

 

"Se os prohíben vuestras madres, y vuestras hijas, y vuestras hermanas, y las hermanas de vuestros padres, y las hermanas de vuestras madres, y las hijas de vuestros hermanos, y las hijas de vuestras hermanas, y vuestras madres de leche, y vuestras hermanas de leche, y las madres de vuestras esposas, y vuestras hijas nacidas de vuestras esposas con las que habéis cohabitado pero si no habéis cohabitado con ellas no hay pecado y las esposas de vuestros hijos de vuestra sangre. Asimismo se os prohíbe tener por esposas a dos hermanas al mismo tiempo; pero lo pasado, pasado está" (4:24).

 

"Se os prohíbe heredar de mujeres contra su voluntad" (4:20).

 

"Se os prohíbe casaros con las que se casaron vuestros padres, aunque si ocurrió en el pasado se excusa" (4:23).

 

"Se os autorizan las mujeres creyentes virtuosas, y las mujeres virtuosas de entre aquellos a los que se reveló el Libro antes que a vosotros, siempre que les ofrezcáis la dote y que contraigáis matrimonio legalmente, sin come­ter fornicación y sin tomar amantes secretas" (5:6).

 

En los tiempos de igno­rancia si un hombre no tenía hijos permitía a su esposa cohabitar con otro hombre con el fin de tener hijos. El Santo Corán prohibió esta costumbre, a la que la frase "tomar amantes secretas" se refiere. También dice el Santo Corán:

 

"No os suicidéis" (4:30), y "no matéis a vuestros hijos" (6:152). "No entréis sin permiso como salvajes en casas que no sean las vuestras, hasta que no recibáis permiso, y habiendo obtenido permiso saludad a los que viven allí con el deseo de paz. Si no halláis a nadie en la casa, no entréis hasta que no recibáis permiso. Si el dueño de la casa os manda regresar. entonces regresad" (24:28-29).

 

"No entréis en las casas saltando por los muros, sino entrad por las puer­tas" (2:190).

 

"Cuando se os salude, saludad con un saludo mejor" (4:87).

 

"El alcohol, los juegos de azar, los ídolos y las flechas adivinatorias son abominable obra de Satanás: Así pues, apartaos de ellos" (5:91).

 

"Se os prohíbe la carne de un animal muerto, y la sangre, y la carne de cerdo, y todo lo que se sacrifique invocando otro nombre que no sea el de Dios, y la carne de todo animal estrangulado, matado de un golpe o por una caída o por los cuernos de otro animal, y toda carne comida por los animales de presa, o sacrificada a ídolos, porque es carroña" (5:4).

 

"Si te preguntaran qué es lo que se puede comer, di que se puede comer todo lo bueno" (5:5). Absteneos de carroña y todo lo que se asemeje a la carroña, y de todo lo impuro.

 

"Cuando se os pida que hagáis sitio a los demás en vuestras asambleas, dejádselo para que se sienten; y cuando se os pida que os levantéis, levan­taos inmediatamente" (58:12).

 

"Comed de todo lo permitido y lo puro, como carne, legumbres, verduras, etc., pero no seáis inmoderados en ningún aspecto" (7:32).

 

"No habléis por hablar, sino sólo lo que requiera la ocasión” (33:71)

 

"Mantened limpios vuestros vestidos, limpiad vuestros cuerpos de la suciedad, y vuestras casas y vuestras calles y todos aquellos sitios donde os sentéis" (74:5-6).

 

"No hables ni demasiado alto ni demasiado bajo. Camina a paso mode­rado, ni muy rápido ni lento, excepto cuando la ocasión requiera que cami­nes de otro modo" (31:20).

 

"Cuando salgáis de viaje preparaos bien y llevad las provisiones necesa­rias para no tener que recurrir a la mendicidad" (2:198). "Al cohabitar con vuestras esposas, purificaos bañándoos" (5:7).

 

"Cuando comáis, compartid vuestra comida con los que os piden comida, y también con los perros y otros animales y pájaros" (51:20).

 

"No hay nada malo en que os caséis con huérfanas pupilas vuestras, pero si teméis caer en la tentación de tratarlas injustamente porque son huérfa­nas, entonces casaos con mujeres que tengan padres u otra familia que las protejan, mujeres que os respetarán y a las que cuidaréis. Os podéis casar con dos, tres o cuatro mujeres, siempre que aseguréis la igualdad entre ellas. Si teméis no poder hacerlo, entonces casaos con una mujer, aunque necesi­téis más de una. Se impone un límite de cuatro para evitar volver a vuestra antigua costumbre de casarse con centenares de mujeres, y para no caer en la tentación de relaciones ilícitas. Entregad la dote voluntariamente a vues­tras esposas" (4:4-5).

 

Esta es la primera reforma del Santo Corán, mediante la cual se eleva al hombre de su estado natural salvaje al estado de un ser social civilizado. En estas enseñanzas no hay mención de las cualidades morales superiores. Se atañe tan sólo al comportamiento humano elemental. Se precisaban estas enseñanzas porque el pueblo cuya reforma se contemplaba al enviar al Santo Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, se hallaba en un estado extremo de barbarie. Era necesario que se les enseñase las normas elementales de comportamiento humano.

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Por qué se prohíbe la carne de cerdo

 

Cabe destacar en este contexto que, a través del mismo nombre del ani­mal, Dios nos ha señalado la razón por la que se prohíbe su carne. La palabra árabe para "cerdo" es Jinzir, nombre compuesto de Janz y Ara, que significa "Lo veo muy sucio". Así, el nombre que Dios dio a este animal señala su impureza. Es una coincidencia curiosa que en hindi este animal se llame Suar, nombre compuesto de Su y Ara. Esto también significa "Lo veo muy sucio". No es sorprendente que la palabra árabe Su se halle en el idioma hindi. Hemos establecido en nuestro libro Minanur Rahman que el árabe es la madre de todos los idiomas, y que muchas palabras árabes se encuentran en todos los idiomas. Suar es por lo tanto, una palabra árabe, y su equiva­lente en hindi es bad. El animal también se llama bad en hindi. No cabe duda de que en la época en que el árabe era el idioma universal, se conocía este animal con el nombre árabe, sinónimo de Jinzir, y así ha continuado hasta nuestros días. Es posible que en su forma sánscrita la palabra se haya trans­formado, pero la verdadera palabra es Jinzir, y proclama su propio sentido. No es necesario aquí discutir la suciedad de este animal. Todos sabemos que come cosas impuras y es totalmente desvergonzado. Por lo tanto es obvio el motivo de su prohibición, pues según las leyes naturales, su carne corrompe­ría el cuerpo y el alma de quien lo comiera. Como ya hemos establecido, los alimentos afectan al alma de una persona, y no cabe duda de que la carne de un animal tan sucio también sería sucia. Incluso en épocas pre-islámicas, los médicos griegos opinaban que la carne de este animal dañaba sobre todo la facultad de modestia y producía desvergüenza. Por la misma razón la ley islámica también prohíbe el comer carroña, porque ejerce un efecto adverso sobre las cualidades morales. Y también es perjudicial para la salud física.

 

Aquellos animales cuya sangre permanece en su interior, como los que mue­ren estrangulados o matados a golpes, son, en realidad, carroña. Es obvio que la sangre de tal animal se corrompe rápidamente, corrompiendo toda la carne. Tras recientes investigaciones se ha podido demostrar que los gérmenes de la sangre extienden la corrupción por toda la carne del animal muerto.

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La condición moral del hombre

 

La segunda parte de la reforma Coránica consiste en la regulación de las condiciones naturales, con el fin de convertirlas en altas cualidades morales. Este es un tema muy amplio. Si intentáramos tratarlo detenidamente aquí, la ponencia se extendería tanto que no podríamos leer ni la décima parte en el tiempo permitido. Por lo tanto hemos de limitarnos a la exposición de algu­nas cualidades morales, con la esperanza de que sirvan de ejemplo.

 

Las cualidades morales se comprenden bajo dos epígrafes. Primero, las cualidades morales que capacitan al hombre para abstenerse del mal; y segundo, las cualidades morales que le capacitan para hacer el bien. La primera categoría comprende las cualidades que impiden que un hombre dañe -con su lengua, sus ojos, sus manos o por otro órgano- la vida, el honor y la propiedad del prójimo, o que albergue en su intención hacerlo. La segunda categoría comprende aquellas cualidades morales que estimulan al hombre a ayudar a los demás, con respecto a su honor y su propiedad, utilizando su lengua, sus manos, sus conocimientos o cualquier otro medio, para hacer constar la gloria o el honor del prójimo. Estas cualidades también le permiten perdonar al ofensor que le agrede del castigo físico o del impuesto financiero que justamente merece, o castigarle de tal forma que el castigo se trueque en beneficio.

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Las cualidades morales relacionadas con la abstención del mal

 

Las cualidades morales que el verdadero Creador ha designado para la abstención del mal corresponden a cuatro nombres distintos en árabe, cuyo vocabulario proporciona una palabra específica para los distintos conceptos, modos y costumbres humanos.

 

La primera de estas cualidades se llama Ihsan, es decir castidad. Esta palabra designa la virtud que corresponde a la facultad de procreación de hombres y mujeres. Se llama castos a los hombres o mujeres que se abstie­nen del trato ilegal o sus preliminares, que llevan a la desgracia y la humilla­ción de los culpables en este mundo, y al castigo en la otra vida, además de deshonrar y perjudicar a sus familiares. Por ejemplo, si un hombre intentara seducir a la esposa de otro, aunque su intento sólo constituyera la fase preliminar del adulterio, incumbiría a un marido digno el divorciarse de su esposa por haber aceptado ésta la atención de un extraño. Sus niños tam­bién se verían profundamente afectados. El marido tendría que soportar todos estos perjuicios debido a la mala conducta de un malvado.

 

Se ha de recordar que la cualidad moral de castidad sólo se aplica a aquellas personas que, siendo físicamente capaces de cometer el vicio, se abstienen de hacerlo. Si no poseen tal capacidad, por ser menores de edad, o impotentes, o seniles, o por estar castrados, no se puede considerar su abs­tención del vicio como cualidad moral. Hay, en tales casos, una condición natural de castidad, pero -como hemos señalado varias veces- las condi­ciones naturales no se pueden considerar como cualidades morales. Se con­vierten en cualidades morales sólo cuando se ejercen o son susceptibles de ser ejercidas en las ocasiones debidas, y cuando se someten a los dictados de la razón. Por lo tanto, aunque observen la castidad, los menores y los impotentes y todas aquellas personas que de alguna manera se privan a sí mismas de capacidad sexual, no merecen elogios por poseer esta cualidad moral, aunque aparentemente estén llevando vidas castas. En todos estos casos, su castidad es únicamente una condición natural. Como este vicio y sus preliminares pueden ser practicados tanto por hombres como por muje­res, el Santo Libro de Dios contiene enseñanzas para los dos acerca de este punto. Dice:

 

"Di a los creyentes que se abstengan de mirar de forma prohibida a las mujeres cuya vista excita sus pasiones. Que se acostumbren a bajar la mirada. Deben controlar sus sentidos. Que se abstengan de escuchar los cantos y las voces dulces de las mujeres, y los relatos de su hermosura, porque así se mantiene mejor la pureza de sus miradas y de sus corazones. Di a las creyentes que se abstengan de mirar de forma prohibida a los hom­bres, y de escuchar sus voces apasionadas. Que oculten su hermosura, y no la descubran a nadie fuera de los límites prescritos. Deben cubrir sus senos con velos mediante los cuales cubren sus cabezas, oídos y sienes y que no muevan sus pies como bailarinas. De este modo se protegerán ante cualquier tentación" (24:31-32).

 

Otro método de librarse del mal es volverse a Dios, rogándole la protec­ción ante cualquier tentación. También se enseña: "No os atraiga el adulte­rio" (17:33). Esto significa, que el hombre debe evitar las ocasiones que le arrastren hacia esa dirección y se debe apartar de todos los caminos que conduzcan a este vicio. El que se entrega a este vicio comete un acto de extrema perversidad. El camino del adulterio es un mal camino, porque obs­truye el progreso del hombre hacia su meta, y dificulta el logro del objeto de la existencia. Los que no encuentran esposa deben conservar su castidad por otros medios (24:34); por ejemplo, ayunando, tomando alimentos ligeros o haciendo ejercicio.

 

Algunos adoptan el celibato, o se someten a la castración o la clausura. Dios no prescribe el monasticismo, y por eso aquellos que lo adoptaron no fueron capaces de observar su disciplina (57:28). Esto significa que si el celibato y la clausura hubieran sido impuestos por Dios, todos hubieran tenido que observar tal disciplina, y la raza humana se habría extinguido hace ya tiempo. Además, la preservación de la castidad por castración u otro medio equivaldría a una crítica contra Dios, que dio al hombre la capacidad de procrear. El mérito se halla en la abstención de emplear esta capacidad cuando la ocasión es inadecuada, por temor a Dios; y se convierte en doble mérito al emplear esta capacidad en el lugar y momento debidos. Al destruir la capacidad, el hombre se priva de los dos beneficios. El mérito depende de la posesión de la capacidad, y de su regulación. ¿Qué aprecio merece la persona que ha perdido aquella capacidad, y se ha convertido de nuevo en niño? ¿Es digna de mérito la castidad de un niño?

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Cinco remedios contra la lujuria

 

En estos versículos, Dios Exaltado no sólo nos facilita excelentes ense­ñanzas para llegar a la castidad, sino también nos proporciona cinco reme­dios contra la lujuria. Son: abstenerse de mirar de forma prohibida a los ajenos, abstenerse de escuchar sus voces y relatos de su belleza; evitar las ocasiones en las que se tema verse tentado a cometer este vicio; y contro­larse durante el celibato, mediante ayunos, alimentos ligeros, etc.

 

Podemos asegurar con plena confianza que estas excelentes enseñanzas y los medios para obedecerlas, contenidos en el Santo Corán, son privativos del Islam. Ha de tenerse en cuenta que puesto que la condición natural del hombre, fuente de sus pasiones, es tal que no puede dominarla sin una transformación total, es natural que se exciten sus pasiones peligrosamente cuando se ofrezca la ocasión para cometer este vicio. Por lo tanto, Dios Exaltado no nos autoriza a mirar libremente a las mujeres, ni a contemplar su belleza, ni observar sus movimientos al bailar, etc., si lo hacemos con mira­das puras. Tampoco nos enseña a escuchar sus cantos, ni relatos de su belleza, con tal de hacerlo con oídos puros. Nos enseña a abstenernos de mirar, por puras que sean nuestras intenciones, y nos prohíbe escuchar sus voces dulces y los relatos de su hermosura, aunque sea con corazón puro. Nos enseña a despreciar estas cosas igual que despreciamos la carroña, para que no tropecemos. Porque es cierto que tarde o temprano la mirada libre provocaría nuestra caída. Como Dios Exaltado desea que nuestros ojos, corazones y todo nuestro cuerpo se queden siempre puros, nos ha dado esta excelente enseñanza. No hay duda de que las miradas libres nos llevan al peligro. Si ofrecemos pan tierno a un perro hambriento, sería un vano deseo esperar que el perro no le hiciera caso. Dios Exaltado, pues, deseaba que no se presentara ninguna ocasión para el ejercicio secreto de las facultades humanas, y que el hombre nunca se viera enfrentado a nada que pudiera excitar en él tendencias peligrosas.

 

Esta es la filosofía en la que se basan las normas Islámicas referentes al uso del velo. El Libro de Dios no pretende encerrar a las mujeres como presos, aunque este sea el concepto que tienen aquellos que ignoran las normas islámicas reales. El propósito de estas normas es hacer que los hombres y las mujeres se abstengan de mirarse libremente, y de lucir sus adornos y su hermosura. Porque en esto reside el bien de ambos sexos.

 

Se ha de tener en cuenta que la restricción de la mirada, el mirar solamente lo debido, se llama en árabe ghadde basar, expresión empleada en este contexto del Santo Corán. No es digno de una persona piadosa que desea mantener la pureza de corazón, que alce la mirada y mire en todas direcciones como un animal. Es esencial que el hombre practique la costumbre de ghadde basar en la vida social. Es una costumbre virtuosa, a través de la cual sus impulsos naturales se convierten en cualidades morales superiores sin afectar a sus necesidades sociales. Es esta cualidad la que en el Islam recibe el nombre de castidad.

 

La segunda cualidad comprendida en la categoría de la abstención del mal es la que se denomina honradez o integridad. Consiste en no perjudicar a los demás, apoderándose ilegalmente o deshonestamente de sus bienes. La integridad es una de las condiciones naturales del hombre. Por esta razón, un niño que siga su impulso natural, y que no haya adquirido ninguna mala costumbre, se opondrá a mamar la leche de otra mujer que no sea su madre. Si no se le designa una nodriza cuando está recién nacido y todavía carece de conciencia del mundo externo, resultará difícil para la nodriza criar al niño. Esta aversión a veces le causa grandes sufrimientos, llevándole en casos extremos al borde de la muerte. ¿Cuál es el secreto de tal aversión? Simplemente que el niño no desea dejar a su madre y aceptar a alguien ajeno. No cabe duda de que este hábito infantil se halla en la raíz de toda honradez e integridad. No se puede atribuir la cualidad de integridad a nadie cuyo corazón no esté lleno de odio hacia los bienes ajenos, como ocurre con un niño. Pero un niño no siempre utiliza esta costumbre en la ocasión debida y, como consecuencia, se impone grandes sufrimientos. El hábito no es más que una condición natural que se muestra involuntariamente; no es por lo tanto una cualidad moral -aunque sea la raíz de la cualidad moral de la integridad-. Del mismo modo que no se puede calificar de piadoso ni digno de confianza a un niño que demuestre tal costumbre, tampoco se puede atribuir esta cualidad moral a una persona que no practique este hábito natural en la ocasión debida. Resulta muy difícil llegar a ser una persona de integridad y digna de confianza. Si una persona no guarda todas las normas de la integridad, no se le puede denominar totalmente honrada o digna de confianza. A este respecto, Dios Exaltado nos ha instruido en distintos aspectos de la integridad, en los siguientes versículos:

 

Y si entre vosotros hubiere propietarios menores o huérfanos, y si se temiere que debido a su escaso juicio derrocharan sus bienes, debéis asumir el control de éstos en calidad de consejero tutelar, y no entregárselos, puesto que todo el sistema del comercio y de la seguridad social depende de la buena administración de la propiedad. Una parte de la renta producida por estos bienes ha de dedicarse al mantenimiento de su propietario, y debéis enseñarle todos los valores equitativos, que ayudarán a desarrollar su razón y su entendimiento, proporcionándole la formación adecuada para que de esta forma no permanezca inmaduro ni ignorante. Si es hijo de un mercader, puede ser instruido en los negocios y el comercio, y si su padre tenía otro oficio o profesión podéis instruirle adecuadamente, examinándole regular­mente para ver si hace progreso. Y cuando llegue a la madurez, con aproxi­madamente dieciocho años, y advirtáis que ha desarrollado la inteligencia suficiente para administrar sus propios bienes, entregádselos. No los derro­chéis mientras están bajo vuestra administración, temiendo que cuando el propietario llegue a la madurez os lo quite. Si el tutor es rico, se debe abste­ner de cobrar los gastos de administración de la propiedad; si es pobre, que torne la remuneración debida.

 

Era costumbre entre los árabes el que los tutores de un huérfano utilizaran la propiedad como capital para los negocios, asegurando de las ganancias el porvenir del huérfano y dejando intacto el capital. El tutor cobraba una remuneración justa por administrar los bienes. Este versículo se refiere a dicho sistema. Además dice el Santo Corán: "Cuando entreguéis los bienes a su propietario, hacedlo ante testigos" (4:6-7).

 

Los que mueren dejando hijos menores de edad no deben testar en perjui­cio de los hijos. Los que se apoderan injustamente de los bienes de los huérfanos devoran fuego, y serán devorados por las llamas del fuego infer­nal" (4:10-11).

 

Destacan los muchos aspectos de honradez e integridad expuestos por Dios Exaltado en estos versículos. Una persona realmente honrada tendrá en cuenta todas estas enseñanzas. Si esto no se realizara con perfecta inteli­gencia, la honradez superficial de una persona ocultaría muchos engaños. En otra parte se establece:

 

"No os apoderéis deshonestamente de los bienes ajenos, ni ofrezcáis vues­tra riqueza como soborno a las autoridades, con el fin de adquirir injusta­mente los bienes ajenos" (2:189). "Entregad los depósitos a sus propietarios legales" (4:59). "Al-lah no ama a los deshonestos" (8:59). "Cuando midáis, dad la medida justa, y pesad con balanza exacta y fiel" (17:36). "No defrau­déis en vuestros negocios con la gente; y no vayáis por el mundo provocando desorden" (26:184). Esto significa que no debemos andar por el mundo con malas intenciones, robando bolsos u otras cosas, o apoderándonos ilegal­mente de los bienes ajenos. "No deis cosas sin valor a cambio de cosas buenas" (4:3); es decir, así como es ilegal la malversación de fondos, también es ilegal la venta de mercancías defectuosas, ocultando los defectos, y el cambio de artículos defectuosos por artículos en buenas condiciones.

 

En todos estos versículos, Dios Exaltado ha descrito las prácticas desho­nestas de forma tan comprensiva que no se omite ningún tipo de engaño. No se limita a prohibir el robo, por si el necio pensara que aunque se prohíbe el robo se permiten otros medios ilegales de adquirir la propiedad ajena. La verdadera sagacidad reside en prohibir todos los métodos injustos de apode­rarse de los bienes ajenos. En resumen, la persona que no posee la cualidad de integridad en todos sus aspectos no se puede considerar honrada, aun­que en ciertas cosas se comporte honradamente. Porque en tales casos se trataría de su condición natural, desprovista de la discriminación razonable y de la percepción.

 

La tercera cualidad moral comprendida en la categoría de abstención del mal es la que en árabe se denomina hudnah o haun. Consiste en no causar daño corporal a otro, y en vivir y comportarse pacífica y tranquilamente. No cabe duda de que la mansedumbre y la tranquilidad son altas cualidades morales, esenciales para la humanidad. El impulso natural que corresponde a esta cualidad moral, cuya regulación lo convierte en cualidad moral, es el afecto que existe en el hombre desde su nacimiento. Es evidente que en su estado natural el hombre no concibe la tranquilidad ni la agresión. En tal estado, el impulso afectivo que demuestra es la raíz de la tranquilidad y de la mansedumbre, pero como no se practica deliberadamente, de acuerdo con los dictados de la razón, no se considera cualidad moral. Sólo llega a ser cualidad moral cuando una persona se esfuerza por no causar daño, y cuando practica la mansedumbre y la tranquilidad en el momento debido, evitando practicarlas fuera de lugar. En este contexto, las enseñanzas Divi­nas nos aconsejan:

 

"Esforzaos por fomentar el acuerdo entre vosotros" (8:2); "La paz es mejor" (4:129); "Cuando ellos se inclinen a la paz, inclínate tú también (8:62); "Los verdaderos siervos del Misericordioso pasan humildemente por la tierra" (25:64); "y cuando se encuentran con algo mezquino, que podría provocar actos agresivos, siguen su camino con dignidad" (25:73), es decir no adoptan una actitud agresiva cuando se trata de un daño muy superficial, ni hacen de las cosas sin importancia un motivo de desacuerdo. La palabra "mez­quino" empleada en este versículo denota el conjunto de palabras o accio­nes que, aunque malintencionadas, causan poco daño u ofensa. La manse­dumbre exige que no se preste atención a tal conducta, y que se comporte con dignidad; pero si la conducta de una persona llega a dañar la vida, el honor o la propiedad, entonces la cualidad exigida no es la mansedumbre sino la indulgencia, de la que más tarde trataremos. "Si alguien se comporta mal con vosotros, debéis responder a la maldad con mansedumbre, y el que era vuestro enemigo se convertirá en vuestro mejor amigo" (41:35). En resu­men, la tranquilidad y la mansedumbre exigen que no se dé importancia a cosas banales, que no constituyen más que nimiedades inofensivas.

 

La cuarta cualidad moral comprendida en la categoría de la abstención del mal es la cortesía o la expresión cordial. El impulso natural, la raíz de la que brota la cualidad moral, es la alegría. Un niño, antes de saber expresarse con palabras, muestra alegría como sustituto de la cortesía y los buenos moda­les. Esto demuestra que la raíz de la cortesía es la alegría, que es una facultad natural y se convierte en la cualidad moral de cortesía al utilizarse en la ocasión debida. El Santo Corán nos enseña: "Decid a la gente lo que es bueno" (2:84); "Que ningún pueblo se burle de otro, pues puede que éste sea mejor que aquél. Que ningún grupo de muje­res se ría de otro, pues puede que éste sea mejor que aquél. No difaméis a otros ni les motejéis" (49:12). "Evitad las sospechas; no os espiéis ni os calumniéis unos a otros" (49:13). "No culpéis a nadie sin tener pruebas de su culpabilidad, y recordad que el oído, la mirada y el corazón serán llamados a rendir cuentas" (17:37).

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Las cualidades morales relacionadas con hacer el bien

 

La segunda categoría de cualidades morales comprende aquellas relacio­nadas con hacer el bien. La primera de estas cualidades es la indulgencia o el perdón. Aquél que ofende a otro, le causa daño o dolor, y por lo tanto merece ser castigado, bien según la ley -mediante encarcelamiento o multa- o bien directamente por la persona ofendida. Perdonarle, cuando el perdón sea lo adecuado, sería hacerle un bien. En este sentido el Santo Corán nos enseña: