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Hazrat Mirza Ghulam Ahmad, el Mesías Prometido y
Santo Fundador del Movimiento Ahmadi del Islam, vivió en retiro y fue poco
conocido por el mundo exterior cuando hizo sonar su trompeta llamando a las
naciones de la tierra. Tras la publicación de su voluminoso trabajo Barahin-i-Ahmadiyya,
la gente comenzó a visitarle. Sin embargo, estaban lejos y separados entre sí
porque Qadián estaba fuera del camino de la ciudad. Esos visitantes que
encontraron en su estancia los días más felices de sus vidas y que estaban poco
dispuestos a separarse de él.
Cuando fui a Qadián en 1897, vi un texto en la pared
de
la Mezquita Jamia que había sido escrito por Qazi Zia-ud-Din de Qazi Kot, distrito de Gujranwala.
Fue el padre de nuestro actual jefe, Qazi Abdullah, B.A.B.T., que fue
anteriormente misionero musulmán ahmadi en Londres. Si mi memoria es correcta
el escrito vio la luz en 1885 y reza como sigue:
Si no
hubiese sido porque mi anciana y enferma madre vivía en mi casa, jamás habría
dejado la compañía de Hazrat Mirza Sahib. Las palabras del poeta, "Suhbate
bad az liqae to haram", que significa "es un delito buscar cualquier
otra compañía después de conocerte", nunca pudieron aplicarse a nadie
mejor que a él.
He citado estas palabras para mostrar cuántos fueron
atraídos por el Mesías Prometido y estuvieron en contacto íntimo con él. Años
más tarde, la misma persona que había escrito la inscripción en la pared, me
dijo que se había vuelto tan devoto del Mesías Prometido, que había emigrado a
Qadián con sus hijos para poder gozar ininterrumpidamente con él y permitir que
sus hijos disfrutasen de las bendiciones de la vida en Qadián. Me contó que un
día, estando sentado en compañía del Mesías Prometido, le dijo:
Siento
nacer en mi corazón deseos contradictorios. Por un lado deseo extremadamente
que tu verdad y tu encanto espiritual puedan ser reconocidos a lo largo y ancho
del mundo y que gentes de todas las razas y credos puedan venir a beber de la
fuente que Dios ha hecho manar aquí; pero, al mismo tiempo, me entristece la
mente el pensamiento de que cuando otros comiencen a venir hasta aquí en gran
número, me veré privado del placer de disfrutar de tu cercana compañía, como
ahora, porque estarás rodeado por otra gente y perderé el feliz privilegio de estar sentado al lado de
mi amado maestro, y hablar con él. Estos son los deseos contradictorios que
brotan alternativamente en mi corazón.
El Qazi Sahib añadió que el Mesías Prometido sonrió al oir estas palabras.
Los temores y deseos de ese anciano y venerable
discípulo del Mesías Prometido, pronto comenzaron a hacerse realidad. En 1891,
sobre la base de la divina revelación, Hazrat Mirza Ghulam Ahmad anunció su
declaración de ser el Mesías Prometido. Aunque de todas partes surgió una
tormenta de oposición contra él, muchas personas clarividentes le aceptaron,
teniendo en cuenta la santidad de su vida pasada, la fuerza de sus argumentos y
los signos celestiales que Dios manifestó a través de él. Con el paso del
tiempo, cuando la gente vio que sus profecías se cumplían cada vez más, fue
rodeado por multitudes que abandonaron sus hogares para vivir en su compañía.
Cuando fui por primera vez a Qadián la víspera de ese memorable Id, que fue
seguido por el cumplimiento de la gran profecía del Mesías Prometido relativa
al funesto final del Padit Lekh Ram, el 5 de marzo de 1897, vi que mucha gente
ya había fijado y establecido sus hogares en Qadián.
Entre los primeros emigrantes a Qadián hubo dos
personas dignas de mención. Una fue Hazrat Maulvi Hakim Haji Nur-ud-Din, de
Bhera, que se convirtió en el primer sucesor del Mesías Prometido después de su
muerte. Era un nombre de gran erudición, y antes de llegar a Qadián había
adquirido una gran reputación por su sabiduría, tanto en su país como en el
extranjero. La otra fue Maulvi Abdul Karim, de Sialkot. También era un gran
erudito y dedicó su vida al servicio del Islam. Durante algún tiempo había
pertenecido a la escuela Aligarh de pensamiento, la escuela de Sir Syed Ahmad
Khan, pero pronto aceptó las declaraciones del Mesías Prometido y adoptó a
Qadián como su hogar. Rcitaba el Corán de una forma muy melodiosa y
encantadora. Era él quien generalmente dirigía las cinco oraciones diarias, así
como la oración del viernes. Era un orador elocuente. Era un hombre de aguda
inteligencia, como puede deducirse de su libro A Character sketch of the
Promised Messiah, que había sido traducido al inglés en provecho de los
lectores occidentales.
El Mesías Prometido solía comer con sus invitados
por la mañana y por la noche en la pequeña mezquita pegada a su casa. Mantuvo
esta práctica hasta unos pocos años antes de su muerte, cuando el deterioro de
su salud y el creciente número de visitantes le privó de hacerlo. En su lugar,
a los invitados se les daba de comer en
la Casa
de Invitados que él había fundado. En la
misma pequeña mezquita ofrecía sus cinco oraciones diarias en congregación.
Rara vez dirigía por sí mismo las oraciones.
La rutina diaria del Mesías Prometido era, por lo
general, como sigue. Acostumbraba a dar un paseo por la mañana acompañado de
sus seguidores presentes en Qadián. El siguiente momento en que ellos podían
disfrutar de su compañía era, generalmente entre las oraciones de Zuhr y Asr (de
2 a
4 pm), momento en que permanecía en la mezquita. También pasaba algún tiempo
con ellos después de la oración del anochecer. Pasaban las horas restantes en
la Casa
de Invitados o en la
compañía de Hazrat Maulvi Nur-ud-Din donde trataba a sus pacientes y
pronunciaba discursos islámicos. También solían encontrarse con Maulvi Abdul
Karim en la pequeña mezquita. Entre las oraciones de Asr (entrada la
tarde) y de Maghrib (puesta del sol), escuchaban las citas del Santo
Corán en voz de Hazrat Maulvi Nur-ud-Din, en
la Mezquita Jamia.
Los temas de conversación con el Mesías Prometido
durante sus paseos matinales y cuando se sentaba en la pequeña mezquita, eran
de naturaleza diversa. El Mesías Prometido no ocupaba una posición relevante
cuando se sentaba en la mezquita, lo que a menudo hacía difícil a un extraño
distinguirle de sus seguidores. La primera cosa que sus seguidores estaban
ansiosos de escuchar de él era alguna nueva revelación. Estas revelaciones
contenían por lo general profecías y su cumplimiento a su debido tiempo. Se
publicaban en los periódicos para información del público, así como para los
seguidores que no vivían en Qadián. Si había una profecía de particular
importancia, el Mesías Prometido la publicaba por medio de carteles y hojas
sueltas que eran divulgadas extensamente a través del país. También las incluía
en los libros que estaba escribiendo en ese momento.
Sus seguidores le hacían a menudo preguntas sobre
temas religiosos y sus respuestas se desarrollaban por lo general en pocas
palabras. De forma ocasional, recibía visitas de investigadores o turistas que
le hacían preguntas sobre la evidencia en que apoyaba sus declaraciones. Aunque
algunos de ellos le hablaban ofensivamente, él siempre contestaba de una forma
tranquila y desapasionada y reprimía a sus seguidores de mostrar enojo en su
rudo lenguaje. Una vez, llegó a Qadián un joven árabe procedente del norte de
Africa. Iba descalzo y era muy sencillo en sus costumbres y en su vestimenta.
Cuando el Mesías Prometido salió a dar su paseo matinal, el nuevo visitante le
encontró y le preguntó indignado cómo podía ser el Mesías Prometido y Mahdi, y
dijo que era muy ridículo por su parte hacer tal declaración. El Mesías
Prometido le explicó la naturaleza de la misma con evidencia, pero incluso
después de más de una hora de discusión, el visitante permanecía sin
convencerse. Parecía ser un hombre sincero y honrado. El Mesías Prometido
recibió una revelación animándole tanto a rezar como a continuar su discusión
con él. Alentado por esta revelación, comenzó a rezar por él y continuó
hablándole durante sus paseos diarios. Los mismos propiciaron su conversión y
el anteriormente indignado árabe se convirtió en un sincero creyente y un
devoto seguidor. Escribió e imprimió un cartel en árabe en el que mostró sus argumentos
en apoyo de la verdad del Mesías Prometido. También pidió una serie de trabajos
árabes del Mesías Prometido antes de regresar a su país, donde prometió llevar
el mensaje a sus conciudadanos. Desde entonces no hemos sabido de él. Se le
ofrecieron algunos gastos del viaje, pero declinó. Recuerdo verle andar
descalzo hacia la estación de Batala, a una distancia de once millas, cargando
sobre sus hombros el paquete de libros y carteles que había cogido de Qadián.
Algunas veces, estando en compañía del Mesías
Prometido, sus seguidores solían contarle cómo eran perseguidos en sus pueblos
o ciudades, cómo se les boicoteaba, cómo no se les permitía sacar agua de sus
pozos y todos los esfuerzos que se realizaban para hacerles la vida
intolerable. Los hijos relataban cómo sus padres les hacían callar en sus
casas, les ataban de pies y manos, les golpeaban, injuriaban al Mesías
Prometido y les instaban a renunciar a su fe. Algunos contaban los falsos
cargos que se les imputaba en los tribunales de justicia para castigarlos.
Algunos de sus jóvenes seguidores narraban cómo se les había desposeído de sus
pertenencias, despojado de sus vestiduras y expulsado de sus casas. Otros le
contaban cómo los maulvis les tachaban de kafirs (incrédulos) y les
acusaban de que sus matrimonios con sus esposas legales eran nulos e
invalidados. Así eran las diversas formas de persecución a las que se veían
sometidos y que relataban al Mesías Prometido con lágrimas en los ojos. Algunos
contaban cómo en una fría noche de viaje a Qadián se refugiaban en la mezquita
de un pueblo, pero eran expulsados hambrientos y tiritando por los maulvis
locales. El Mesías Prometido decía que sus seguidores no debían nunca ocultar
el hecho de que estaban viajando a Qadián, pues eso serviría de anuncio de que
el Movimiento se estaba extendiendo a lo largo y ancho del mundo.
Incluso los que residían en Qadián no estaban libres
de persecución. Con el fin de provocar disgustos e inconvenientes al Mesías
Prometido y a sus seguidores, sus primos levantaron un muro cerca de la entrada
a la mezquita que exigía que los fieles tuvieran que dar un gran rodeo.
Posteriormente el muro fue destruído por orden de la justicia siguiendo
procedimientos legales. También eran hostigados de otra forma, no sólo por
musulmanes sino también por sijs e hindúes, que hacían todo lo posible por
molestarlos.
Cuando estaban en compañía del Mesías Prometido, sus
seguidores solían a veces relatar cómo la venganza de Dios había caído sobre
ciertos opositores que le habían insultado, y cómo Dios había verificado la
verdad de Su revelación Inni Muhinun man arada; ihanataka que significa desacreditaré
a quien intente desacreditarte. Todos ellos testificaban que la promesa
contenida en la anterior revelación resultaba invariablemente cierta, como una
infalible ley de Dios. Contaban historias sobre cómo los que habían injuriado
al Mesías Prometido, o intentado desacreditarle de alguna manera, habían caído
en desgracia sin remisión.
Algunas veces comentaban al Mesías Prometido los
resultados de los debates y discusiones con los maulvis que, generalmente, eran
muy interesantes. En aquellos días no existían misioneros designados. Todos
actuaban como misioneros introduciendo el mensaje de
la Ahmadía
entre sus amigos y
vecinos. En otros momentos, le recitaban poemas de su propia composición,
habitualmente escritos en el idioma del Punjab, que versaban sobre señales de
su verdad y, en particular, sobre las profecías que habían visto cumplidas con
sus propios ojos.
Los temas que el Mesías Prometido trataba
normalmente con sus seguidores, cuando se sentaban con él, pertenecían a la
evidencia de sus propias declaraciones, a la refutación de objeciones contra el
Islam, a una exposición de las bellezas del Islam o a una revisión crítica de
otras religiones. A menudo les exhortaba a llevar vidas santas y puras y les
decía cómo podían gozar de la especial protección divina contra los múltiples
castigos de Dios que habían aparecido sobre la tierra en cumplimiento de sus
propias profecías, así como la de los profetas de antaño. Comentaba que esos
tiempos eran como los de Noé y, sólo podrían escapar de las tribulaciones de
entonces, aquellos que embarcasen en este arca no construída con madera ni
hierro, sino con las enseñanzas que él daba a sus seguidores. Posteriormente,
recogió estas enseñanzas en un pequeño libro que denominó El Arca de Noé, en
alusión al hecho de que aquellos que actuasen fielmente con arreglo a las
enseñanzas, gozarían de la protección especial de Dios y se mantendrían como
sus verdaderos seguidores a la vista de Dios. Este libro ha sido traducido al
inglés y publicado bajo el título de Las Enseñanzas del Mesías Prometido. El
lector debería procurarse una copia para ver qué tipo de vida esperaba el
Mesías Prometido de sus seguidores. Si tomasen estas nobles enseñanzas como
propio modelo, y tratasen de actuar de acuerdo con las mismas, llevarían una
vida de ángeles sobre la tierra.
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