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¿Por qué el Islam?


El presente escrito publicado en el año 1953, expone en lenguaje claro y conciso las profecías del Antiguo y Nuevo Testamento referentes al advenimiento del Santo Profeta Mohammad, el Fundador del Islam, (la paz de Dios sea con él). Ofrece una breve biografía del Santo Profeta Mohammad (L.P.D.) y expresa los principios básicos del Islam, junto con un resumen de sus fundamentos legales, sociales y económicos. Trata también de la condición actual del mundo, evidenciando que fuera del Islam, ninguna otra religión puede solucionar los problemas que confrontan a la humanidad de hoy. El Islam ha generado en la época presente a uno de sus hijos más ilustres en la persona de Hazrat Mirza Ghulam Ahmad de Qadian (India), con la misión de restablecer Su gloria y acercar de nuevo al hombre a su Creador. La presente obra refleja parte de sus ense­ñanzas.


 

I. INTRODUCCIÓN

 Son cuatro los objetivos de la religión: 

a) Permitir que el hombre conozca a Dios Todopoderoso, su Creador;

b) Proporcionar a cada hombre un código de conducta y moralidad;

c) Dar a las comunidades las normas para su orientación social,económica y política; y

e) Enseñar al hombre acerca de la vida después de la muerte.

 Los orígenes del hombre se pierden en el amanecer de la historia, y sabemos que nuestros antecesores más remotos de la Edad Paleolítica se elevaron muy poco por encima del nivel de los animales. El verdadero comienzo de la historia de la humanidad se remonta al momento, hace unos seis mil años, en el que Dios se reveló por primera vez a Adán, nombrándole a él y a sus descendientes como Sus virreyes en la tierra. Por lo tanto, el primer paso del progreso humano fue el conocimiento de Dios, y la creencia religiosa constituyó el comienzo de la civilización. 

Las comunidades primitivas vivían dispersas y aisladas, y sus necesidades eran puramente locales. He aquí la razón por la cual Dios inspiró inicialmente a profetas nacionales y no universales para amo­nestar a los hombres cuando se entregaron a la idolatría y al pecado. El Santo Corán nos dice que a cada tribu o nación le fueron enviados mensajeros Divinos que, a pesar de la oposición y la persecución, recordaron a los hombres su deber para con Dios, y la vida venidera, exhortándoles a practicar el bien y rechazar el mal. Algunos de estos apóstoles trajeron también códigos de leyes apropiados a su sociedad en concreto.

 Encontramos el relato de uno de estos pueblos en el Antiguo Testamento. Dios bendijo a los Hijos de Israel con la Ley de Moisés, y les ordenó servir de ejemplo para las naciones vecinas. Sus transgre­siones les llevaron a la ruina moral y política, pero antes de renegar de ellos, Dios elevó de entre su pueblo a un gran reformador espiritual o Mesías en la persona de Jesucristo. Aún no había llegado el momento de establecer una religión mundial, y por esta razón en los Evangelios (ver Mateo 5:17, 18 - 10:5, 6 y 15:24), Jesús afirma claramente que no vino a abolir la Ley de Moisés, sino que fue enviado tan sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Cuando los judíos le negaron, les advirtió que el favor de Dios pasaría a otra nación, y repitió las palabras proféticas acerca de la península arábiga, una zona olvidada por los conquistadores, que no había desempeñado papel alguno en la historia: "La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido... Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos" (Mateo, 21:42-43). ¡En efecto, la Arabia estaba destinada a convertirse en piedra angular de un imperio que se extendería desde España hasta las fronteras de la China!

La Biblia contiene más de cuarenta referencias al advenimiento del Islam y del Santo Profeta Muhammad (s.a.w.)*. A pesar de que algunas de las profecías hayan sido oscurecidas debido a textos defectuosos o a traducciones poco objetivas de los originales hebreo y griego, su testimonio sigue siendo conmovedor. Las limitaciones de espacio no nos permiten citar todas estas profecías, pero es preciso mencionar algunas, en vista de su gran importancia.

 En la primera, Dios dice a Moisés: "Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande" (Deuteronomio, 18:18). Aquí vemos que se promete un profeta suscitado de entre los hermanos de los israelitas; se trata, por supuesto, de los ismaelitas, o árabes, que junto con los judíos son los hijos de Abraham y objeto de la profecía del Génesis: "Y haré de ti un gran pueblo". Aquel profeta será semejante a Moisés, es decir, un gran jefe espiritual y temporal, y un Legislador. En su boca se pondrá la Palabra de Dios, y esto se aplica al Santo Corán, el único libro religioso que afirma ser no meramente "inspirado" sino la Palabra literal de Dios. Esta poderosa profecía se refiere a Mohammad (s.a.w.) y no se puede aplicar a ningún otro, en ninguna época ni en ningún lugar.

 En la segunda profecía podemos leer: "Ha venido Yahveh del Sinaí. Para ellos desde Seír se ha levantado, ha iluminado desde el monte Parán. Con él los diez mil santos, Ley de Fuego en su diestra para ellos. (Deut. 33:2). Aquí se relaciona a Moisés con el Sinaí, a Jesucristo con Seír, en Palestina, y a Mohammad con Parán, el desierto montañoso situado entre La Meca y Medina. Además se sabe muy bien que el Santo Profeta entró en La Meca con diez mil seguidores, como legislador triunfante. ¿Acaso puede ser más clara una profecía?

 La tercera se halla en las palabras de Jesucristo, recogidas en el Evangelio según San Juan (16:7, 8, 13): "Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré; y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia, en lo referente al juicio... Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga,. y os anunciará lo que ha de venir". Es evidente que con esto Jesucristo no alude a ninguna visitación de Pentecostés, sino al advenimiento al mundo de un profeta portador de la Ley, que hablará en verdad de lo que Dios le mande hablar. La palabra "Paráclito" de la versión española aparece en el texto griego como "Paraclete". Ahora bien, "Paraclete" es una palabra desconocida en el griego clásico; investigaciones posteriores han demostrado que se trata de una corrupción de "Periclytos", que significa "El Ilustre", "El Digno de Alabanza". ¡La traducción literal de "Periclytos" en árabe es MOHAMMAD! De ahí que Jesucristo predijera al Santo Profeta, utilizando el nombre que recibió al nacer cinco siglos más tarde; y cabe destacar que Mohammad fue el primer árabe que llevó este nombre. 

Ha de tenerse en cuenta que los judíos esperaban a un profeta después del Mesías, como demuestra el Evangelio de San Juan al hablar de Juan el Bautista (1:20, 21): "...y confesó: `Yo no soy el Cristo'. Y le preguntaron: `¿Qué pues? ¿Eres tú Elías?' El dijo: `No lo soy'. `¿Eres tú el profeta?' Respondió: `No'." Se trata de la misma persona descrita en el Antiguo Testamento como: "El Santo del Monte Parán" (Habacuc, 3:3), "Mi Siervo" (Isaías, 42:1), "Mi Amado" (Cantar de los Cantares, 5:10) y "Mi Mensajero" (Malaquías, 3:1). La Biblia incluso hace referencia a dos episodios importantes de la vida del Santo Profeta. Uno es la batalla de Badr, cuando el poder de los árabes paganos, o Kedar, fue destruido un año después de la huida de La Meca (Isaías, 21:15, 16), y el otro es el "Isra", el viaje espiritual del Profeta, por la noche, al Templo de Jerusalén (Malaquías, 3:11).

Se hacen varias referencias a La Meca, sobre todo en el Salmo 84:6, de David, donde en el texto hebreo figuran las palabras "valle de Bacah" o Bakkah, nombre utilizado en el Santo Corán para designar este valle (3:96). ¡Los recopiladores de la Versión Revisada de la Biblia estimaron más prudente ocultar esto con la traducción "Valle de Lamentaciones"! El peregrinaje viene descrito en Isaías (60:6, 7). Por último, en al menos un caso (Jeremías, 28:9) la palabra hebrea "Shalom" debería haberse traducido utilizando el equivalente árabe específico "Islam", y no "paz", que corresponde al término más general de "salaam".

 El advenimiento de este Profeta, que había de ser maestro y legislador para todas- las naciones de la tierra, también está anunciado en las Escrituras persas, hindúes y budistas, y en algunos casos se ofrecen no sólo descripciones exactas de acontecimientos, sano hasta su nombre MOHAMMAD.

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II. EL SANTO PROFETA MOHAMMAD

 El Santo Profeta Mohammad (s.a.w.) nació en La Meca, en la provincia de Hajez, en Arabia, el 29 de agosto del año 570 de la Era Cristiana. Pertenecía al clan de Heshem, de la tribu de los Qureshíes, que afirman ser descendientes directos de Ismael.

 Huérfano desde su nacimiento, fue cuidado primero por su abuelo Abdul-Muttalab y más tarde por su tío Abu-Talab. Empezó la vida como pastor, después se hizo comerciante y finalmente próspero mercader. Á la edad de 25 años se casó con Jadiyya, una viuda mucho mayor que él y el matrimonio gozó de la bendición de la felicidad completa. Por su honestidad e integridad, sus conciudadanos le llamaban "Al-Aman", es decir, "el fiel".

 Los árabes de aquellos tiempos eran rudos, paganos, y sus carac­terísticas más positivas, tales como su amor a la libertad, la poesía y la hospitalidad, se veían desfiguradas por su adicción al vicio, la em­briaguez, el infanticidio, los juegos de azar y la violencia. En La Meca se encontraba el famoso Templo de la Kaba, construido por Abraham ha­cía casa 3.000 años en honor al Único Dios Verdadero, que era por aquel entonces sede de la idolatría, como demostraban las 360 estatuas de dioses paganos ubicadas en el recinto. La Arabia vivía un estado de anarquía política, y se encontraba aislada del mundo exterior, con la única excepción de algunas caravanas.

 Hacia los cuarenta años, Mohammad (s.a.w.) comenzó a practicar la meditación en solitario, y una noche de diciembre del año 610 de la Era Cristiana -la famosa noche de Al-Qadr en el mes árabe de Ramadán recibió su primera revelación. Encontrándose él en una cueva del monte Hará, cerca de La Meca, se le apareció el Ángel Gabriel en una visión, y le recitó los cinco primeros versículos del Capítulo 96 del Santo Corán. Durante los seis meses siguientes, el Santo Profeta sufrió tormentos y tribulaciones internas, pero al cabo de seis meses se le apareció por segunda vez el Ángel; el Profeta, temeroso, se cubrió el rostro con su capa, mientras el Ángel recitaba el comienzo del Capítulo 74 del Santo Corán:

 "En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. ¡Oh tú que te arropas!

Levántate y advierte

Y glorifica a tu Señor ...”

 La revelación divina continuó casi ininterrumpidamente durante veintiún años.

 Los primeros en creer en su misión fueron Jadiyya, su esposa; Zeid, su liberto; Al¡, su joven primo, y Ábu-Bakr, un amigo. Al principio, predicaba a su familia y a sus amigos íntimos, exhortándolos a rechazar el politeísmo y el mal, a adorar sólo a Dios y a tener fe en la vida venidera. Sus palabras eran recibidas con burlas y escepticismo, y la gente le aconsejaba que renunciara a tales locuras y atendiera su negocio.

 Poco a poco, sin embargo, las burlas y la compasión se iban convirtiendo en oposición e ira, y tras un discurso público pronunciado por él en 614 A.C., la persecución comenzó en serio. Los primeros conversos, surgidos en su mayor parte de entre los pobres y los esclavos, fueron amenazados, atacados y en algunos casos asesinados. Bilal, el primer converso africano al Islam, fue sometido a las torturas más crueles en un esfuerzo inútil por obligarle a renunciar a Dios y a Su Apóstol. El Santo Profeta fue insultado y ridiculizado. Cuando predicaba, sus palabras se perdían entre las burlas de la muchedumbre, y en la calle el pueblo le arrojaba basuras y sus enemigos le escupían en la cara. Y sin embargo, aunque parecía tratarse de una empresa deses­perada, el Profeta confiaba en Dios y rehusaba renunciar a su misión.

En el año 615 A.C. la persecución obligó a un grupo de unos cien musulmanes a abandonar su pueblo natal de La Meca para buscar refugio en Abisinia, donde fueron bien acogidos por el Rey. En 616, un dirigente quraishí, llamado Omar, que hasta aquel momento había sido oponente encarnizado del Santo Profeta, se convirtió al Islam, in­curriendo así en la ira de los jefes mequíes. Estos prohibieron las relaciones sociales y comerciales con los musulmanes, y no se les permitió ni siquiera comprar comida ni bebida. Durante tres largos años, el Santo Profeta y sus discípulos vivieron en la pobreza, hambrientos y afligidos, y su constancia ante la aparente imposibilidad de realizar sus esperanzas encuentra pocos paralelos en la historia de la humanidad. Terminó por fracasar la prohibición, pero Jadiyya murió poco después como resultado de las tribulaciones sufridas. Aunque Mohammad (s.a.w.) se volvió a casar varias veces, llevó consigo su amado recuerdo hasta el final de sus días.

En 620 .C. el Santo Profeta viajó a Taif, pero allí fue rechazado igualmente, y se libró 'en el último momento de morir apedreado por los habitantes. Fue durante aquel período cuando tuvo su visión más famosa, en la que su espíritu fue llevado a Jerusalén (el "Isra") y conversó con Abraham, Moisés, David, Salomón, Juan el Bautista y Jesucristo. En otra ocasión (el "Mir'all") se le enseñó el Trono de Dios, el paraíso y el infierno, y el universo sideral entero, que le aparecía del tamaño de un grano de mostaza.

 Entonces ya se avecinaban acontecimientos decisivos. En Yazrib .más tarde llamada Medina- una ciudad situada a unos 360 kilómetros al norte de La Meca, varios habitantes habían aceptado el Islam, y doce dele­gados suyos se reunieron con el Santo Profeta en 621 E. C. al lado del mon­te Aqaba, donde recibieron instrucción en la fe. A principios del año siguiente, setenta y dos delegados volvieron al mismo lugar y juraron lealtad; esto se conoce como el Gran Juramento de Aqaba. Poco tiempo después, el Santo Profeta recomendó a sus discípulos que emigraran en secreto a Medina.

Los quraishíes se sintieron perturbados por esta huida de familias musulmanas y, a instancias de Abu Yahl, los jefes de los distintos clanes decidieron asesinar al Santo Profeta. La Providencia dispuso que la fecha acordada para el asesinato -la noche del 15 al 16 de julio de 622- fuera la misma fecha elegida por Mohammad (s.a.w.) para su huida. Alertado del peligro, salió desapercibido de su casa. Los conspiradores no tardaron en darse cuenta de la fuga, y enviaron a un grupo de rastreadores en su búsqueda; en cierto momento, los rastreadores llegaron a la boca misma de la cueva en la que estaban escondidos el Santo Profeta y su compañero Abu Bakr, pero milagro­samente los fugitivos pasaron inadvertidos y lograron escaparse. Esta emigración de inmensa importancia, la Hégira, marca el comienzo de la historia del Islam, y a la vez el inicio de la Era Musulmana.

 Al llegar a Medina tras un peligroso viaje por el desierto, el Santo Profeta emprendió la organización de la nueva Comunidad (formada por los "Muhayirin", refugiados de La Meca, y los "Ansar", ayudantes locales, además de judíos y paganos) basada en la equidad social y económica. El predominio de la paz, la ley, la justicia, la buena voluntad y la fraternidad no tardó en reunir a todos los creyentes en un cuerpo entusiasta y devoto, dispuesto a sacrificarse en la tarea de sembrar la simiente del Reino de Dios.

 Los jefes mequíes, sin embargo, habían resuelto acabar con esta amenaza al antiguo orden, y empezaron a prepararse abiertamente para la guerra. A principios del 624 .C., con el pretexto de proteger una caravana procedente de Siria, enviaron a un ejército de mil hombres bien formados y equipados, incluidos 200 soldados de caballería, con la intención de tomar la ciudad de Medina. Los musulmanes, que habían recibido por vez primera permiso para armarse en defensa de su religión, pudieron reunir una infantería de tan sólo 313 soldados mal armados. Los dos ejércitos se enfrentaron en Badr, el 16 de Ramadán, en el año 2 después de la Hégira. A pesar de su gran valentía, y sobre todo el valor de Ali, los musulmanes hubieran sido derrotados si no se hubiera levantado una gran tormenta de arena contra los infieles, sembrando la confusión entre sus soldados. Sufrieron una derrota completa, y huyeron del campo de batalla, dejando atrás a muchos muertos, entre los que se encontraba su jefe Abu Yahl. El poder de la Arabia Pagana quedó así destruido, y Badr ha de considerarse como una de las batallas más decisivas de la historia.

 Los quraishíes intentaron en dos ocasiones posteriores tomar la ciudad de Medina. En 625, derrotaron a los musulmanes en Ohod, porque éstos se mostraron imprudentes y demasiado confiados, en contra de las órdenes del Santo Profeta. Pero los quraishíes no supieron aprovecharse de su victoria. En 627, una coalición consi­derable de más de 20.000 quraishíes, judíos y beduinos sitió la ciudad, pero, a pesar de varias traiciones, sus asaltos fueron rechazados, y su derrota se vio precipitada por el tiempo adverso y los conflictos internos. Esta batalla se conoce como la Batalla de la Fosa, o de los Confederados. El mismo año, los musulmanes firmaron el Tratado de Hodaibiya con los mequíes, y el Santo Profeta pudo realizar en paz el peregrinaje a la Kaba, la Casa de Abraham.

Poco después de su regreso a Medina, el Mensajero de Dios envió cartas a los gobernadores del mundo civilizado, invitándoles a que aceptaran el Islam. Algunos, como el emperador romano Heraclio, el Virrey de Egipto y el Rey de Abisinia, acogieron la carta con respeto, pero el emperador persa, Cosroes, rompió la carta encolerizado, y ordenó al gobernador del Yemen que mandara una expedición al Hijaz para detener a, Mohammad (s.a.w.). Antes de poderse cumplir esta orden, sin embargo, Cosroes fue asesinado, y su país fue presa de la guerra civil hasta la conquista árabe.

 Al Islam se iba uniendo una tribu tras otra. En 628, los musulmanes ocuparon la ciudad fortificada de Jaibar, desde donde grupos de judíos y paganos habían conspirado contra el Santo Profeta, incitando a los romanos y los persas a invadir Arabia. A finales del año siguiente, los quraishíes violaron las condiciones del tratado, y Mohammad, aprove­chando la oportunidad de conseguir la victoria final, marchó sobre La Meca encontrando poca resistencia.

El 20 de Ramadán del año 8 después de la Hégira (630 .C.), el Apóstol de Dios, ataviado de peregrino, entró en la Ciudad Santa con diez mil discípulos. Al llegar a la Kaba, repitió las palabras del Santo Corán: "¡Ha llegado la verdad, y ha desaparecido la falsedad!", y con su bastón comenzó a romper los 360 ídolos que contaminaban el recinto. Los habitantes juraron lealtad al Profeta, y aceptaron en masa el Islam. No tomó represalias por las atrocidades cometidas por los quraishíes, y perdonó incluso a sus enemigos más acérrimos.

Aunque no habían terminado aún todas las hostilidades, el Santo Profeta había completado su misión, y el último designio de Dios para la humanidad ya se había instalado firmemente en la tierra. El Profeta se encontraba agotado por sus labores, y por el esfuerzo de las revela­ciones Divinas, y su salud ya empezaba a deteriorarse. En el año 9 después de la Hégira, en marzo de 631 .C., viajó de Medina a La Meca para realizar el peregrinaje de despedida. En el monte Arafat, habló ante 100.000 peregrinos, pronunciando un famoso sermón, que se ha conservado en su totalidad. Apenas terminó de hablar cuando Dios le envió el último versículo que se revelaría del Santo Corán:

 "Este día os he completado vuestra religión, y he terminado de concederos Mí favor; y os he escogido el Islam por religión" (5:4)

 El Santo Profeta falleció serenamente en Medina, en su habitación contigua a la mezquita, el día 13 de Rabí del año 10 después de la Hégira (8 de junio de 632), a la edad de 63 años. Sus últimas palabras fueron: "Con mí Amigo el Altísimo... Con mí Amigo el Altísimo".

Mohammad (s.a.w.) es el único fundador religioso cuya vida se conoce con una gran riqueza de detalles, y cuya biografía completa llenaría muchos tomos. Tanto sus actos como sus palabras son hechos históricos indiscutibles, y no mitos y leyendas piadosas. No era solamente, como admite la Enciclopedia Británica, "El que más éxito tuvo de todos los Profetas", sino que se aprecia en su personalidad una variedad asombrosa de condiciones humanas. Como individuo, es a la vez marido, padre, amigo y hombre de negocios; como personaje público es jefe, legislador, juez, estadista y general; como Mensajero de Dios es portador de la Ley, predicador, teólogo, santo y místico. Tal combinación es única en la historia, y bien merece el epíteto: "Sello de los Profetas".

Uno de los rasgos más destacados de su carácter era su sinceridad. No olvidó, ni por un solo día ni por una sola hora, su condición de Apóstol de Dios. Fue el verdadero vehículo del Espíritu Santo, y nunca abusó de la revelación divina, ni se impuso sobre ella. Siempre rezaba por la bendición, la ayuda y la guía de Dios, y tenía una fe inquebran­table en la eficacia de la oración y en el cumplimiento de las promesas de Dios. En los momentos más críticos de la persecución de La Meca, los jefes quraishíes le ofrecieron el trono, honores y riquezas incalcu­lables, si sólo dejaba de denunciar a sus dioses ancestrales; su única respuesta fue recitar versículos del Santo Corán. Durante una campaña, un enemigo le sorprendió separado de su ejército, descansando, y le puso la espada en el cuello, diciendo: "Oh Mohammad, ¿Quién te podrá salvar de mí ahora?" El Profeta respondió con serenidad: "Dios". El guerrero se mostró tan impresionado que dejó caer la espada (que le fue restituida, junto con su libertad).

 Aunque la Mano de Dios le salvó una y otra vez cuando todo parecía estar perdido, y aunque los acontecimientos se producían de acuerdo con sus oraciones, el Profeta nunca proclamó como milagro ningún suceso que contradijera las leyes perfectas y divinas de la naturaleza. Cuando murió su hijo Ibrahim a corta edad, se produjo un eclipse del sol. Tanto los musulmanes como los infieles se maravillaron ante lo que ellos consideraban como señal del luto celestial, pero el Santo Profeta les reprochó su superstición, diciendo que el sol y la luna no se eclipsan por la muerte de un ser humano. Cabe destacar que sus discípulos más leales eran aquellos que tenían una relación más estrecha con él: ellos presenciaban cada acto y palabra suyos, y eran los más dispuestos a sufrir privaciones, tribulaciones y muerte por la causa del Islam primitivo.

Por razones de espacio, no podemos adentrarnos ahora en una elaboración de sus nobles virtudes. Era caritativo, compasivo y estaba siempre preocupado por el bienestar de los demás, paciente ante la debilidad de otros y siempre dispuesto a perdonarles sus fallos. Era un hombre de gustos y modales sencillos, vivió con gran frugalidad y desaprobada la indigencia y el lujo. Era humilde y puro de pensa­miento, limpio de cuerpo y apariencia, sencillo y honesto en sus relaciones con los demás. Era sincero, leal a sus amigos y generoso hacia todos. Y, sin embargo, evitaba los extremos hasta en estas cualidades. No era ni débil sentimental ni asceta. Detestaba el fana­tismo, la beatería y el formalismo. Su vida no fue ninguna teoría idealizada, sino un ejemplo práctico para todos los pueblos en todas las épocas.

Tras la muerte del Santo Profeta, el liderazgo de los musulmanes pasó a los Califas (sucesores), siendo los cuatro primeros Abu Bakr, Omar, Ozman y Ali. El Islam se extendió rápidamente por Asia Occidental y Central, África del Norte y ciertas partes de Europa meridional. En países como Palestina, Siria y Egipto, millones de cristianos se convirtieron a la Fe, aunque se les había concedido libertad total para practicar y conservar su antigua religión. La civilización floreció, y durante muchas generaciones se produjeron grandes avances en la sabiduría y la ciencia; la literatura, el arte y la cultura en todas sus formas alcanzaron nuevas cumbres. Incluso los historiadores europeos admiten, contra su voluntad, que el desarrollo de los países occiden­tales se debió en gran parte a su contacto con los musulmanes en la época de las Cruzadas.

Después comenzó el ocaso, provocado por la disensión política, los conflictos sectarios, la asimilación imperfecta de los verdaderos prin­cipios islámicos y la apatía oriental. Según las profecías, los tres primeros siglos habían de ser los mejores, y al cabo de este tiempo el Islam subiría al cielo durante mil años. Y así sucedió; a mediados del siglo XIX el poder de las naciones musulmanas estaba destruido y sus instituciones habían caído en la decadencia; la auténtica erudición religiosa había desaparecido; la fe disminuía y el pueblo, bajo el dominio de mul-lahs y jeques ignorantes y fanáticos, era presa de la intolerancia y la superstición. La Cruz parecía haber triunfado en todas partes, y algunos autores europeos ya proclamaban el próximo fin del Islam.

 El Santo Profeta (s.a.w.) había profetizado el advenimiento de un Resurgidor (Muyaddid) al comienzo de cada siglo, e igualmente predijo que un Mesías o Mahdi* salvaría el Islam en los últimos tiempos. Al comienzo del siglo XIV después de la Hégira, surgió en Qadian, en la India, un hombre que había de cumplir estas profecías: Hazrat Mirza Ghulam Ahmad (1835-1908). Hombre de profunda fe, que llevaba una vida en estrecha comunión con Dios, interpretó el Santo Corán a la luz de los conocimientos modernos, y exhortó a los Creyentes a seguir su religión como en los tiempos del Santo Profeta y sus Compañeros. Predicó en contra de diversas herejías que se habían introducido en el Islam ortodoxo a manos de algunos teólogos y juristas medievales. (Como ejemplo de estos errores podríamos citar la creencia en la abrogación de algunos versículos del Corán, la ascensión física de Jesucristo y la terminación de las revelaciones, además de la doctrina de la "Yihad" agresiva y la muerte como castigo por la apostasía). Advirtió a la humanidad de los peligros del ateísmo, el materialismo y el pecado hacia los que se iba entregando cada vez más. Hazrat Ahmad encontró una fuerte oposición por parte de los "ulama" (doctores de la religión) reaccionarios, pero hoy los musulmanes cultos de todo el mundo, incluso aquellos que no reconocen sus afirmaciones, aceptan que su interpretación del Islam es la correcta.

 El Movimiento Ahmadía, fundado por él, trabaja por el resurgi­miento musulmán, y bajo la dirección de su quintopCalifa, Mirza Masrur Ahmad, sus misioneros predican el mensaje coránico en América, Europa, Asia, África y Oceanía.

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III. ISLAM: ÉL CREDO, LAS OBSERVANCIAS Y LA ÉTICA

 

Las fuentes del Islam son dos:

a)                El SANTO CORÁN, la Palabra de Dios, la primera fuente, y

 b)                La SUNNÁH, o enseñanzas y ejemplo del Santo Profeta Mohammad (s.a.w.), complementaria a la primera.

 El SANTO CORÁN está compuesto por 114 suras o capítulos (de los cuales 86 se revelaron en La Meca y 28 en Medina), y 6.350 versículos. Los capítulos varían en extensión, y están dispuestos no en orden cronológico, sino según la secuencia instituida por el Santo Profeta para su recitación. Único entre los libros sagrados, el. Santo Corán afirma ser la palabra literal de Dios, y proclama que su texto será protegido contra la corrupción. Se conserva hoy, hasta la última sílaba, de la misma forma en la que fue revelado a Mohammad (s.a.w.), ya que no sólo se anotaron las partes constituyentes durante su vida, sino que sus compañeros y discípulos lo memorizaron. Es, en efecto, un milagro constante del Islam el que en cada generación, centenares de creyentes hayan aprendido de memoria el texto íntegro, y tanto ahora como hace trece siglos, puedan recitar el Santo Corán desde el principio hasta 011 final. La primera recopilación en un solo tomo se realizó al año de la muerte de Mohammad, y el Califa Ozman hizo que se efectuaran copias a partir de aquel original; dichas copias fueron enviadas a todos los rincones de su Imperio.

 El Santo Corán está escrito en un árabe puro e incomparable, y nunca se ha reproducido ni su estilo ni su contenido en ninguna forma literaria; existen, por cierto, razones para creer que el árabe es la madre de todas las lenguas, y la fuente del habla humana. Ni siquiera las traducciones más logradas pueden reproducir las cadencias, la belleza y la fuerza del texto original, ni comunicar el pleno sentido de su vocabulario, tan rico y tan preciso. Constituye una señal importante de Dios el hecho de que todas las lenguas sagradas y litúrgicas anteriores a la era musulmana han pasado a ser lenguas muertas. El sánscrito, el pali, el hebreo, el zendo, el siriaco, el arameo, el griego clásico y el latín son terreno exclusivo de sacerdotes y eruditos, mientras que el árabe es el idioma vivo de millones de seres humanos.

 Los apologistas cristianos se han esforzado en vano en explicar que el Santo Profeta (s.a.w.) "inventó" o "compuso" el Santo Corán. El Santo Profeta, para empezar, era analfabeto, y la ciencia que contiene el Libro no estaba al alcance de la Arabia del siglo séptimo -tierra de tinieblas e ignorancia-. No vivía ningún judío en La Meca, donde fueron reveladas las dos terceras partes de las suras, y los pocos cristianos que vivían allí eran personas humildes que no poseían siquiera una versión completa de ningún Evangelio, y mucho menos de otros tomos bíblicos. Los críticos europeos han sugerido que Mohammad (s.a.w.) podría haber aprendido de un monje sirio llamado Sergio, cuando acompañó la caravana de su tío en un viaje a Basra; ¡pero tal sugerencia parece absurda si consideramos que por aquel entonces el Profeta sólo tenía doce años! Otros han alegado que los esclavos cristianos como Jabr, Yasir o Jobaib podían haber servido de "instructores"; sin embargo, éstos fueron los primeros mártires del Islam, que eligieron la tortura y la muerte antes que negar al Santo Profeta. Uno de ellos, mientras le seccionaban la carne de su cuerpo, declaró que no quería ser perdonado si, a cambio, el Mensajero de Dios "tuviera que sufrir siquiera el dolor de una espina". ¿Acaso es ésta la conducta de mentirosos e impostores? La verdad es que a pesar de generaciones de trabajo infatigable e investigación, los enemigos del Islam han sido incapaces de aducir la más mínima evidencia en apoyo de su teoría de que el Santo Corán fue "fabricado", mientras que los argumentos a favor de su origen Divino son numerosos e irrebatibles. El eminente orientalista y crítico Profesor J.A. Arberry se vio obligado recientemente a admitir la existencia de diferencias fundamentales entre el lenguaje utilizado por Mohammad y el estilo del Santo Corán, añadiendo: "Me confieso incapaz de exponer ninguna teoría en cuanto a su origen, a pesar de los psicólogos, e igualmente me contento con no adelantar conjeturas".

La segunda fuente del Islam, la SUNNAH (costumbre) está conte­nida en recopilaciones escritas de miles de "Hadices", cada uno de los cuales recoge un dicho o acto del Santo Profeta. Las recopilaciones mas conocidas son las de Bujari, Muslim, Ibni-Mayah, Abu Daud, Tirmidhi y Al-Nisai, llamados popularmente "Sihah Sitta" (las seis auténticas). Los primeros recopiladores se mostraron meticulosos y exigentes a la hora de comprobar la cadena de testigos, el carácter de cada uno y las circunstancias en las que se produjeron sus relatos. De hecho, las precauciones que adoptaron en contra del fraude se pueden comparar con las indagaciones detalladas del historiador moderno, y eran extraor­dinarias para aquellos tiempos y aquel lugar.

 El Islam es la única religión que cuenta con una "Kalima" o "Shahada", es decir, una frase que constituye una profesión de fe. Simplemente al repetir las palabras: "LA ILAHA IL-LA'L-LAH, MOHAMMADUR RASULU-LAH" (No hay otro dios que Dios y Moham­mad es el Mensajero de Dios) con convicción y comprensión, se hace uno musulmán.

 Los principales artículos de la fe son:

 1. CREENCIA EN DIOS (AL-LAH), Creador y Sustentador del universo. Es Uno, Eterno, Infinito, Omnisciente, Misericordioso, Todopo­deroso y Supremo; es Indivisible en naturaleza y persona, que no tiene so­cios, asociados o hijos. El Santo Corán Le atribuye 103 nombres corres­pondientes a Sus atributos, y El gobierna los asuntos del hombre de acuerdo con las leyes paralelas de "Taqdir" (predeterminación) y "Tadbir" (libertad), cuyas esferas están separadas. El "Shirk" o poli­teísmo constituye el pecado mas grave que el hombre puede cometer, y el dogma de la Unicidad de Dios es la piedra angular del Islam.

 2. CREENCIA EN LOS ÁNGELES DE DIOS, creados para servir a Dios y hacer operar las fuerzas de la naturaleza. Algunos actúan como agentes de la revelación Divina.

 3. CREENCIA EN LA REVELACIÓN, medio por el cual la guía Divina se transmite al hombre. Los sistemas anteriores, tales como la Tora de Moisés y el Evangelio de Jesús, no tenían sentido universal, y han sufrido interpolaciones. El Santo Corán constituye ahora la única Ley que obliga a toda la humanidad, y no será abrogado o modificado hasta el fin del mundo.

 4. CREENCIA EN LOS PROFETAS, que son hombres que reciben la inspiración directa de Dios, a quienes El ha confiado un mensaje Divino. Han sido miles, en todas las épocas, de todas las razas y lenguas, y han de ser reconocidos con igualdad. A Mohammad (s.a.w.) se le llama Sello de los Profetas porque trajo y ratificó la última Ley, pero esto no impide el advenimiento de otros apóstoles, bajo su tutela, como amonestadores o reformadores. Uno de éstos es el Mesías Prometido, mencionado cuatro veces en Sahih Muslim con el nombre de "Nabiyul-lah", el Profeta de Dios.

 5. CREENCIA EN LA VIDA VENIDERA, que abarca el "Barzaj", el Ultimo Día, la Resurrección, el Juicio, el Paraíso y el Infierno. El alma humana no tiene una vida independiente de su cuerpo, sino que inmediatamente después de la muerte entra en otro cuerpo espiritual y, en el estado de suspensión llamado "Barzaj", descubre si ha de merecer el Paraíso o el Infierno en el Día del Juicio. Por esta razón, el Islam enseña que una forma de recompensa o castigo sigue inmediatamente a la muerte.

 El musulmán tiene cinco deberes religiosos principales, a saber:

1. OBSERVANCIA DE LA ORACIÓN (SALAT), el único acto de culto público del Islam. Se celebra cinco veces al día, y las oraciones pueden recitarse en solitario o en congregación bajo la dirección de un `Imam' (dirigente). Tanto las oraciones de mediodía y tarde, como las del crepúsculo y la noche, pueden, en ciertas circunstancias, unirse. Las oraciones se han de hacer mirando hacia La Meca ("qibla"), y han de ser precedidas de la ablución. Cabe destacar el hecho de que las posturas del cuerpo enseñadas al Santo Profeta por el Ángel Gabriel combinan las posturas tradicionales de adoración de todas las naciones de la tierra: de pie, inclinado, postrado, sentado y arrodillado. Una mezquita ("masyid") es un lugar de asamblea utilizado principalmente para la oración, pero no está dotado de ningún carácter sacrosanto. Las oraciones en congregación se anuncian mediante una llamada ("adhan"). Todos los viernes se pronuncia un sermón ("Jutba") antes de la oración de mediodía, y aunque la asistencia es obligatoria para todos cuantos tengan la posibilidad de asistir, el día en sí no es día de descanso obligatorio.

2. PAGO DE LIMOSNA LEGAL (ZAKAT), constituida por una contribución de capital donada a un fondo central para el bienestar de la comunidad. En el caso de dinero, se impone un tributo del 2'5% por año del total de ahorros o capital que se haya quedado inactivo durante un mínimo de doce meses. Otro baremo se aplica a otros activos no fijos. El cumplimiento de este deber no libera, naturalmente, al individuo del deber caritativo particular.

3. OBSERVANCIA DEL AYUNO (SAUM), durante el mes de Ramadán, desde el amanecer hasta la puesta del sol. Se contemplan ciertas dispensaciones para los enfermos, los ancianos, los que están de viaje, etc.. El ayuno conlleva muchas bendiciones espirituales y beneficios físicos.

 4. REALIZACIÓN DEL PEREGRINAJE A LA MECA (HALL), que ha de efectuarse, si es posible, al menos una vez en la vida. Los ritos religiosos en la Kaaba imitan a los efectuados por Abraham hace 4.000 años, y el peregrinaje supone un estímulo considerable para la her­mandad islámica, ya que se reúnen cada año gran número de hombres y mujeres de todas las nacionalidades, razas y clases sociales.

 5. PARTICIPACIÓN EN LA "YIHAD" (literalmente, "esfuerzo"), es decir, el esforzarse por la fe. Esto implica trabajar por la propagación del Islam o, en el caso de un ataque agresivo contra la religión, armarse en defensa concertada por toda la comunidad, bajo las órdenes del dirigente. Él Santo Corán prohibe la coacción en cuestiones de religión, y los rumores según los cuales el Islam se propaga por la espada son una vil calumnia.

 En cuanto a la ÉTICA, el Islam cree que todos los hombres nacen "puros", incorruptos por el pecado. Cada uno de nosotros ha de responder ante Dios de sus acciones, y no nos salvaremos mediante los actos de expiación de terceros. Es nuestra responsabilidad elegir el bien y no el mal, buscando nuestra salvación a través de la fe, la oración y la caridad.

 La piedad y la virtud no implican ni el abandono de los placeres lícitos de este mundo, ni la entrega al ascetismo monástico. Más bien hemos de llevar una vida activa, sana y útil, en la que predominen cualidades como la bondad, la castidad, la honestidad, la humildad, la misericordia, el valor, la veracidad, la paciencia, la cortesía y la pureza, evitando defectos como la crueldad, la inmoralidad, la falsedad, el orgullo, la cobardía, la avaricia, la calumnia y la falta de sensibilidad.

 Él Islam prohíbe el lujo, la ceremonia excesiva y la ostentación. A no ser que se vean obligados por el hambre, a los musulmanes les queda prohibido comer carne de cerdo, carroña y sangre, ya que éstos cons­tituyen una amenaza para el bienestar moral y físico. Tampoco sé les permite consumir alcohol u otros tóxicos, ni apostar en juegos de azar, ni prestarse a la usura. Pero ¿cuántos saben, aún hoy, que la carne de cerdo es causa de enfermedades y triquinosis, y que conduce a la desvergüenza? ¿Ó que el alcohol, además de los peligros físicos que conlleva, también provoca la pérdida de la fe religiosa?

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IV. ISLAM: PRINCIPIOS JURÍDICOS, SOCIALES Y ECONÓMICOS

 

El Islam no se limita a ser una creencia religiosa sin más, sino que abarca todos los campos de la actividad humana; las creencias han de reflejarse en acciones y en instituciones. La Ley musulmana, o "Shariat", se deriva del Santo Corán y del Hadiz, mientras que la resolución de los demás casos no tratados de esta manera se obtiene mediante la analogía, la lógica y el consenso de opiniones. Posee una estabilidad inherente, ya que, al ser de origen Divino, ningún poder terrenal la puede cambiar, y los criterios del bien y del mal permanecen siempre constantes. Es una lástima que esta estabilidad no se encuentre en los demás códigos y sistemas que actualmente existen.

El espacio no nos permite resumir aquí la Ley musulmana, pero sí podemos resaltar algunos rasgos principales. La familia se constituye como unidad fundamental de la sociedad, y se desaprueba el celibato. Se establecen varias normas para el fomento de relaciones felices y armoniosas entre marido, esposa e hijos, y el Islam fue la primera religión que garantizó los derechos de las mujeres casadas, incluido el derecho a la propiedad de bienes; en este sentido, se adelantó en trece siglos a los países cristianos. El divorcio, aunque no favorecido por el Santo Profeta (s.a.w.), se tolera si fracasan todos los intentos de reconciliación; es inevitable señalar que Europa, tras criticar al Islam durante mucho tiempo por permitir el divorcio, ha ido ahora al otro extremo, facilitando el divorcio hasta tal punto que se está socavando la vida familiar. Igualmente se permite una poligamia limitada, porque se considera adecuada en ciertas condiciones de la sociedad, como las que prevalecen entre los pueblos más incultos; incluso entre naciones monógamas surgen casos concretos (la demencia, la enfermedad incurable, la esterilidad de la mujer, o un exceso de población femenina debido a la guerra), en los que prohibir la poligamia constituye un acto de crueldad y un estímulo al vicio.

 Las leyes musulmanas sobre la herencia establecen que los dos tercios de la fortuna del difunto han de pasar a sus parientes de acuerdo con un baremo fijo, mientras que el tercio restante puede ser legado libremente por testamento. De este modo, se protege a los parientes más próximos, a la vez que se asegura una amplia distribución de la riqueza.

Aunque la propiedad absoluta es de Dios sólo, el hombre tiene el derecho fundamental de adquirir bienes particulares, pero en ciertos casos este derecho puede verse restringido a favor del beneficiocolectivo de la comunidad. El comercio y la industria son los métodos normales de generar riqueza, y el dinero es de curso legal; pero son condenados tanto la usura como su consecuencia natural -el actual sistema capitalista-. La acumulación de grandes fortunas es igualmente censurable, y el dinero ha de invertirse en el comercio o en otros proyectos.

El Islam condena toda distinción basada en nacionalidad, color o clase social. No puede haber ninguna raza superior, ni aristocracia ni sacerdocio, siendo el más piadoso el más noble a ojos de Dios. La fraternidad del hombre en el Islam siempre ha constituido un hecho vivo, y no una teoría inútil.

En los tiempos del Santo Profeta, y bajo los primeros Califas, se pensaba mucho en el problema de cómo conseguir la justicia econó­mica. Aunque la igualdad absoluta es una quimera, los materiales de los que depende el progreso humano son patrimonio común de la huma­nidad, y los frutos del trabajo se han de distribuir de acuerdo con esta realidad. El Islam prohibe la confiscación o expropiación de los bienes de los ricos, y la rescisión de títulos antiguos, pues no se puede fundar una sociedad equitativa en la injusticia y el resentimiento. Más bien, se presentan cuatro formas de acortar, paulatinamente, la distancia que separa a los pobres de los ricos.

 En primer lugar, tenemos la prohibición moral contra la acumulación de la riqueza. En segundo lugar, las leyes sobre la herencia estipulan que los dos tercios de la fortuna de un hombre se han de distribuir de acuerdo con un baremo fijo, de forma que la distribución sea más extensa con cada generación. En tercer lugar, tenemos la institución del "Zakat", al que ya nos hemos referido, según la cual un porcentaje fijo de los ingresos individuales se ha de distribuir para aliviar la miseria. En cuarto lugar está la prohibición legal de los intereses sobre préstamos. Muchos de los males que actualmente nos acucian tienen su origen en prácticas financieras basadas en los préstamos de dinero. El funesto sistema de créditos permite a los capitalistas -bien sean individuos, sociedades financieras o corporaciones- multiplicar su riqueza "ad infinitum" sin esfuerzo productivo, y sangrar así la vida de la comunidad. El Santo Corán señala, igualmente, que los intereses sobre los préstamos pueden dar lugar a guerras, y efectivamente, los pertrechos de la guerra moderna son los enormes préstamos logrados por gobiernos beligerantes, que legan a generaciones posteriores unas deudas nacionales devastadoras. Un análisis más detenido revela que la relación entre el comercio y la usura es una relación artificial; el comercio y la industria podrían sobrevivir perfectamente sin ella.

Quienes sostienen que la usura está tan arraigada en nuestra sociedad que ya no se puede erradicar, se equivocan, como se equivocaron ante cuantos afirmaban que la erradicación de la esclavitud supondría i colapso de la estructura económica de la sociedad. En realidad, 1 eliminación de la usura fomentaría la inversión y la formación d sociedades, crearía oportunidades para muchas personas que ahora n las tienen, y contribuiría al bienestar de todas las clases sociales.

 A la cabeza del Estado musulmán, debe haber un soberano llamado "Califa" (Sucesor). Es elegido para un mandato vitalicio, y ejerce si poder en representación del pueblo. El Islam no cree en la monarquía her