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¿Comienza nuestra historia con la maldición de Caín? Es un sangriento relato de muerte, asesinato y tortura en todo caso. Tanta ha sido la sangre derramada a través de la historia que podría pintarse todo el universo de rojo con ella y, aún así sobraría mucha. ¿Cuándo dejará el hombre de matar a sus semejantes? ¿Cuándo se saciará su sed de sangre?.
Abel fue el primer hombre asesinado sin motivo, por su hermano. La historia de ese asesinato ha sido conservada por el Corán y la Biblia como una lección para todos nosotros. Permanecerá como ejemplo hasta el final del tiempo. Estudiando la historia queda clara una cosa, que el hombre es una criatura violenta. Su agresividad no ha sido domada por el crecimiento de la civilización. El hombre es hoy tan cruel como lo fue miles de años atrás. La historia de su crueldad, tiranía y violencia es larga y penosa. El fuego de la ferocidad humana no se ha apagado después de miles de años de salvajismo.
El asesinato de individuos y la total aniquilación de grupos de personas son un tema repetitivo en la historia. Los Estados se han atacado entre sí; los países han luchado contra sus vecinos y contra naciones lejos de sus fronteras. Multitudes que vivían en las estepas y desiertos conquistaron naciones con antiguas civilizaciones; César y Alejandro derramaron sangre; Bagdad fue destruida por Hulagu y Gengis Khan; el suelo de Kurukshetra se tiñó de rojo con la sangre de Kauravas y Pandavas.
Unas veces se derramó sangre en nombre del honor, otras, en nombre de venganzas por supuestos errores. En algunas ocasiones, hordas hambrientas invadieron pacíficas tierras en busca de alimento y, en otras, en busca de la dominación del mundo. Pero en su mayor parte la sangre del hombre, creado a imagen de Dios, se derramó en nombre de su Creador. La religión se utilizó como una excusa para el asesinato en masa. Contemplando este aspecto de la naturaleza humana cabe preguntarse si la humanidad no es una de las especies más despreciables y crueles de la tierra. Uno espera que la religión enseñe al hombre a ser civilizado, sin embargo, la religión en sí misma está manchada de sangre. Este hecho recuerda el incidente acontecido en el momento de la creación de Adán (as) descrita tanto en el Corán como en la Biblia. El Corán dice:
Y cuando tu Señor dijo a los ángeles: "Estoy a punto de designar un vicario en la tierra", dijeron: "¿Vas a situar en ella a quien cree el desorden y derrame la sangre? Y nosotros te glorificamos con Tus alabanzas y exaltamos Tu Santidad". Él respondió: "Yo sé lo que vosotros no sabéis". (2.31)
Este diálogo entre los ángeles y Dios es desconcertante porque ningún libro sagrado pretende demostrar que los ángeles tuvieran razón. Si fue así ¿por qué Dios declinó aceptar sus "consejos" y se mantuvo en contra de la objeción a Su plan?. Fue, de hecho, una objeción a la profecía en sí y, en el fondo, a la condición de profeta del Sello de los Profetas, que es Muhammad (sa).
La historia de la religión en cualquier parte del mundo, y en todo momento, es la historia de la tortura, la represión, la ejecución y la crucifixión. Es descorazonador descubrir que la religión, que se supone debe ser el último refugio de paz en un mundo de guerra y conflicto, es un motivo de destrucción y derramamiento de sangre. Sin embargo, la Religión en sí no es la verdadera causa de los asesinatos en masa, y es un error creerlo así. No se dio la religión al hombre para inducirlo a matar.
Cuando uno descubre con una mezcla de satisfacción y sorpresa que Dios no dio la religión con este fin, uno recibe un rayo de esperanza. El vicario de Dios cuya creación cuestionaban los ángeles era verdaderamente un gran reformador. La religión que él predicó fue llamada Islam - la religión de la paz-. La pregunta sigue viva: ¿Por qué a primera vista la historia nos trasmite la impresión de que la religión autoriza el derramamiento de sangre y el asesinato en nombre de la paz?. El Corán puntualiza de forma muy clara por qué una mirada precipitada a la historia puede conducirnos a tal conclusión. Y recurre al pasado para demostrar que los que perpetúan la brutalidad en nombre de la religión, o son anti-religiosos, o son personas cuya religión ha sido corrompida. Existen también líderes religiosos que no poseen ni bondad, ni compasión, ni misericordia, ni piedad. Seamos honestos, son hipócritas con un desenfrenado deseo de poder. Han hecho de la crueldad su norma. Supondría una gran equivocación asociar la religión a las fechorías de dichos hombres. La única verdad es que Dios, Fuente de toda Misericordia, no permite a los seguidores de ninguna religión oprimir a Su Pueblo.
El Corán cita numerosos ejemplos históricos que corroboran lo anteriormente expresado. El Corán describe cómo la vida de los primeros profetas suponen un ejemplo de reforma religiosa o de predicación. Si Dios hubiese permitido la fuerza física, entonces, con toda seguridad, los fundadores de todas las religiones la habrían aprobado. Está meridianamente claro, que el uso de la fuerza está prohibido. Los seguidores que llegaron después de los profetas y predicaron mediante el uso de la fuerza, o heredaron una religión corrompida por el tiempo, o eran corruptos. Utilizaron la fuerza en nombre de la religión, aunque su religión se opusiera al empleo de la misma.
La historia religiosa del Corán está repleta de ejemplos de coacción y fuerza utilizadas en nombre de la religión por personas que no tenían religión. Muchas personas fueron torturadas en el nombre de Al-lah, por los que no tenían ni la más remota idea de lo que realmente era Dios. Noé (as), que incitó a la gente a la rectitud y a la piedad, no fue un opresor; aquellos que deseaban apagar su voz, estaban equivocados. Al escuchar el mensaje de Noé (as) decían: "Si no desistes ¡Oh Noé! serás ciertamente uno de los lapidados a muerte" (26.117).
La historia de las persecuciones religiosas, como bien relata el Corán, demuestra claramente, que los seguidores de la verdadera religión son las víctimas de la violencia. El Corán menciona el ejemplo de Abraham (as), que condujo la gente hacia Dios por medio del amor, la comprensión y la humildad. No poseía espada....ni una simple arma. Pero los más ancianos de su pueblo, hicieron exactamente lo que los adversarios de Noé (as) habían hecho. Azar, padre de Abraham (as) dijo: "Si no desistes de tu creencia, te lapidaré". Las palabras utilizadas por Azar fueron casi idénticas a las empleadas por los enemigos de Noé (as). Noé (as) y Abraham (as), fueron insultados y humillados, golpeados y torturados y sin embargo aceptaron todo con paciencia y fortaleza. Habiendo encendido el fuego de la opresión y de la maldad, los torturadores de Abraham (as), intentaron quemarle vivo.
Los que se oponían a Lot (as), ignoraban cualquier cosa sobre religión. Sin embargo fueron sus enemigos y se enfrentaron a él y a sus seguidores, en nombre de la religión. Le amenazaron violentamente, y advirtieron tanto a él como a sus seguidores, que serían eliminados. Hicieron lo imposible para impedirle enseñar su religión.
Los perseguidores de Shu’aib (as), hicieron lo mismo y le dijeron: "Ciertamente te expulsaremos de nuestra ciudad a ti y a los creyentes que están contigo, a menos que volváis a nuestra religión" (7.89).
Mediante estos ejemplos el Corán demuestra, que existe una única forma de convertirse a la verdadera religión; así como un modelo de fuerza empleada por los que luchan contra la conversión. La respuesta de Shu'aib (as) a las amenazas, tipifica la actitud de los profetas de Dios. Dijo: "¿Aunque no estuviésemos dispuestos?". ¿Es posible cambiar los corazones por medio de la fuerza? ¿Puede un hombre volver a una religión que rechazó en su día al descubrir que era falsa? ¿Y puede volver a su antigua religión tras descubrir la verdad en una nueva?.
Jamás un dictador ha podido escapar a esta lógica. Los hechos históricos confirman que la espada nunca ha gobernado, ni gobernará los corazones de los hombres. Si el cuerpo humano puede ser sojuzgado por la fuerza, el alma humana, no. Creer es propio del corazón. La naturaleza humana nunca cambia. Los inocentes sentenciados a muerte en nombre de la religión, por los que no la comprenden, seguirán alzando su voz contra esta injusticia. Ellos harán siempre la misma pregunta: ¿Queréis que nos dejemos prender por las creencias que nuestra inteligencia ha rechazado?. Siempre que se ha hecho esta pregunta, los enemigos de la religión, por todo el mundo, han acusado a los profetas de apostasía y los han condenado a muerte. Se inventaron torturas y castigos inhumanos.....La historia de la violencia nunca tiene fin.
Moisés (as)y sus seguidores se enfrentaron al mismo destino a manos de los denominados cabezas religiosas de la época, el Faraón, Haman y Korah, que decían: "Matad a los hijos de los que con él creyeron y dejad vivas a sus mujeres" (40.26). Los profetas no castigaron el hecho de abrazar otra religión y, sin embargo, ellos y sus seguidores fueron castigados por esa "apostasía". Después de Moisés (as), Jesús (as) sufrió una tortura similar y una violencia que culminará en un intento de sacrificarle en la cruz. Las matanzas y la violencia se han realizado siempre en nombre de la religión: Sus víctimas han sido a lo largo del tiempo, aquellas que fueron culpables de apostasía. Sin embargo, ni un solo Libro revelado justifica el castigo de los que cambian de religión. Si gente deshonesta alteró el texto de los Libros revelados, no se puede culpar de ello a los libros. Por su naturaleza intrínseca, los Libros revelados a los profetas de Dios no pueden enseñar la violencia.
Haciendo referencia a la historia de las religiones, el Corán demuestra que los profetas y sus seguidores fueron víctimas de la violencia, que sin embargo aceptaron con paciencia la brutalidad. Más allá de las creencias está el hecho, de que las personas que cambian de fe pueden ser torturadas en nombre de la religión; y los profetas de Dios, que son enviados para convertirnos, tampoco pueden aceptarlo ya que dejaría sin contenido su propia misión. El Corán también relata como son castigados los seguidores de un profeta por abrazar la fe, no sólo a lo largo de su vida, sino cientos de años después de su muerte. Dios no justifica tal opresión.
También existe en el Corán la historia del pueblo de las catacumbas. Estos cristianos fueron perseguidos durante 300 años y he visto los lugares donde esta pobre gente fue torturada, los anfiteatros destinados a los combates de gladiadores con toros y leones. En estos escenarios, cristianos indefensos eran arrojados a fieras hambrientas. Los animales aullando, daban cuenta de los cristianos inermes. A veces, estos "apóstatas" eran enfrentados a toros sin alimentar durante varios días. Estas fieras hambrientas bramaban y mugían y atacaban con silbantes aullidos. Los cristianos eran corneados y pisoteados hasta morir. Y tras este sangriento festival, los romanos regresaban a sus hogares felices y sonrientes. Los "apóstatas" habían sido castigados adecuadamente. Pero mientras las piernas de los cristianos temblaban, sus corazones latían aun con más fuerza en la fe en Dios.
Estas persecuciones continuaron de forma intermitente durante tres siglos y cuando no encontraron lugar donde refugiarse, desaparecieron bajo el suelo en las catacumbas. Estos largos laberintos, todavía existen hoy, y nos recuerdan que los cristianos podían vivir entre insectos, escorpiones y serpientes, pero no con elegantes líderes religiosos.
El Corán no sólo menciona a estas gentes que se refugiaron bajo tierra - Ashabi Kahf - sino también a otros cristianos, que creían en la Unidad de Dios y fueron quemados vivos como castigo. Dios dice:
Por el cielo que comprende constelaciones, y por el Día Prometido, y por quien da testimonio y por aquél de quien se presta testimonio; malditos sean los dueños del foso - El fuego alimentado con combustible - cuando se sentaron junto a él y fueron testigos de lo que ellos hicieron a los creyentes; y no se vengaron de ellos, sino porque creían en Al-lah, el Todopoderoso, el Merecedor de alabanzas, a quien pertenece el reino de los cielos y la tierra; pues Al-lah es testigo de todas las cosas. (85.2-10)
La enormidad de estas atrocidades empeora a causa de los llamados protectores religiosos, que realmente "impiden" adorar a Al-lah. Sus víctimas sienten más angustia por la prohibición de adorar a su Dios, que por la propia tortura. El Corán dice: "Y ¿hay alguien más injusto que quien prohíbe que el nombre de Al-lah sea glorificado en los templos de Al-lah y busca su ruina?" (2.115). De esta forma el Corán rechaza totalmente el uso de la fuerza para acabar con la libertad religiosa y declara que aunque dicha supresión tenga lugar, los verdaderos creyentes nunca utilizan la fuerza para predicar en el nombre de Al-lah.
Hasta este momento hemos contado la historia de la persecución de los profetas que vinieron antes de que la luz de Dios iluminara al mundo. Pero, finalmente, el sol de la verdad eterna irrumpió en los cielos de la Península arábiga y el mundo pudo al fin gozar a la luz del mensaje de Muhammad (sa).
Durante miles de años el mundo había esperado al más grande de los profetas. Ciento veinticuatro mil profetas habían vivido y muerto en la esperanza de dar la bienvenida a este Sello de los Profetas. El hombre para el que se creó el mundo apareció finalmente reflejando toda la gloria de su Creador. Fue el más grande de todos los profetas; su religión fue completa. Pero también él fue perseguido y su persecución no tuvo precedente. Nuestro Maestro y Señor, el Profeta Muhammad (sa), sufrió todas las formas posibles de castigo, tortura y tormento padecidos por los primeros profetas y sus seguidores.
Los primeros musulmanes fueron abandonados al ardiente sol. Se les ponían piedras candentes en el pecho; fueron arrastrados por las calles de la Mecca como animales muertos. Fueron aislados y condenados a morir de hambre y sed. Fueron arrojados a las mazmorras, se les desposeyó de sus pertenencias y sus familias fueron dispersadas. Mujeres embarazadas fueron arrojadas desde los camellos, siendo sus muertes inevitables causa de regocijo. Sus cadáveres fueron cortados en pedazos e incluso llegaron a comerse el hígado del tío del Profeta (sa). Fueron descuartizados con espadas y traspasados con flechas. Rufianes y vagabundos lapidaron al Profeta (sa) y granujas le persiguieron y apedrearon hasta que los guijarros de Taif se tiñeron de rojo con su sangre. Y en el campo de batalla de Uhud el Profeta (sa) fue gravemente herido.
Esta matanza tuvo lugar en nombre de la religión porque los musulmanes decían que Rabbunal-laha, nuestro Señor, es Al-lah. La persecución y la tortura se perpetraron en nombre de la religión porque, según los politeístas de la Mecca, el Profeta (sa) y los musulmanes eran apóstatas. Los politeístas llamaron al Profeta (sa) y a sus seguidores "Sabi", gente que abandona su religión ancestral y adopta una nueva. Para destruir esta "maldad" los habitantes de la Mecca adoptaron los métodos de tortura y represión que habían utilizado sus predecesores. Muhammad (sa) y sus seguidores sufrieron pacientemente y con valor durante mucho tiempo para demostrar que el mal es provocado por la gente anti-religiosa y no por los seguidores de la verdad.
El Profeta (sa), exaltado por Al-lah a una posición sin igual, devolvió a sus perseguidores amor insuperable, misericordia y perdón a cambio de su maldad. Cuando finalmente llegó la victoria y el Profeta (sa) dominó a los politeístas de la Mecca, ordenó una amnistía general. No hubo masacre ni castigo para sus perseguidores. No hubo detenciones. No se ejecutó a nadie. En lugar de un justo castigo se aplicó lo que el Corán proclamaba: "Que no se tome contigo ninguna represalia en este día; que Al-lah te perdone. Él es el más Misericordioso de los misericordiosos".
En ese día se perdonó a los más crueles entre los crueles. Se tuvo clemencia con los que habían torturado en la arena ardiente a esclavos indefensos. Se absolvió a los que habían arrastrado a musulmanes por las calles como animales muertos. Se tuvo indulgencia con los que habían quebrantado la paz, así como con los que habían lapidado a musulmanes desvalidos, incluida la mujer que se había comido el hígado del tío del Profeta (sa). Si la historia del mundo desde Adán (as) hasta nuestros días se hubiese perdido alguna vez, y con ella, el registro de todas las persecuciones y todas las declaraciones de derechos humanos, una mirada a la vida del Profeta (sa) sería la mejor demostración de que la verdadera religión no es la causa del odio, la persecución, la represión o la eliminación del pensamiento.
Pero el Profeta (sa) no se limitó con sus enseñanzas a llamar a la tolerancia religiosa. Puesto que el Profeta del Islam (sa) es "Una misericordia para todos los pueblos" (21.108), el Corán hace una declaración general:"No debe haber coacción en la religión". La coacción es innecesaria porque "Ciertamente, lo recto ha quedado separado de lo erróneo" (2.257) y no hay posibilidad de confundir los dos términos. A primera vista esta declaración parece inusual y anómala. Por un lado había una autoridad arbitraria empeñada en aniquilar con todos los medios a su alcance a un pequeño grupo a causa de su "apostasía". y cuando este grupo de "apóstatas" llegó al poder, se dijo que el Corán declaraba que:
No debe haber coacción en la religión. Ciertamente lo recto ha quedado separado de lo erróneo; así quien se niegue a ser conducido por los pecadores, y crea en Al-lah, ha agarrado con seguridad una empuñadura fuerte, que no tiene grietas. (2.257).
Pero debe hacerse notar que esta declaración se realiza en el segundo capítulo del Corán, "Al-Baqarah", que se reveló en los dos o tres primeros años después de la llegada del Profeta (sa) a Medina, un lugar donde los musulmanes no sólo estaban a salvo de la persecución de los habitantes de la Mecca, sino que también ostentaban el poder. ¿Puede haber una declaración de paz más humana y generosa de un profeta que, sólo uno o dos años antes, había sido perseguido por "cambiar su religión"?.
La gente que persigue en nombre de la religión es totalmente ignorante de su esencia. La religión es una metamorfosis de los corazones. No es política y sus adeptos no constituyen partidos políticos. No es una nacionalidad con lealtades limitadas, ni un país con fronteras geográficas. Es la transformación de los corazones, transformación para el bien del alma. El hogar de la religión está en las profundidades del corazón. Reside más allá del dominio de la espada. No se mueven las montañas por la espada ni se cambian los corazones por la fuerza. Mientras el tema repetitivo en la historia de la agresión humana es la persecución en nombre de la religión, el tema repetitivo del Corán es la libertad de conciencia.
El Profeta (sa) fue inducido una y otra vez a proclamar: "Es la verdad de vuestro Señor, por tanto el que quiera creer que crea, y el que no quiera creer no crea" (18.30). La verdad es obviamente un asunto del corazón; no tiene nada que ver con la fuerza. Se ha confirmado que no puede ser borrada por ningún poder. De ahí, la afirmación del Corán de que una vez que se conoce la verdad es nuestra elección aceptarla o rechazarla. Sin embargo, por otra parte, el Corán dice: "En verdad esto es un Recordatorio. Así pues, quien lo desee puede tomar el camino que lleva a su Señor" (76.30). Ninguna carta de derechos humanos puede superar la claridad de la frase coránica "Faman Shaa" (quien lo desee). Las palabras "cualquiera que" incluyen a todos. Es sorprendente que después de una afirmación tan clara alguien pueda pensar que el Islam apoya el uso de la fuerza.
De nuevo, en el capítulo 39 del Corán se le pide al Profeta (sa) que diga a los no creyentes: "A Al-lah es a Quien adoro, siendo sincero". Ahora en lo que os concierne, "Adorad, pues, a lo que queráis fuera de Él" (39.16).
Puesto que la libertad de conciencia, libertad de creer y predicar es la piedra angular de la religión, y la represión de la herejía religiosa es el objetivo de las fuerzas anti-religiosas, el Corán pone un gran énfasis en la libertad de conversión. La última línea del Capítulo 109 del Corán resume el principio básico de una religión verdadera. "Para vosotros vuestra religión y para mí mi religión". En un pasaje anterior (10-100) Dios se refiere al mismo principio haciendo una pregunta retórica. Dirigiéndose al Santo Profeta (sa), Él dice: "Mas si tu Señor hubiese impuesto Su voluntad, en verdad todos los que están en la tierra habrían creído juntos. ¿Obligarás por tanto a los hombres a hacerse creyentes?". En el proyecto de la creación, el hombre tiene que tener libre y completo albedrío para creer o para pensar de otro modo. No hay compulsión; un hombre tiene que usar su razón y su entendimiento. Después de todo, la fe es un don de Dios para aquellos que Él piensa que lo merecen.
Ciento veinticuatro mil profetas fueron enviados por Dios y demostraron con sus enseñanzas y ejemplo que los portadores del divino mensaje son los oprimidos y no los opresores. Los profetas conquistaron los corazones mediante la fuerza moral y espiritual y no por la fuerza física. Es una gran tragedia que los ordenados sacerdotes y los enturbados Mullahs, con sus ondulantes túnicas de "piedad" se convirtieran en los atormentadores de los inocentes en nombre de los profetas oprimidos. Monopolizaron la religión aunque no sabían nada de ella. Se proclamaban protectores del honor de sus profetas difamando a otros, divulgando mentiras maliciosas y sobre todo, perpetrando crímenes y violencias que avergonzaron a la humanidad. Lo hicieron antes del nacimiento del Santo Profeta (sa). Todavía continúan haciéndolo.
En la Europa medieval los llamados seguidores de Cristo (as), papas, prelados, cardenales, canónigos y dignatarios de la iglesia, escribieron un capítulo de terror en los libros de historia. San Agustín lo denominó "justa persecución que la Iglesia de Cristo inflige a los impíos" (1). Los historiadores cristianos actuales admiten que esta "justa persecución" infligida en nombre de Cristo (as), fue una desgracia para la Iglesia.
El museo de cera de Madame Tussaud en Londres tiene una extraña, conmovedora y terrorífica exposición de esta persecución. El museo se fundó originalmente en París en 1770 y fue trasladado a Inglaterra en 1802. Sus paredes están forradas con figuras de cera de gente famosa e infame. Su Cámara de los Horrores es una especie de mazmorra subterránea. Las figuras se han modelado con un realismo tan pavoroso que casi se puede verlas respirar. Muchos visitantes se han detenido para pedir instrucciones a un vigilante de aspecto amigable y, ¡se han encontrado con que estaban hablando con su imitación!. Se exhiben las mascarillas de las cabezas guillotinadas de Luis XVI y Maria Antonieta, que fueron modeladas personalmente por Madame Tussaud. Hay una auténtica horca con otros instrumentos de tortura: picota, cepo, poste de flagelación, silla de chapuzar, potro de tortura, galeras, cama de Procrusto, cruces, horca, cuerda de ahorcar y muchos otros. Algunos de los objetos exhibidos son tan horribles que están protegidos por biombos para mantenerlos alejados de los niños y los adultos escrupulosos.
Es un extraño mundo donde un hombre puede elevarse a las alturas conferidas a los profetas y hablar con su Creador y después hundirse en las profundidades de un sacerdote e interrogar a Juana de Arco sobre sus visiones de ángeles. Puede incluso sumergirse más y convertirse en un inquisidor. Los instrumentos de tortura mostrados en el museo de Madame Tussaud cuentan la trágica historia de las Inquisiciones española y francesa. Se torturó a gente inocente por su llamada apostasía; se les obligó a confesar que habían renegado de la verdadera religión. Cuando rehusaban, se les flagelaba y azotaba, se les ponía en el potro de tortura, se les linchaba, se les empalaba, se les ponía en la picota, se les marcaba con hierros candentes y se les abrasaba. Las víctimas confesaban o morían de una muerte miserable. Estos dignatarios de la Iglesia, con todo refinamiento, que torturaban a cristianos inocentes nos recuerdan a Cristo (as) con su corona de espinas sangrando en la Cruz y gritando en voz alta: "Eli, Eli, lama sabachthani" (Mateo 27:46). Éstos eran los que simbólicamente consumían el cuerpo y la sangre de Cristo (as) en la comunión, aunque no podían recordar que los Fariseos habían pedido a Poncio Pilato que crucificase a Cristo (as) porque era un "apóstata" y había abandonado la religión de sus antepasados. Pero la crucifixión de Cristo (as) palidece hasta la insignificancia cuando se compara con la Inquisición de cristianos medievales. El Islam, con su afirmación de "no compulsión en materia de fe", siente el alivio y el orgullo de haber finalmente cerrado la puerta a semejantes atrocidades cometidas en nombre de la religión. Pero este sentimiento de alivio y orgullo es breve. Cualquier musulmán esconderá su cabeza avergonzado al ver a los "ulemas" de hoy emular a los sacerdotes cristianos de la Europa medieval cuando inventaban nuevas formas de supresión de la libertad de pensamiento y de conciencia. Y, sin embargo, éstos son los mismos "ulemas" que reclaman proteger el honor del Santo Profeta (sa) a quien el Corán describe como una "clemencia para el universo".
Estos "ulemas" creen ser la personificación de la misericordia, pero sus corazones no tienen compasión. Al contrario, están llenos de odio. El uso de la fuerza en nombre de la religión ha llegado a ser actualmente parte de su fe. En nombre del agua sagrada de Dios, enviada para enfriar nuestras iras, inflaman los fuegos del odio y la cólera en los corazones de los inocentes. Los seguidores del Príncipe de la Paz (sa) cuya sangre purificó la bárbara Arabia, están siendo persuadidos para asesinar a gente indefensa. En nombre del protector de los pobres desguarnecidos, sus seguidores son alentados a robar los hogares, de los que son impotentes para defenderse. En nombre del Profeta (sa), que protegió el honor incluso de las mujeres de los rufianes, se anulan y transforman en relaciones adúlteras los felices y amorosos matrimonios de mujeres musulmanas. En nombre del constructor de la primera mezquita de Medina, que la ofreció a los cristianos de Nayran para los servicios del domingo, y en nombre del Profeta (sa) que enseñó a sus seguidores a respetar los centros de otras creencias, los actuales "ulemas" incitan a las masas a destruir las mezquitas de un pequeño grupo de personas cuyas vidas están dedicadas a extender el "shahada" (2). Hoy se perpetran en nombre del Profeta (sa) los actos injustos que condenó y prohibió para siempre. ¿Qué pensaría el Santo Profeta (sa) si pudiera ver a los "ulemas" de su "umma" acusar falsamente a los dignatarios de otros grupos musulmanes de todo tipo de delitos y vitorear los abusos cometidos con mujeres y amas de casa? ¿Cómo reaccionará un agnóstico ante esta demostración de "fervor religioso"? ¿Qué musulmán podría pensar por un momento que nuestro Profeta (sa) habría aconsejado a los "ulemas" de su "umma" lanzar arengas provocativas y destructoras; o que les habría ordenado pronunciar sermones tan furibundos de forma que pueblos enteros de gente pobre y desvalida fueran incendiados?. No satisfecho con todo esto ¿podría el Príncipe de la Paz (sa) haber dicho a los líderes religiosos que tratasen como apóstatas a aquellos musulmanes cuyo entendimiento del Islam no coincidiese con el suyo? ¿Habría autorizado la matanza de ellos y de sus esposas y la destrucción de sus mezquitas como el único camino divino para borrar la apostasía?.
Éstas son las preguntas sobre las que deberíamos reflexionar todos seriamente. Los musulmanes deberían considerar la actitud de estos "ulemas" puesto que la represión, tortura, ejecución, incendio y demolición de las mezquitas no son la tradición del Profeta (sa). Cada piedra de las calles de la Mecca sobre las que fueron arrastrados los llamados apóstatas dan testimonio de esto. Igualmente, cada grano de ardiente arena de Arabia donde se torturó a gente indefensa por aceptar el Islam. Los guijarros de Taif, donde se derramó la sangre del Santo Profeta (sa), dan testimonio del hecho de que nuestro gran Maestro, misericordiosamente, no enseñó que la creencia religiosa era obligatoria y que no ordenó el incendio de las casas de adoración en nombre de la adoración, o deshonrar a las mujeres en nombre del honor. Los musulmanes agachan la cabeza avergonzados y sus almas gritan sobre los líderes religiosos actuales que predican la violencia en nombre del Profeta (sa).
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