I.
INTRODUCCIÓN
Son
cuatro los objetivos de la religión:
a)
Permitir que el hombre conozca a Dios Todopoderoso, su
Creador;
b)
Proporcionar a cada hombre un código de conducta y moralidad;
c)
Dar a las comunidades las normas para su orientación social,económica
y política; y
e)
Enseñar al hombre acerca de la vida después de la muerte.
Los
orígenes del hombre se pierden en el amanecer de la historia, y
sabemos que nuestros antecesores más remotos de la Edad Paleolítica
se
elevaron muy poco por encima del nivel de los animales. El verdadero
comienzo de la historia de la humanidad se remonta al momento, hace
unos
seis mil años, en el que Dios se reveló por primera vez a Adán,
nombrándole a él y a sus descendientes como Sus virreyes en la tierra.
Por
lo tanto, el primer paso del progreso humano fue el conocimiento de
Dios, y la creencia religiosa constituyó el comienzo de la civilización.
Las
comunidades primitivas vivían dispersas y aisladas, y sus
necesidades eran puramente locales. He aquí la razón por la cual Dios
inspiró inicialmente a profetas nacionales y no universales para amonestar
a los
hombres cuando se entregaron a la
idolatría y al pecado. El Santo Corán nos dice que a
cada tribu o nación le fueron enviados mensajeros Divinos que, a pesar
de la oposición y la persecución, recordaron a los hombres su deber para con
Dios, y la vida venidera,
exhortándoles a practicar el bien y rechazar el mal. Algunos de estos
apóstoles trajeron también códigos de
leyes apropiados a su sociedad en
concreto.
Encontramos el relato de uno de estos pueblos en el Antiguo
Testamento. Dios bendijo a los Hijos de Israel con
la Ley de Moisés, y
les ordenó servir de ejemplo para las
naciones vecinas. Sus transgresiones les llevaron a la ruina moral y
política, pero antes de renegar de ellos, Dios elevó de entre su pueblo a un
gran reformador espiritual o
Mesías en la persona de Jesucristo. Aún no había llegado el momento de
establecer una religión mundial,
y por esta razón en los Evangelios
(ver Mateo 5:17, 18
-
10:5, 6 y 15:24), Jesús afirma
claramente que no vino a abolir
la Ley de Moisés, sino que fue enviado tan sólo a las ovejas
perdidas de la casa de Israel. Cuando
los judíos le negaron, les advirtió
que el favor de Dios pasaría a otra
nación, y repitió las palabras proféticas acerca de la península arábiga,
una zona olvidada por los
conquistadores, que no había desempeñado papel alguno en la historia:
"La piedra que los constructores
desecharon, en piedra angular se ha
convertido... Por eso os digo: Se os
quitará el Reino de Dios para
dárselo a un pueblo que rinda sus frutos" (Mateo, 21:42-43). ¡En efecto, la
Arabia estaba destinada a convertirse en piedra angular de un imperio
que se extendería desde España hasta las
fronteras de la China!
La
Biblia contiene más de cuarenta referencias al advenimiento del
Islam
y del Santo Profeta Muhammad
(s.a.w.)*.
A
pesar de que algunas
de
las profecías hayan sido oscurecidas debido a textos defectuosos o a
traducciones poco objetivas de los originales hebreo y griego, su
testimonio sigue siendo conmovedor. Las limitaciones de espacio no
nos
permiten citar todas estas profecías, pero es preciso mencionar
algunas, en vista de su gran importancia.
En
la primera, Dios dice a Moisés: "Yo les suscitaré, de en medio de
sus
hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su
boca, y él
les
dirá
todo lo que yo le mande" (Deuteronomio, 18:18).
Aquí
vemos que
se
promete un profeta suscitado de entre los hermanos
de
los israelitas; se trata, por supuesto, de los ismaelitas, o árabes, que
junto
con los judíos son los hijos de Abraham y objeto de la profecía del
Génesis: "Y haré de ti un gran pueblo". Aquel profeta será semejante a
Moisés, es decir, un gran jefe espiritual y temporal, y un Legislador. En su
boca se pondrá la Palabra de Dios, y esto se aplica al Santo Corán, el único
libro religioso que afirma ser no meramente "inspirado" sino la Palabra
literal de Dios. Esta poderosa profecía se refiere a Mohammad
(s.a.w.)
y no
se puede aplicar a ningún otro, en ninguna época ni en
ningún lugar.
En
la segunda profecía podemos leer: "Ha venido Yahveh del Sinaí.
Para
ellos desde Seír se ha levantado, ha iluminado desde el monte
Parán.
Con él los diez mil santos, Ley de Fuego en su diestra para
ellos.
(Deut.
33:2). Aquí se relaciona a Moisés con el Sinaí, a Jesucristo con Seír, en
Palestina, y a Mohammad con Parán, el desierto montañoso
situado entre La Meca y Medina. Además se sabe muy bien que el Santo
Profeta entró en La Meca con diez mil seguidores, como legislador
triunfante. ¿Acaso puede ser más clara una profecía?
La
tercera se halla en las palabras de Jesucristo, recogidas en el
Evangelio según San Juan (16:7, 8, 13): "Pero yo os digo la verdad: Os
conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el
Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré; y cuando él venga, convencerá
al
mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia, en lo
referente al juicio... Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará
hasta
la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que
hablará lo que oiga,. y os anunciará lo que ha de venir". Es evidente que
con
esto Jesucristo no alude a ninguna visitación de Pentecostés, sino al
advenimiento al mundo de un profeta portador de la Ley, que hablará en
verdad de lo que Dios le mande hablar. La palabra "Paráclito" de la
versión española aparece en el texto griego como "Paraclete". Ahora bien, "Paraclete"
es una palabra desconocida en el griego clásico;
investigaciones posteriores han demostrado que se trata de una
corrupción de "Periclytos", que significa "El Ilustre", "El Digno de
Alabanza". ¡La traducción literal de "Periclytos" en árabe es
MOHAMMAD! De ahí que Jesucristo predijera al Santo Profeta,
utilizando el nombre que recibió al nacer cinco siglos más tarde; y cabe
destacar que Mohammad fue el primer árabe que llevó este nombre.
Ha de
tenerse en cuenta que los judíos esperaban a un profeta
después del Mesías, como demuestra el Evangelio de San Juan al hablar
de
Juan el Bautista (1:20, 21):
"...y
confesó: `Yo no soy el Cristo'. Y le
preguntaron: `¿Qué pues? ¿Eres tú Elías?' El dijo: `No lo soy'. `¿Eres
tú el
profeta?' Respondió: `No'."
Se
trata de la misma persona descrita
en el
Antiguo Testamento como: "El Santo del Monte Parán" (Habacuc, 3:3),
"Mi
Siervo" (Isaías, 42:1), "Mi Amado" (Cantar de los Cantares, 5:10) y "Mi
Mensajero" (Malaquías,
3:1).
La
Biblia incluso hace
referencia a dos episodios importantes de la vida del Santo Profeta. Uno
es
la batalla de Badr, cuando el poder de los árabes paganos, o Kedar,
fue
destruido un año después de la huida de La Meca (Isaías, 21:15, 16),
y el
otro es el "Isra", el viaje espiritual del Profeta, por la noche, al
Templo de Jerusalén (Malaquías, 3:11).
Se
hacen varias referencias a La Meca, sobre todo en el Salmo 84:6,
de
David, donde en el texto hebreo figuran las palabras "valle de Bacah"
o
Bakkah, nombre utilizado
en el
Santo
Corán para designar este valle
(3:96).
¡Los
recopiladores de la Versión Revisada de la Biblia estimaron más prudente
ocultar esto con la traducción "Valle de Lamentaciones"!
El
peregrinaje viene descrito en Isaías (60:6, 7). Por último,
en
al
menos
un
caso (Jeremías, 28:9) la palabra hebrea "Shalom" debería haberse
traducido utilizando el equivalente árabe específico "Islam", y no "paz",
que
corresponde al término más general de "salaam".
El
advenimiento de este Profeta, que había
de
ser
maestro y
legislador para todas- las naciones de la tierra, también está anunciado
en
las Escrituras persas, hindúes y budistas, y
en
algunos casos
se
ofrecen no sólo descripciones exactas de acontecimientos, sano hasta su nombre MOHAMMAD.
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II.
EL SANTO PROFETA MOHAMMAD
El
Santo Profeta Mohammad
(s.a.w.) nació en La Meca, en
la provincia de Hajez, en Arabia, el 29
de agosto del año 570 de la Era
Cristiana. Pertenecía al clan de Heshem, de la tribu de los Qureshíes,
que afirman ser descendientes
directos de Ismael.
Huérfano
desde su nacimiento, fue cuidado primero por su abuelo
Abdul-Muttalab y más tarde por su tío Abu-Talab. Empezó la vida como
pastor, después se hizo comerciante y finalmente próspero mercader.
Á la
edad de 25 años se casó con Jadiyya, una viuda mucho mayor que
él y el matrimonio gozó de
la bendición de la felicidad completa. Por su
honestidad e integridad, sus
conciudadanos le llamaban "Al-Aman", es
decir, "el fiel".
Los
árabes de aquellos tiempos eran rudos, paganos, y sus características
más positivas, tales como su amor a la libertad, la poesía y la
hospitalidad, se veían desfiguradas por su adicción al vicio, la embriaguez,
el infanticidio, los juegos de azar y la violencia. En La Meca se
encontraba el famoso Templo de la Kaba, construido por Abraham hacía
casa 3.000 años en honor al Único Dios Verdadero, que era por aquel
entonces sede de la idolatría, como demostraban las 360 estatuas de
dioses paganos ubicadas en el recinto. La Arabia vivía un estado de
anarquía política, y se encontraba aislada del mundo exterior, con la
única
excepción de algunas caravanas.
Hacia
los cuarenta años, Mohammad (s.a.w.)
comenzó a practicar la meditación
en solitario, y una noche de diciembre del año 610 de la Era
Cristiana -la famosa noche de Al-Qadr en
el mes árabe de Ramadán recibió
su primera revelación.
Encontrándose él en
una cueva del monte
Hará, cerca
de
La Meca, se le
apareció el Ángel Gabriel en una visión, y
le
recitó los cinco primeros versículos del Capítulo 96 del Santo Corán.
Durante los seis meses siguientes, el Santo Profeta sufrió tormentos y
tribulaciones internas, pero al cabo de seis
meses se le
apareció por
segunda vez el Ángel; el Profeta,
temeroso, se cubrió el rostro con su capa, mientras el Ángel recitaba el
comienzo del Capítulo 74 del Santo
Corán:
"En
el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso.
¡Oh
tú que te arropas!
Levántate y advierte
Y
glorifica a tu Señor
...”
La
revelación divina continuó casi ininterrumpidamente durante
veintiún años.
Los
primeros en creer en su misión fueron Jadiyya, su esposa; Zeid,
su
liberto; Al¡, su joven primo, y Ábu-Bakr, un amigo. Al principio,
predicaba a su familia y a sus amigos íntimos, exhortándolos a rechazar
el
politeísmo y el mal, a adorar sólo a Dios y a tener fe en la vida
venidera. Sus palabras eran recibidas con burlas y escepticismo, y la
gente le aconsejaba que renunciara a tales locuras y atendiera su
negocio.
Poco
a poco, sin embargo, las burlas y la compasión se iban
convirtiendo en oposición e ira, y tras un discurso público pronunciado
por
él en 614 A.C.,
la
persecución comenzó en serio. Los primeros
conversos, surgidos en su mayor parte de entre los pobres y los
esclavos, fueron amenazados, atacados y
en
algunos casos asesinados.
Bilal, el primer converso africano al Islam, fue sometido a las torturas más
crueles en un esfuerzo inútil por obligarle a renunciar a Dios y a Su
Apóstol. El Santo Profeta fue insultado y ridiculizado. Cuando
predicaba, sus palabras se perdían entre las burlas de la muchedumbre, y en
la calle el pueblo le arrojaba basuras y sus enemigos le escupían en
la
cara. Y sin embargo, aunque parecía tratarse de una empresa desesperada,
el
Profeta confiaba en Dios y rehusaba renunciar a su misión.
En el año 615 A.C. la
persecución obligó a un grupo de unos cien
musulmanes a abandonar su pueblo natal
de La Meca para buscar refugio en Abisinia, donde fueron bien
acogidos por el Rey. En 616, un
dirigente quraishí, llamado Omar, que hasta aquel momento había sido
oponente encarnizado del Santo Profeta,
se convirtió al Islam, incurriendo
así en la ira de los jefes mequíes. Estos prohibieron las relaciones
sociales y comerciales con los musulmanes, y no se les
permitió ni siquiera comprar comida ni
bebida.
Durante tres largos
años, el
Santo Profeta y sus discípulos vivieron en la pobreza, hambrientos y
afligidos, y su constancia ante la aparente imposibilidad de realizar sus
esperanzas encuentra pocos paralelos en la historia de la humanidad.
Terminó por fracasar la prohibición, pero Jadiyya murió poco después
como
resultado de las tribulaciones sufridas. Aunque Mohammad
(s.a.w.)
se
volvió a casar varias veces, llevó consigo su amado recuerdo
hasta
el final de sus días.
En 620 .C. el Santo Profeta
viajó a Taif, pero allí fue rechazado
igualmente, y se libró 'en el último momento de morir apedreado por
los habitantes. Fue durante aquel
período cuando tuvo su visión más
famosa, en la que su espíritu fue
llevado a Jerusalén (el "Isra") y
conversó con Abraham, Moisés, David,
Salomón, Juan el Bautista y
Jesucristo. En otra ocasión (el "Mir'all") se le enseñó el Trono de Dios,
el paraíso y el infierno, y el
universo sideral entero, que le aparecía del
tamaño de un grano de mostaza.
Entonces ya se avecinaban
acontecimientos decisivos. En Yazrib
.más tarde llamada Medina- una ciudad situada a unos 360 kilómetros al
norte de La Meca, varios
habitantes habían aceptado el Islam, y doce delegados
suyos se reunieron con el Santo Profeta en 621 E. C. al lado del monte
Aqaba, donde recibieron instrucción en la fe. A principios del año
siguiente, setenta y dos delegados
volvieron al mismo lugar y juraron
lealtad; esto se conoce como el Gran
Juramento de Aqaba. Poco tiempo
después, el Santo Profeta recomendó a sus discípulos que emigraran en
secreto a Medina.
Los
quraishíes se sintieron perturbados por esta huida de familias
musulmanas y, a instancias de Abu Yahl, los jefes de los distintos clanes
decidieron asesinar al Santo Profeta. La Providencia dispuso que la
fecha
acordada para el asesinato -la noche del 15 al 16 de julio de 622- fuera la
misma fecha elegida por Mohammad
(s.a.w.)
para
su
huida. Alertado del peligro, salió desapercibido de su casa. Los
conspiradores no tardaron en darse cuenta de la fuga, y enviaron a un
grupo de rastreadores en su búsqueda; en cierto momento, los
rastreadores llegaron a
la
boca
misma de la cueva en la que estaban
escondidos el Santo Profeta y su compañero Abu Bakr, pero milagrosamente
los fugitivos pasaron inadvertidos y lograron escaparse. Esta
emigración de inmensa importancia, la Hégira, marca el comienzo de la
historia del Islam, y a la vez el inicio de la Era Musulmana.
Al
llegar a Medina tras un peligroso viaje por el desierto, el Santo
Profeta emprendió la organización de la
nueva Comunidad (formada por los
"Muhayirin", refugiados de La Meca, y los "Ansar", ayudantes
locales, además de judíos y paganos)
basada en la equidad social y
económica.
El predominio de la
paz, la ley, la justicia, la buena voluntad
y la
fraternidad no tardó en reunir a todos los creyentes en un cuerpo
entusiasta y devoto, dispuesto a sacrificarse en la tarea de sembrar la
simiente del Reino de Dios.
Los
jefes mequíes, sin embargo, habían resuelto acabar con esta
amenaza al antiguo orden, y empezaron a
prepararse abiertamente para la guerra.
A principios del 624
.C.,
con el pretexto de proteger una
caravana procedente de Siria, enviaron a
un ejército de mil hombres bien
formados y equipados, incluidos 200 soldados de caballería, con la
intención de tomar la ciudad de Medina.
Los musulmanes, que habían
recibido por vez primera permiso para armarse en defensa de su
religión, pudieron reunir una
infantería de tan sólo 313 soldados mal armados. Los dos ejércitos se
enfrentaron en Badr, el 16 de Ramadán,
en el año 2 después de la Hégira. A
pesar de su gran valentía, y sobre
todo el valor de Ali, los musulmanes
hubieran sido derrotados si no se
hubiera levantado una gran tormenta de
arena contra los infieles,
sembrando la confusión entre sus soldados. Sufrieron una derrota
completa, y huyeron del campo de
batalla, dejando atrás a muchos
muertos, entre los que se encontraba su jefe Abu Yahl.
El poder de la
Arabia Pagana quedó así destruido, y Badr ha de considerarse como
una
de las batallas más decisivas de la historia.
Los
quraishíes intentaron en dos ocasiones posteriores tomar la
ciudad de Medina. En 625, derrotaron a los musulmanes en Ohod,
porque éstos se mostraron imprudentes y demasiado confiados, en
contra de las órdenes del Santo Profeta. Pero los quraishíes no
supieron aprovecharse de su victoria. En 627, una coalición considerable
de más de 20.000 quraishíes, judíos y beduinos sitió la ciudad,
pero, a pesar de varias traiciones, sus asaltos fueron rechazados, y su
derrota se vio precipitada por el tiempo adverso y los conflictos
internos. Esta batalla se conoce como la Batalla de la Fosa, o de los
Confederados. El mismo año, los musulmanes firmaron el Tratado de
Hodaibiya con los mequíes, y el Santo Profeta pudo realizar en paz el
peregrinaje a la Kaba, la Casa de Abraham.
Poco
después de su regreso a Medina, el Mensajero de Dios envió
cartas a los gobernadores del mundo civilizado, invitándoles a que
aceptaran el Islam. Algunos, como el emperador romano Heraclio, el
Virrey de Egipto y el Rey de Abisinia, acogieron la carta con respeto,
pero
el emperador persa, Cosroes, rompió la carta encolerizado, y
ordenó al gobernador del Yemen que mandara una expedición al Hijaz
para
detener a, Mohammad
(s.a.w.).
Antes de poderse cumplir esta
orden, sin embargo, Cosroes fue asesinado, y su país fue presa de la
guerra civil hasta la conquista árabe.
Al
Islam se iba uniendo una tribu tras otra. En 628, los musulmanes
ocuparon la ciudad fortificada de Jaibar, desde donde grupos de judíos y
paganos habían conspirado contra el Santo Profeta, incitando a los
romanos y los persas a invadir Arabia. A finales del año siguiente, los
quraishíes violaron las condiciones del tratado, y Mohammad, aprovechando
la oportunidad de conseguir la victoria final, marchó sobre
La
Meca encontrando poca resistencia.
El
20 de Ramadán del año 8 después de la Hégira (630
.C.),
el
Apóstol de Dios, ataviado de peregrino, entró en la Ciudad Santa con
diez
mil discípulos. Al llegar a la Kaba, repitió las palabras del Santo
Corán: "¡Ha llegado la verdad, y ha desaparecido la falsedad!", y con su
bastón comenzó a romper los 360 ídolos que contaminaban el recinto.
Los
habitantes juraron lealtad al Profeta, y aceptaron en masa el Islam.
No
tomó represalias por las atrocidades cometidas por los quraishíes, y
perdonó incluso a sus enemigos más acérrimos.
Aunque no habían terminado aún todas las hostilidades,
el
Santo
Profeta había completado su misión, y el último designio de Dios para la
humanidad ya se había instalado firmemente en la tierra. El Profeta se
encontraba agotado por sus labores, y por el esfuerzo de las revelaciones
Divinas, y su salud ya empezaba a deteriorarse. En el año 9
después de la Hégira, en marzo de 631
.C.,
viajó de Medina a
La
Meca para realizar el peregrinaje de despedida. En el monte Arafat,
habló
ante 100.000 peregrinos, pronunciando un famoso sermón, que se
ha
conservado en su totalidad. Apenas terminó de hablar cuando Dios
le
envió el último versículo que se revelaría del Santo Corán:
"Este
día os he completado vuestra religión, y he terminado de
concederos Mí favor; y os he escogido el Islam por religión"
(5:4)
El
Santo Profeta falleció serenamente en Medina, en su habitación
contigua a la mezquita, el día 13 de Rabí del año 10 después de la Hégira
(8 de
junio de 632), a la edad de 63 años. Sus últimas palabras fueron: "Con mí
Amigo el Altísimo... Con mí Amigo el Altísimo".
Mohammad
(s.a.w.)
es el
único fundador religioso cuya vida se conoce con una gran riqueza de
detalles, y cuya biografía completa
llenaría muchos tomos. Tanto sus actos
como sus palabras son hechos
históricos indiscutibles, y no mitos y leyendas piadosas. No era
solamente, como admite la Enciclopedia
Británica, "El que más éxito
tuvo de todos los Profetas", sino que se aprecia en su personalidad una
variedad asombrosa de condiciones
humanas.
Como individuo, es a
la vez
marido, padre, amigo y hombre de negocios; como personaje
público es jefe,
legislador, juez, estadista y general; como Mensajero de
Dios es portador de
la Ley, predicador, teólogo, santo y místico.
Tal
combinación es única en la historia, y bien merece el epíteto: "Sello de
los Profetas".
Uno
de los rasgos más destacados de su carácter era su sinceridad.
No olvidó, ni por un solo
día ni por una sola hora, su condición de
Apóstol de Dios. Fue el verdadero
vehículo del Espíritu Santo, y nunca
abusó de la revelación divina, ni se
impuso sobre ella. Siempre rezaba
por la bendición, la ayuda y la guía de
Dios, y tenía una fe inquebrantable
en la eficacia de la oración y en el cumplimiento de las promesas de Dios.
En los momentos más críticos de la persecución de La Meca,
los jefes quraishíes le ofrecieron el
trono, honores y riquezas incalculables,
si sólo dejaba de denunciar a sus dioses ancestrales; su única
respuesta fue recitar versículos del
Santo Corán. Durante una campaña,
un enemigo le sorprendió separado de su
ejército, descansando, y le puso
la espada en el cuello, diciendo: "Oh Mohammad, ¿Quién te podrá
salvar de mí ahora?" El Profeta
respondió con serenidad: "Dios". El
guerrero se mostró tan impresionado que
dejó caer la espada (que le fue
restituida, junto con su libertad).
Aunque
la Mano de Dios le salvó una y otra vez cuando todo parecía
estar perdido, y aunque los acontecimientos se producían de acuerdo
con
sus oraciones, el Profeta nunca proclamó como milagro ningún
suceso que contradijera
las
leyes perfectas y divinas de la naturaleza.
Cuando murió su hijo Ibrahim a corta edad, se produjo un eclipse del
sol.
Tanto los musulmanes como los infieles se maravillaron ante lo que
ellos consideraban como señal del luto celestial, pero el Santo Profeta
les
reprochó su superstición, diciendo que el sol y la luna no se eclipsan
por
la muerte de un ser humano. Cabe destacar que sus discípulos más
leales eran aquellos que tenían una relación más estrecha con él: ellos
presenciaban cada acto y palabra suyos, y eran
los
más
dispuestos a
sufrir privaciones, tribulaciones y muerte por la causa del Islam
primitivo.
Por
razones de espacio, no podemos adentrarnos ahora en una
elaboración de sus nobles
virtudes. Era caritativo, compasivo y estaba
siempre preocupado por el bienestar de los
demás, paciente ante la
debilidad de otros y siempre dispuesto a
perdonarles sus fallos. Era un
hombre de gustos y modales sencillos, vivió con gran frugalidad y
desaprobada la indigencia y el lujo. Era
humilde y puro de pensamiento,
limpio de cuerpo y apariencia, sencillo y honesto en sus relaciones con los
demás. Era sincero, leal a sus amigos y generoso
hacia todos. Y, sin embargo, evitaba los
extremos hasta en estas
cualidades. No era ni débil sentimental ni asceta. Detestaba el fanatismo,
la beatería y el formalismo. Su vida no fue ninguna teoría
idealizada, sino un ejemplo práctico para todos los pueblos en todas las
épocas.
Tras
la muerte del Santo Profeta, el liderazgo de los musulmanes pasó a los
Califas (sucesores), siendo los cuatro primeros Abu Bakr,
Omar, Ozman y Ali. El Islam se extendió rápidamente por Asia
Occidental y Central, África del Norte y ciertas partes de Europa
meridional. En países como Palestina, Siria y Egipto, millones de
cristianos se convirtieron a la Fe, aunque
se
les
había
concedido libertad
total para practicar y conservar su antigua religión. La civilización
floreció, y durante muchas generaciones se produjeron grandes avances
en la
sabiduría y la ciencia; la literatura, el arte y la cultura en todas sus
formas alcanzaron nuevas cumbres. Incluso los historiadores europeos
admiten, contra su voluntad, que el desarrollo de los países occidentales
se debió en gran parte a su contacto con los musulmanes en la
época de las Cruzadas.
Después comenzó el ocaso, provocado por la disensión política, los
conflictos sectarios, la asimilación imperfecta de los verdaderos principios
islámicos y la apatía oriental. Según las profecías, los tres primeros
siglos habían de ser los mejores, y al cabo de este tiempo el
Islam subiría al cielo durante mil años. Y así sucedió; a mediados del siglo
XIX el poder de las naciones musulmanas estaba destruido y sus instituciones
habían caído en la decadencia; la auténtica erudición
religiosa había desaparecido; la fe disminuía y el pueblo, bajo el dominio
de mul-lahs y jeques ignorantes y fanáticos, era presa de la intolerancia y
la
superstición. La Cruz parecía haber triunfado en todas partes, y
algunos autores europeos ya proclamaban el próximo fin del Islam.
El
Santo Profeta (s.a.w.)
había profetizado el advenimiento de un
Resurgidor (Muyaddid) al comienzo de cada siglo, e igualmente predijo
que un Mesías o Mahdi* salvaría el Islam
en los últimos tiempos. Al comienzo del siglo XIV después de la Hégira,
surgió en Qadian, en la India,
un hombre que había de cumplir estas profecías: Hazrat Mirza
Ghulam Ahmad (1835-1908). Hombre de
profunda fe, que llevaba una vida
en estrecha comunión con Dios, interpretó el Santo Corán a la luz
de los conocimientos modernos, y
exhortó a los Creyentes a seguir su
religión como en los tiempos del Santo
Profeta y sus Compañeros.
Predicó en contra de diversas herejías que se habían introducido en el
Islam ortodoxo a manos de algunos
teólogos y juristas medievales.
(Como ejemplo de estos errores podríamos citar la creencia en la
abrogación de algunos versículos del
Corán, la ascensión física de
Jesucristo y la terminación de las revelaciones, además de la doctrina de
la "Yihad" agresiva y la muerte
como castigo por la apostasía). Advirtió a
la humanidad de los peligros del
ateísmo, el materialismo y el pecado
hacia los que se iba entregando cada
vez más. Hazrat Ahmad encontró
una fuerte oposición por parte de los "ulama" (doctores de la religión)
reaccionarios, pero hoy los
musulmanes cultos de todo el mundo,
incluso aquellos que no reconocen sus
afirmaciones, aceptan que su interpretación del Islam es la correcta.
El
Movimiento Ahmadía, fundado por él, trabaja por el resurgimiento musulmán,
y bajo la dirección de su quintopCalifa, Mirza Masrur
Ahmad, sus misioneros predican el mensaje coránico en América,
Europa, Asia, África y Oceanía.
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III.
ISLAM: ÉL CREDO, LAS OBSERVANCIAS Y LA ÉTICA
Las
fuentes del Islam son dos:
a)
El SANTO CORÁN, la
Palabra de Dios, la primera fuente, y
b)
La
SUNNÁH, o enseñanzas y ejemplo del Santo Profeta
Mohammad
(s.a.w.),
complementaria a la primera.
El
SANTO CORÁN está compuesto por 114 suras o capítulos
(de
los cuales 86 se revelaron en La Meca y 28 en Medina), y 6.350
versículos. Los capítulos varían en extensión, y están dispuestos no en
orden cronológico, sino según la secuencia instituida por el Santo
Profeta para su recitación. Único entre los libros sagrados, el. Santo
Corán
afirma ser la palabra literal de Dios, y proclama que su texto será
protegido contra la corrupción. Se conserva hoy, hasta la última sílaba, de
la misma forma en la que fue revelado a Mohammad
(s.a.w.),
ya
que
no
sólo se anotaron las partes constituyentes durante su vida, sino que
sus
compañeros y discípulos lo memorizaron. Es, en efecto, un milagro
constante del Islam el que en cada generación, centenares de creyentes
hayan aprendido de memoria el texto íntegro, y tanto ahora como hace
trece siglos, puedan recitar
el Santo Corán desde el principio hasta 011
final. La primera recopilación en un
solo tomo se realizó al año de
la muerte de Mohammad, y el
Califa Ozman hizo que se efectuaran
copias
a partir de aquel original; dichas
copias fueron enviadas a todos
los rincones de su Imperio.
El
Santo Corán está escrito en un árabe puro e incomparable, y
nunca se ha reproducido ni su estilo ni su
contenido en ninguna forma literaria;
existen, por cierto, razones para creer que el árabe es la madre
de todas las lenguas, y la fuente del
habla humana.
Ni
siquiera las
traducciones más logradas pueden reproducir las cadencias, la belleza y la
fuerza del texto original, ni comunicar
el pleno sentido de su
vocabulario, tan rico y tan preciso.
Constituye una señal importante de
Dios el hecho de que todas las lenguas
sagradas y litúrgicas anteriores a
la era musulmana han pasado a ser
lenguas muertas. El sánscrito, el pali,
el hebreo, el zendo, el siriaco, el
arameo, el griego clásico y el latín son
terreno exclusivo de sacerdotes y
eruditos, mientras que el árabe es el
idioma vivo de millones de seres
humanos.
Los
apologistas cristianos se han esforzado en vano en explicar que el Santo
Profeta (s.a.w.) "inventó" o
"compuso" el Santo Corán. El Santo
Profeta, para empezar, era analfabeto, y la ciencia que contiene el
Libro no estaba al alcance de la Arabia
del siglo séptimo -tierra de
tinieblas e ignorancia-. No vivía ningún judío en La Meca, donde fueron
reveladas las dos terceras partes de las suras, y los pocos
cristianos que vivían allí eran
personas humildes que no poseían siquiera una versión
completa de ningún Evangelio, y mucho
menos de otros tomos bíblicos. Los críticos europeos han sugerido que
Mohammad (s.a.w.)
podría
haber aprendido de un monje sirio
llamado Sergio, cuando acompañó la caravana de su tío en un viaje a Basra;
¡pero tal sugerencia parece
absurda si consideramos que por aquel entonces el Profeta sólo tenía
doce años! Otros han alegado que los esclavos cristianos como Jabr,
Yasir o Jobaib podían haber servido de
"instructores"; sin embargo,
éstos fueron los primeros mártires del Islam, que eligieron la tortura y la
muerte antes que negar al Santo
Profeta. Uno de ellos, mientras
le seccionaban la carne de su cuerpo, declaró que
no quería ser
perdonado si, a cambio, el Mensajero de
Dios "tuviera que sufrir
siquiera el dolor de una espina".
¿Acaso es ésta la conducta de
mentirosos e impostores? La verdad es que a pesar de generaciones de
trabajo infatigable e investigación,
los enemigos del Islam han sido
incapaces de aducir la más
mínima evidencia en apoyo de su teoría de
que el Santo Corán fue "fabricado",
mientras que los argumentos a
favor de su origen Divino son
numerosos e irrebatibles. El
eminente orientalista y crítico
Profesor J.A. Arberry se vio obligado recientemente
a admitir la existencia de diferencias
fundamentales entre el lenguaje
utilizado por Mohammad y el estilo del
Santo Corán, añadiendo: "Me
confieso incapaz de exponer ninguna teoría en cuanto a su origen, a pesar de
los psicólogos, e igualmente me contento con no adelantar
conjeturas".
La
segunda fuente del Islam, la SUNNAH (costumbre) está contenida
en recopilaciones escritas de miles de "Hadices", cada uno de los
cuales recoge un dicho o acto del Santo Profeta. Las recopilaciones mas
conocidas son las de Bujari, Muslim, Ibni-Mayah, Abu Daud, Tirmidhi y
Al-Nisai,
llamados popularmente "Sihah Sitta" (las seis auténticas).
Los
primeros recopiladores se mostraron meticulosos y exigentes a la
hora
de comprobar la cadena de testigos, el carácter de cada uno y las
circunstancias en las que se produjeron sus relatos. De hecho, las
precauciones que adoptaron en contra del fraude se pueden comparar
con
las indagaciones detalladas del historiador moderno, y eran extraordinarias
para aquellos tiempos y aquel lugar.
El
Islam es la única religión que cuenta con una "Kalima" o
"Shahada",
es decir, una frase que constituye una profesión de fe.
Simplemente al repetir las palabras: "LA ILAHA IL-LA'L-LAH,
MOHAMMADUR RASULU-LAH" (No hay otro dios que Dios y Mohammad
es el Mensajero de Dios) con convicción y comprensión, se hace
uno
musulmán.
Los
principales artículos de la fe son:
1.
CREENCIA EN DIOS (AL-LAH), Creador y Sustentador del
universo. Es Uno, Eterno, Infinito, Omnisciente, Misericordioso, Todopoderoso
y Supremo; es Indivisible en naturaleza y persona, que no tiene socios,
asociados o hijos. El Santo Corán Le atribuye 103 nombres correspondientes
a Sus atributos, y El gobierna los asuntos del hombre de acuerdo con las
leyes paralelas de "Taqdir" (predeterminación) y "Tadbir" (libertad), cuyas
esferas están separadas. El "Shirk" o politeísmo
constituye el pecado mas grave que el hombre puede cometer, y
el
dogma
de la Unicidad de Dios es la piedra angular del Islam.
2.
CREENCIA EN LOS ÁNGELES DE DIOS, creados para servir a
Dios y hacer operar las fuerzas de la
naturaleza. Algunos actúan como
agentes de la revelación Divina.
3.
CREENCIA EN LA REVELACIÓN, medio por el cual la guía
Divina se transmite al hombre. Los sistemas anteriores, tales como la
Tora
de Moisés y el Evangelio de Jesús, no tenían sentido universal, y
han
sufrido interpolaciones. El Santo Corán constituye ahora la única
Ley
que obliga a toda la humanidad, y no será abrogado o modificado
hasta
el fin del mundo.
4.
CREENCIA EN LOS PROFETAS, que son hombres que reciben
la
inspiración directa de Dios, a quienes El ha confiado un mensaje
Divino. Han sido miles, en todas las épocas, de todas las razas y
lenguas, y han
de
ser
reconocidos con igualdad. A Mohammad
(s.a.w.)
se le
llama Sello de los Profetas porque trajo y ratificó la última Ley,
pero
esto no impide el advenimiento de otros apóstoles, bajo su tutela,
como
amonestadores o reformadores. Uno de éstos es el Mesías
Prometido, mencionado cuatro veces en Sahih Muslim con el nombre de
"Nabiyul-lah",
el Profeta de Dios.
5.
CREENCIA EN LA VIDA VENIDERA, que abarca el "Barzaj", el
Ultimo Día, la Resurrección, el Juicio, el Paraíso y el Infierno. El alma
humana no tiene una vida independiente de su cuerpo, sino que
inmediatamente después de la muerte entra en otro cuerpo espiritual y,
en
el estado de suspensión llamado "Barzaj", descubre si ha de merecer
el
Paraíso o el Infierno en el Día del Juicio. Por esta razón, el Islam
enseña que una forma de recompensa o castigo sigue inmediatamente a
la
muerte.
El
musulmán tiene cinco deberes religiosos principales, a saber:
1.
OBSERVANCIA DE LA ORACIÓN (SALAT), el único acto de
culto público del Islam. Se celebra cinco veces al día, y las oraciones
pueden recitarse en solitario o en congregación bajo la dirección de un
`Imam'
(dirigente). Tanto las oraciones de mediodía y tarde, como las del
crepúsculo y la noche, pueden, en ciertas circunstancias, unirse. Las
oraciones se han de hacer mirando hacia La Meca ("qibla"), y han de ser
precedidas de la ablución. Cabe destacar el hecho de que las posturas
del
cuerpo enseñadas al Santo Profeta por el Ángel Gabriel combinan
las
posturas tradicionales de adoración de todas las naciones de la
tierra: de pie, inclinado, postrado, sentado y arrodillado. Una mezquita
("masyid")
es un lugar de asamblea utilizado principalmente para la
oración, pero no está dotado de ningún carácter sacrosanto. Las
oraciones en congregación se anuncian mediante una llamada ("adhan").
Todos los viernes se pronuncia un sermón ("Jutba") antes de la oración
de
mediodía, y aunque la asistencia es obligatoria para todos cuantos
tengan la posibilidad de asistir, el día en sí no es día de descanso
obligatorio.
2.
PAGO DE LIMOSNA LEGAL (ZAKAT), constituida por una
contribución de capital donada a un fondo central para el bienestar de la
comunidad. En el caso de dinero, se impone un tributo del 2'5% por año
del
total de ahorros o capital que se haya quedado inactivo durante un
mínimo de doce meses. Otro baremo se aplica a otros activos no fijos.
El
cumplimiento de este deber no libera, naturalmente, al individuo del
deber caritativo particular.
3. OBSERVANCIA DEL AYUNO (SAUM),
durante el mes de Ramadán, desde el
amanecer hasta la puesta del sol. Se contemplan
ciertas dispensaciones para los
enfermos, los ancianos, los que están de
viaje, etc.. El ayuno conlleva muchas
bendiciones espirituales y beneficios
físicos.
4.
REALIZACIÓN DEL PEREGRINAJE A LA MECA (HALL), que
ha de
efectuarse, si es posible, al menos una vez en la vida. Los ritos
religiosos en la Kaaba imitan a los efectuados por Abraham hace 4.000
años,
y el peregrinaje supone un estímulo considerable para la hermandad
islámica, ya que se reúnen cada año gran número de hombres y
mujeres de todas las nacionalidades, razas y clases sociales.
5.
PARTICIPACIÓN EN LA "YIHAD" (literalmente, "esfuerzo"), es
decir, el esforzarse por la fe. Esto implica trabajar por la propagación
del
Islam o, en el caso de un ataque agresivo contra la religión, armarse
en
defensa concertada por toda la comunidad, bajo las órdenes del
dirigente. Él Santo Corán prohibe la coacción en cuestiones de religión,
y
los rumores según los cuales el Islam se propaga por la espada son una vil calumnia.
En
cuanto a la ÉTICA, el Islam cree que todos los hombres nacen
"puros", incorruptos por el pecado. Cada uno de nosotros ha de
responder ante Dios de sus acciones, y no nos salvaremos mediante los
actos
de expiación de terceros. Es nuestra responsabilidad elegir el bien
y no
el mal, buscando nuestra salvación a través de la fe, la oración y la
caridad.
La
piedad y la virtud no implican ni el abandono de los placeres
lícitos de este mundo, ni la entrega al ascetismo monástico. Más bien
hemos
de llevar una vida activa, sana y útil, en la que predominen
cualidades como la bondad, la castidad, la honestidad, la humildad, la
misericordia, el valor, la veracidad, la paciencia, la cortesía y la pureza,
evitando defectos como la crueldad, la inmoralidad, la falsedad, el
orgullo, la cobardía, la avaricia, la calumnia y la falta de sensibilidad.
Él
Islam prohíbe el lujo, la ceremonia excesiva y la ostentación. A no
ser
que se vean obligados por el hambre, a los musulmanes les queda
prohibido comer carne de cerdo, carroña y sangre, ya que éstos constituyen
una amenaza para el bienestar moral y físico. Tampoco sé les
permite consumir alcohol u otros tóxicos, ni apostar en juegos de
azar,
ni prestarse a la usura. Pero ¿cuántos saben, aún hoy, que la carne
de
cerdo es causa de enfermedades y triquinosis, y que conduce a la
desvergüenza? ¿Ó que el alcohol, además de los peligros físicos que
conlleva, también provoca la pérdida de la fe religiosa?
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IV.
ISLAM: PRINCIPIOS JURÍDICOS, SOCIALES Y
ECONÓMICOS
El
Islam no se limita a ser una creencia religiosa sin más, sino que
abarca todos los campos de la actividad humana; las creencias han de
reflejarse en acciones y en instituciones. La Ley musulmana, o "Shariat", se
deriva del Santo Corán y del Hadiz, mientras que la resolución de
los demás casos no tratados
de esta manera se obtiene mediante la
analogía, la lógica y el consenso de opiniones. Posee una estabilidad
inherente, ya que, al ser de origen
Divino, ningún poder terrenal la
puede cambiar, y los criterios
del bien y del mal permanecen siempre
constantes. Es una lástima que esta
estabilidad no se encuentre en los demás códigos y sistemas que
actualmente existen.
El
espacio no nos permite resumir aquí la Ley musulmana, pero sí
podemos resaltar algunos rasgos principales. La familia se constituye
como
unidad fundamental de la sociedad, y se desaprueba el celibato.
Se
establecen varias normas para el fomento de relaciones felices
y
armoniosas entre marido, esposa e hijos, y el Islam fue
la
primera
religión que garantizó los derechos de las mujeres casadas, incluido el
derecho a la propiedad de bienes; en este sentido, se adelantó en trece
siglos a los países cristianos. El divorcio, aunque no favorecido por el
Santo Profeta
(s.a.w.),
se
tolera si fracasan todos los intentos de
reconciliación; es inevitable señalar que Europa, tras criticar
al
Islam
durante mucho tiempo por permitir el divorcio, ha ido ahora al otro extremo,
facilitando el divorcio hasta tal punto que se está socavando la
vida
familiar. Igualmente se permite una poligamia limitada, porque se
considera adecuada en ciertas condiciones de la sociedad, como las que
prevalecen entre los pueblos más incultos; incluso entre naciones
monógamas surgen casos concretos
(la
demencia, la enfermedad
incurable, la esterilidad de la mujer, o un exceso de población femenina
debido a la guerra), en los que prohibir la poligamia constituye un acto
de
crueldad y un estímulo al vicio.
Las
leyes musulmanas sobre la herencia establecen que los
dos
tercios de la fortuna del difunto han de pasar a sus parientes de acuerdo
con un baremo fijo, mientras que el tercio restante puede ser legado
libremente por testamento. De este modo, se protege a los parientes
más
próximos, a la vez que se asegura una amplia distribución de la
riqueza.
Aunque la propiedad absoluta
es
de
Dios sólo, el hombre tiene el
derecho fundamental de adquirir bienes particulares, pero en ciertos
casos
este derecho puede verse
restringido a favor del beneficiocolectivo
de la comunidad. El comercio y la industria son los métodos
normales de generar riqueza, y
el
dinero es de curso legal; pero son
condenados tanto la usura como su consecuencia natural -el actual
sistema capitalista-. La acumulación de grandes fortunas es igualmente
censurable, y el dinero ha de invertirse en el comercio o
en
otros
proyectos.
El
Islam condena toda distinción basada en nacionalidad, color o
clase social. No puede haber ninguna raza superior, ni aristocracia ni
sacerdocio, siendo el más piadoso el más noble a ojos de Dios.
La
fraternidad del hombre en el Islam siempre ha constituido un hecho
vivo, y no una teoría inútil.
En
los tiempos del Santo Profeta, y bajo los primeros Califas,
se
pensaba mucho en el problema de cómo conseguir la justicia económica.
Aunque la igualdad absoluta es una quimera, los materiales de los
que
depende el progreso humano son patrimonio común de la humanidad,
y los frutos del trabajo se han de distribuir de acuerdo con esta
realidad. El Islam prohibe la confiscación o expropiación de los bienes de
los
ricos, y la rescisión de títulos antiguos, pues no se puede fundar una
sociedad equitativa en la injusticia y el resentimiento. Más bien, se
presentan cuatro formas de
acortar, paulatinamente, la distancia que separa a los pobres de los ricos.
En
primer lugar, tenemos la prohibición moral contra la acumulación de la
riqueza. En segundo lugar, las leyes sobre la herencia estipulan que
los
dos tercios de la fortuna de un hombre se han de distribuir de
acuerdo con un baremo fijo, de forma que la distribución
sea
más
extensa con cada generación. En tercer lugar, tenemos la institución del
"Zakat",
al que ya nos hemos referido, según la cual un porcentaje fijo
de
los ingresos individuales se ha de distribuir para aliviar la miseria.
En
cuarto lugar está la prohibición
legal de los intereses sobre
préstamos. Muchos de los males que actualmente nos acucian tienen su
origen en prácticas financieras basadas en los préstamos de dinero. El funesto sistema de
créditos permite a los
capitalistas -bien sean
individuos, sociedades financieras o corporaciones- multiplicar su
riqueza "ad infinitum" sin
esfuerzo productivo, y sangrar así la vida de la
comunidad. El Santo Corán señala,
igualmente, que los intereses sobre
los préstamos pueden dar lugar
a guerras, y efectivamente, los
pertrechos de la guerra moderna son los enormes préstamos logrados
por gobiernos beligerantes, que legan a
generaciones posteriores unas
deudas nacionales devastadoras. Un análisis más detenido revela que la
relación entre el comercio y la
usura es una relación artificial; el
comercio y la industria podrían
sobrevivir perfectamente sin
ella.
Quienes sostienen que la usura
está
tan
arraigada en nuestra sociedad
que
ya no se puede erradicar, se equivocan, como se equivocaron ante
cuantos afirmaban que la erradicación de la esclavitud
supondría i colapso
de la estructura económica de la sociedad.
En realidad, 1
eliminación de la usura fomentaría la
inversión y la formación d
sociedades, crearía oportunidades para muchas personas que ahora n
las tienen, y contribuiría al bienestar
de todas las clases sociales.
A la cabeza del Estado
musulmán, debe haber un soberano llamado
"Califa" (Sucesor). Es elegido para un
mandato vitalicio, y ejerce si
poder en representación del
pueblo. El Islam no cree en la monarquía
her