Hace hoy cien años que sucedió un hecho sorprendente en una oscura y minúscula aldea (Qadián) situada en la provincia del Punjab en la India. Se trataba de un suceso que estaba destinado a cambiar el curso de la historia.
Allí apareció un líder religioso específicamente enviado por Dios para conducir a la humanidad como el Reformador Prometido de los últimos días. Su nombre era Mirza Ghulam Ahmad (1835-1908), Fundador de la Comunidad Internacional Ahmadía del Islam. Estableció, de manera incomparable, las bases para la unificación de la humanidad. Resolvió los conflictos y paradojas existentes en el mundo religioso respecto al advenimiento de un Reformador Universal.
Los seguidores de todas las grandes religiones judíos, cristianos, musulmanes, hindúes, budistas, zoroastrianos, y los seguidores de Confucio esperaban todos, ansiosamente, la llegada de un Reformador Prometido, tal como habían predicho sus escrituras sagradas.
Los judíos creían que el Mesías rejuvenecería al judaísmo; los cristianos afirmaban que la segunda venida de Jesús acercaría el Reino de los Cielos; los musulmanes pensaban que el Mesías y el Mahdi unirían sus esfuerzos para conseguir el renacimiento absoluto del Islam; los hindúes esperaban la llegada de Dios mismo en la forma de Krishna; y, los budistas aguardaban esperanzados la reencarnación de Buda.
¿Cómo podía Dios enviar simultáneamente a distintos Mensajeros, cada uno de ellos convocando al mismo Dios en su propia forma distintiva, invitando a la humanidad a caminos divergentes e ideologías en conflicto? Esta fue la confusa cuestión sobre la que se pronunció Hazrat Mirza Ghulam Ahmad de Qadián.
Aceptó, en principio, que las profecías referentes al advenimiento de diversos reformadores eran esencialmente verdaderas. No obstante, implicaban que sólo surgiría un único demandante que combinaría en su persona las cualidades, carácter y poderes espirituales de todos los grandes Reformadores del mundo cuya segunda venida había sido prometida. Sería como un guerrero de Dios que portaría las vestiduras de los distintos profetas. También declaró, que la religión elegida por Dios Todopoderoso para la manifestación final y universal de Su Unidad era El Islam.
Así pues, en completa subordinación al Profeta Mohammad, la paz y bendiciones de Dios sean con él, el último profeta portador de Ley; Mirza Ghulam Ahmad declaró ser éste Reformador Prometido.
Se trataba de una afirmación asombrosa. Fue aún más sorprendente que esta voz solitaria, insignificante como parecía al mundo en su conjunto, fuese escuchada. Algunos respondieron a esta llamada con fe y devoción completas y sumisión incondicional. Hubo muchos otros que iniciaron un huracán de hostilidades, como rara vez ha sido visto en la historia de la humanidad.
Sus seguidores fueron sometidos a una durísima persecución. Se les privó de toda libertad religiosa y derechos humanos elementales. En ciertos países se decretaron leyes especiales para convertirlos en reos de graves castigos y procesos por el mero hecho de profesar y practicar su fe. Sin embargo, esta tremenda oposición fracasó totalmente para detener el progreso del Ahmadiat, que avanza adelante hoy día con más rapidez que nunca. Todos los esfuerzos de fanáticos hostiles, tanto de individuos como de grupos o gobiernos han fracasado totalmente en sus objetivos propuestos de exterminar el Ahmadiat de la faz de la tierra.
Dios se mantuvo al lado de Su siervo, Mirza Ghulam Ahmad, cumplió todas Sus promesas e "hizo llegar su mensaje a los rincones de la tierra". Dios salvó a sus seguidores (ahmadis), les protegió de todo mal y derramó Sus innumerables bendiciones sobre ellos.
Es; por tanto, para ensalzar el nombre de Al-lah y cantar Sus alabanzas por Sus incontables bondades, por lo que la Comunidad Ahmadía conmemora el año 1989 como el año del Centenario de Acción de Gracias.
En esta feliz ocasión, invito humilde y sinceramente a todos los hombres, mis hermanos, al Movimiento Ahmadía del Islam.
Invoco a Dios, el Omnisapiente y Siempre Presente, como testigo de que el mensaje del Ahmadiat no es sino la Verdad: Es el Islam en su pureza original.
La salvación de la humanidad depende de la aceptación de esta religión de paz. El Islam es la religión que suprime todas las discriminaciones entre el hombre y el hombre, y destruye todas las barreras de la raza el color y el credo.
El Islam libera al hombre de la esclavitud del pecado y fortalece sus lazos con su Creador. Es una religión muy sencilla, y sin embargo altamente organizada.
El Islam no permite explotación alguna: sea social, política, económica o religiosa. La filosofía política del Islam no deja lugar para la diplomacia falsa o engañosa. Cree en la moralidad más absoluta, aplicada en cada esfera de interés humano. El Islam no permite la coacción en la difusión de su propio mensaje ni da licencia a otras religiones para que lo así lo hagan. Consentir el terrorismo, aun en nombre de los más nobles objetivos, es totalmente incompatible con las enseñanzas del Islam.
La Yamaat Ahmadía cree firmemente que el Islam es la panacea para todos los males y sufrimientos que padece la humanidad de hoy. El Islam nos enseña que, a menos que el hombre aprenda a vivir en paz consigo mismo y con su prójimo, no puede vivir en paz con su Dios.
Es a este Islam al que invito a la humanidad.
Soy plenamente consciente de que a los ojos de muchos observadores superficiales, el Ahmadiat no ha emergido aún como una fuerza poderosa capaz de originar una revolución global que merezca una consideración seria.
Sin embargo, mi confianza esta puesta en Dios, Quien decidió que aunque débiles y humildes como somos, somos la gente que anunciaremos el comienzo de una nueva era de paz global y unificación de la humanidad. Así, hace casi cien años, le fue revelado a Hazrat Mirza Ghulam Ahmad:
"Se acerca el tiempo en el que conseguiré una grandiosa victoria, porque en apoyo de lo que afirmo, existe otra voz que habla, y en apoyo de mi mano hay otra mano que actúa. Sin embargo, aunque el mundo no puede percibirlo, yo lo contemplo. Un espíritu celestial habla en mí y otorga una nueva vida a cada palabra y cada letra mía. Una gran conmoción y renacimiento ha surgido en el Cielo que ha hecho que este cuerpo terrenal se ponga en pie por orden de Dios. Toda persona a la que no se haya denegado el perdón y la salvación verá pronto por sí misma que no hago estas afirmaciones de mí mismo. ¿Pueden ser llamados videntes los ojos que no pueden reconocer a un hombre de verdad? ¿puede ser considerado vivo aquél que no tiene conciencia de ésta convocatoria Divina?"
Es posible que muchos escuchen con escepticismo lo que digo, sorprendidos de la certeza y firmeza de mi fe en el futuro glorioso de Ahmadiat. Los débiles y oprimidos fieles del cristianismo de finales del primer siglo de la era cristiana, debieron sentir algo parecido a lo que yo siento hoy. Eran mirados con desprecio, escarnecidos y burlados por la gente de su tiempo. Sin embargo, no tengo la más mínima duda de que amanecerá un día antes de fin del siglo próximo, en el que la gente de esa época mirará atrás, con no menos sorpresa, ante la incertidumbre e incredulidad de la gente de hoy.
Finalmente, permitidme invitaros una vez más, de todo corazón, para que aceptéis la llamada del Reformador de los Últimos Días. Aquí dentro encontraréis la paz y satisfacción del espíritu que sólo puede lograrse mediante la sumisión a la Voluntad de Dios.
Dios os bendiga.
Mirza Tahir Ahmad